Y llegando, por fin el olor del mar y la calma, me devuelve el viento. Como manzanilla, en el invierno.
El aroma de la sal del Caribe, es una mezcla de mariscos y pescados, y del viento de todas las tierras soleadas de este lado de las palmeras.
La sensación en el cuerpo es tibia y agradable, como la manzanilla con miel, en esos días donde comienza a doler un poco el invierno.
En todas las tierras, el agua de las lluvias que, no tienen tregua ni en el calor, ni en el frío; Llegan con olores dolorosos y también placenteros, chocándose afuera y adentro del mismo mar.
Todo, en dos tonos. Como la vida misma. Cómo los mares mismos, las tierras mismas y los hombres mismos.
Las aguas, que por instantes refrescan el alma con tibias brisas y por instantes penetran a los miedos más fríos y profundos.
Aclarando significados suaves acariciadores y respuestas crudas sin piedad.
Mares, que se rompen como cristales labrados con cálidas arenas de todos los climas y que en último segundo se quiebran ruidosas, hiriendo a todas las tierras.
Haciendo correr almas y dándoles la redención que necesitan.