«La paz no se puede mantener por la fuerza…»

La reflexión de Albert Einstein que remueve conciencias: «La paz no se puede mantener por la fuerza; solo se puede conseguir por la comprensión»


Además de ser una de las grandes mentes del siglo XX y de revolucionar la física como la conocíamos, Albert Einstein era un hombre lleno de sabiduría. Esta cita sigue tan vigente hoy como lo fue en su momento, y quizá es más necesaria que nunca.

Celia Pérez León Redactora especializada en estilo de vida, bienestar y cultura

La paz no empieza en los grandes acuerdos, sino en la capacidad de comprender a quien tenemos delante.

El 14 de diciembre de 1930, Albert Einstein se coloca frente a la ‘New History Society’ para pronunciar unas palabras. El momento histórico era tenso. El mundo se encontraba a medio camino entre las dos grandes guerras mundiales. Y sus palabras calaron tan hondo que acabaron reproducidas en el ensayo Militant Pacifism, incluido en su libro Cosmic Religion.

Con una sencillez de la que solo son capaces los grandes genios, Einstein dijo: “La paz no se puede mantener por la fuerza, solo se puede conseguir por la comprensión”. Y es que, para el físico, el pacifismo debía ser una actitud activa. Estaba convencido de que la paz duradera no podía imponerse mediante el poder militar, sino que debía construirse a partir del entendimiento entre pueblos y naciones.

Desgraciadamente no lo escuchamos a tiempo. Años más tarde, el ascenso del nazismo asolaba el mundo, y el propio Einstein comenzó a matizar algunas de sus posiciones pacifistas, pero jamás abandonó su defensa de la cooperación internacional y del desarme. Porque si queremos un mundo en paz, quizá necesitemos un mundo con menos armas y mayor comprensión.

alt
Nuestro cerebro tiende a desconfiar de lo diferente, pero conocer al otro es la mejor forma de romper ese miedo. Cuerpomente Canva

TENEMOS UN PROBLEMA

Es evidente que vivimos en la que podría ser la mejor de las eras. Los avances científicos y tecnológicos permiten que seamos capaces de hacer frente a duras pandemias con bajas mínimas (si las comparamos con otras epidemias que han asolado la humanidad), que alarguemos la vida de nuestros mayores más de lo que podríamos haber imaginado, que podamos comunicarnos con el otro lado del planeta en cuestión de segundos. Y, sin embargo, no hemos conseguido solucionar el problema de la guerra.

No es un problema que vayamos a poder solucionar con un solo artículo. Ni siquiera con una sola de nuestras voluntades. Tampoco pretendemos analizar las acciones políticas que podrían llegar a solucionar todo este embrollo. Pero sí recordar que, como dijo en cierta ocasión otra científica ganadora de un Nobel, la química Marie Curie“no puedes esperar construir un mundo mejor sin mejorar a las personas”.

La guerra no va a acabar porque aprendamos a solucionar nuestros conflictos desde la comprensión y no desde la violencia. No va a acabar porque aprendamos a mirar al otro no como a un extraño, sino como a un igual. Pero es ese pequeño primer paso que todos podemos dar para construir un mundo mejor.

alt

La comprensión no elimina los conflictos, pero sí reduce la distancia que nos hace ver al otro como un enemigo.
iStock

¿POR QUÉ LLEGAMOS A LA GUERRA?

Detrás de cada persona que consideramos distinta suele haber mucho más que nos une de lo que imaginamos.

EVOLUCIONAMOS PARA LA GUERRA

Durante milenios, los seres humanos vivimos en pequeños grupos. Nuestra supervivencia dependía de poder cooperar con los miembros del mismo grupo y de detectar posibles amenazas procedentes de grupos desconocidos. Eso hizo que nuestro cerebro desarrollara cierta tendencia a clasificar rápidamente a las personas entre los miembros del grupo (ingroup) y extraños (outgroup).

Para determinar qué personas forman parte de tu grupo y quién no, sirven hasta los detalles más mínimos, como demostró el psicólogo Henri Tajfel. En sus investigaciones, Tajfel pidió a un grupo de desconocidos que se dividieran en grupos completamente arbitrarios basándose en datos como, por ejemplo, la preferencia por una pintura en particular. O directamente de manera aleatoria

Aun sabiendo que esa división era ficticia, los participantes tendían a favorecer a los miembros de su propio grupo frente al otro en el resto de las pruebas restantes. Así que lo que determina quién es el otro puede ser hasta el detalle más mínimo: la forma de vestir, el idioma que habla, la religión que profesa, el color de la piel, los rasgos faciales o algo tan arbitrario como de qué lado de una frontera ha nacido. Y frente a “lo otro”, siempre favorecemos “lo nuestro”.

La desconfianza alimenta la violencia; el contacto y el diálogo abren el camino hacia una convivencia más pacífica. Getty Images

 

MIEDO A LO DESCONOCIDO

Que favorezcamos “lo nuestro”, sin embargo, no tendría por qué implicar que queramos destruir “lo otro”, ¿no? Bueno, tenemos que avanzar un poco más en el análisis del fenómeno hasta llegar a lo que Daniel Kahneman nos explica en su libro Pensar rápido, pensar lento, que le mereció el Premio Nobel de Economía.

El cerebro necesita pensar rápido para poder procesar toda la información que ofrece la realidad, así que a menudo usa atajos mentales (heurísticos). Uno de ellos es el miedo a lo desconocido. La razón es sencilla: lo desconocido exige un esfuerzo mental mayor para interpretarlo y puede generar sensación de inseguridad.

Así que el cerebro clasifica un “nuestro” y un “otro”, y luego decide que “otro” significa “diferente”, y “diferente” es peligroso. No es predecible. No es seguro. Así que, ¿no es mejor destruirlo? ¿Expulsarlo? ¿Eliminarlo? Da igual que las cifras, los datos o los estudios digan lo contrario: aquello que no comprendemos nos da miedo y, por tanto, lo rechazamos.

Construir un mundo en paz también depende de los pequeños gestos cotidianos con los que decidimos comprender antes que juzgar.
iStock

EL CONTACTO REDUCE LA DESCONFIANZA

La solución a todo este asunto es la que apuntaba Einsteincomprender. Porque cuando comprendemos al otro suceden dos cosas maravillosas. Para empezar, descubrimos que aquel al que miramos con extrañeza, al que aplicábamos una cruel “otredad”, en realidad no es tan diferente como imaginábamos. Puede ser un “nuestro” en muchos sentidos, sin dejar de ser un “otro” en otros tantos.

Para continuar, al dejar de parecernos desconocido, deja de darnos miedo. Una cultura extraña, un idioma desconocido, un rostro diferente, es menos amenazante cuando sabemos que quien se esconde detrás es tan solo un ser humano.

De hecho, en 1954, el psicólogo Goldon Allport comprobó que lo que Einstein decía era cierto con su Hipótesis del Contacto. El contacto directo entre grupos diferentes reduce los prejuicios cuando se cumplen determinadas condiciones (igualdad de estatus, cooperación, objetivos compartidos, apoyo institucional). El contacto reduce los prejuicios porque facilita la comprensión.

¿Y qué significa esto? Muy sencillo. En realidad, lo mejor que podemos hacer para construir un mundo en el que la paz sea posible es dejar la pantalla, cruzar la calle y llamar a la puerta del vecino. Descubrir que detrás de la “otredad” hay un ser humano con el que compartimos mucho más de lo que nos distancia. Hablar con aquel por el que sentimos rechazo. Centrarnos en comprender y no en atacar. Un acto sencillo, pero contra el que se rebela nuestra mente primitiva. Un pequeño paso para un gran propósito: vivir en paz.

Total visitantes:
58910

Total vistas de página:
92921

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *