Elizabeth Vincken le respondió que no había ningún problema, pero que tenían que dejar las armas fuera. Una vez que lo hubieron hecho explicó al cabo que tenía otros huéspedes.
–¿Norteamericanos? Preguntó el cabo alarmado.
–Si, pero es Nochebuena. No habrá disparos aquí –le respondió la señora Vincken.
Y volviéndose hacía los norteamericanos les pidió que les entregaran sus armas y las depositó junto a las de los soldados alemanes.
El cabo pareció dudar un momento, pero entró junto con los otros tres alemanes. La tensión en la sala era palpable. Americanos y alemanes se miraban con desconfianza y la barrera del idioma no hacía las cosas más fáciles.
La señora Vincken tomó el mando y ordenó que unos se ocuparan de poner la mesa, otros del pobre Hermann –que no duraría para el almuerzo de Navidad– y de las patatas. El cabo alemán sacó una botella de vino tinto de su zurrón y un pan negro de munición. El resto de los soldados, norteamericanos y alemanes, aportaron lo que pudieron y compartieron con todos esa extraña cena de Navidad. Uno de los alemanes había estudiado algo de medicina, hasta que la guerra le obligó a abandonar los estudios, por lo que revisó la herida del herido y comprobó los vendajes.
–La herida no es grave pero ha perdido mucha sangre. El frío ha evitado la infección. Necesita alimento y reposo –les explicó a los norteamericanos en un limitado inglés–. Y se ocupó de alimentarlo y cuidarlo durante toda la noche.
A medida que progresaba la cena el ánimo general cambió completamente. La guerra estaba olvidada y la añoranza de la familia y el hogar se hizo más intensa. Algunos no pudieron retener las lágrimas.
A la mañana siguiente salieron todos de la cabaña. Se estrecharon las manos. El soldado alemán que hizo de enfermero puso un nuevo vendaje al herido, que ya tenía otra cara. El cabo entregó un mapa y una brújula a uno de los norteamericanos, indicándole la posición de sus compañeros. Saludaron a la señora Vincken y al pequeño Fritz y partieron, cada uno en distinta dirección.
El 19 de enero de 1996, Fritz Vincken pudo reunirse con Ralph Henry Blank. El veterano le contó que aún conservaba el mapa y la brújula que le dio el cabo alemán y que atesoraba el recuerdo de aquella Nochebuena como la más hermosa de su vida.