Tengo la lengua rajada,
como si quisiera partirse en dos.
El color se va deshaciendo
abajo por el centro
hacia la garganta.
El médico me hace abrir a boca,
mira dentro de ella.
Le cuento lo mal que me siento.
Un día soñé que tenía un corazón que no era mío.
Se queda pensativo.
Me dice que abra grande,
lo más que pueda.
Parece no haber visto a un hombre
con la lengua enferma.
Entonces le cuento otra historia:
estuve de tumba en tumba.
preguntando dónde me habían enterrado.
El médico llama a su colega.
Ambos me miran con ojos severos.
Mencionan que la lengua forma parte del sistema digestivo;
que puede tratarse de la masticación, la deglución.
Escriben en sus cuadernos.
Se dicen cosas entre ellos.
Me pongo nervioso.
La consulta se vuelve algo serio.
¿Ya habían visto el frenillo,
el piso de mi boca, sus bordes?
Parece una órgano muerto,
desgastado, repiten.
Yo sigo hablando.
El problema es que tengo la lengua llena de adioses.
Las mujeres que me criaron eran dueñas de sus cocinas
de los sacrificios
con todos sus silencios.
El aliento roto de alguna quizá quedó en el retrete,
que también era suyo
al igual que el baño,
sus cerámicas blancas,
que limpiaban con un cloro amarillento
que les despellejaba las manos.
Las mujeres que me criaron no tenían guantes.
Todos decían que sus pieles eran de cuero recio
porque eran las pieles
de las pieles
de las mismas mujeres
de hace siglos.
Se lamían el corazón entre ellas,
curando con saliva el orden que hacía la casa .
No recuerdo que me haya alimentado un microondas.
El pan siempre lo recibí caliente de una voz que decía:
la comida está servida
Ya en la mesa
todas sucumbían al silencio con una mueca alegre
para que yo no pensara que me estaban criando
puras mujeres muertas.