Jaime Siles



Jaime Siles

(Valencia, 1951). Doctor en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca. Becado por la Fundación Juan March, amplió estudios en laUniversidad de Tübingen y fue investigador contratado de la de Colonia. Ha sido secretario de redacción de la Revista de Occidente y profesor en las universidades de Salamanca, Alcalá de Henares, La Laguna (Tenerife), Madison-Wisconsin, Viena, Graz, Salzburgo, Bérgamo, Berna, St. Gallen, Turín, Ginebra, l’École Normale Supérieure de Lyon, Clermont- Ferrand, Orleáns y Marne- La Vallée, Director del Instituto Español de Cultura en Viena, Agregado Cultural en la Embajada de España en Austria y Asesor de Cultura en la Representación Permanente de España ante la Oficina de la Organización de las Naciones Unidas y Presidente de la Sociedad Española de Estudios Clásicos. Actualmente es Catedrático Emérito de Filología Latina de la Universidad de Valencia. Libros suyos han obtenido, entre otros, los siguientes premios: Ocnos, de la Crítica Nacional, Loewe, Generación del 27, José Hierro y Jaime Gil de Biedma y, por el conjunto de su obra, el Teresa de Ávila, el Premio bienal de las Letras Valencianas, el Premio Andrés Bello y el Premio Unesco España.

Tragedia de los caballos locos

A Marc Granell

Dentro de los oídos,
ametralladamente,
escucho los tendidos galopes de caballos,
de almifores perdidos
en la noche.

Levantan polvo y viento,
al golpear el suelo
sus patas encendidas,
al herir el aire
sus crines despeinadas,
al tender como sábanas
sus alientos de fuego.

Lejanos, muy lejanos,
ni la muerte los cubre,
desesperan de furia
hundiéndose en el mar
y atravesándolo como delfines vulnerados de tristeza.

Van manchados de espuma
con sudores de sal enamorada,
ganando las distancias
y llegan a otra playa
y al punto ya la dejan,
luego de revolcarse, gimientes,
después de desnudarse las espumas
y vestirse con arena.

De pronto se detienen. Otra pasión los cerca.
El paso es sosegado
y no obstante inquieto,
los ojos coruscantes, previniendo emboscadas.

El líquido sudor que los cubría
se ha vuelto de repente escarcha gélida.

Arpegian sus cascos al frenar el suelo que a su pie se desintegra.
Ahora han encontrado de siempre, sí, esperándoles
las yeguas que los miran.

Ya no existe más furia ni llama que el amor, la dicha de la sangre,
las burbujas amorosas que resoplan
al tiempo que montan a las hembras.

Y es entonces el trepidar de pífanos, el ruido de cornamusas,
el musical estrépito
que anuncia de la muerte la llegada.

Todos callan. Los dientes de golpean quedándose
soldados.

Oscurece. La muerte los empaña, ellos se entregan
y súbito, como en una caracola fenecida, en los oídos escucho
un desplomarse patas rabiosas, una nueva de polvo levantado por crines,
un cataclismo de huesos que la noche se encarga
de enviar hacia el olvido.

(Génesis de la luz, 1969)

Devuélveme, memoria poderosa

A Amparo Amorós

Devuélveme, memoria poderosa,

la conciencia profunda del instante.

Tocar la cantidad de esencia doble

y no dejar jamás de ser materia.

La posesión de límite que encierro

hacia un espacio sin final me lanza,

que es perfección, dominio, maravilla:

totalidad de ser únicamente.

Quémame, tacto. Sensación, procura

abrir tu eternidad en dos presencias.

(Canon, 1973)

En otra Salamanca

A Juan Luis Fuentes Labrador

Como la página de un libro

movida por el viento ante los ojos

pasó el fantasma de nuestra juventud

y su realidad, que es lo que evoco

y que me lleva a un tiempo que soy yo,

que era yo, que he sido yo

en la perfecta agilidad del aire,

cuando todas las cosas tenían su interior

y se oía un movimiento oscuro

sonar en lo profundo de las hojas

y era sabia la luz y sabio, el ser,

y el tiempo, un claroscuro

sin antiguos espejos reflejando su fondo.

Cuando todo tenía presencia y gracia,

misterio y solidez. Cuando

no se había instalado aún el mecanismo,

tan torpe como fiel, de la costumbre

y se veía el mundo como un todo sin nombre

y las cosas, como

la inexpresada música de agua

que era el exacto idioma

de aquella íntima y compacta relación

que ahora echo de menos y que busco,

porque el hombre sólo conoce lo imperfecto

y nunca sabe en qué momento de su vida

recibe la visita de su demonio o de su dios.

Nunca lo sabe. Tampoco yo lo supe,

porque la juventud ignora lo perfecto.

Por eso ahora recorro este camino

de imágenes lejanas que me llevan,

al que estoy siendo

en esta tarde también de Salamanca

en que el sol y la piedra

me conceden su brillo

y yo vuelvo a sus torres

envuelto en la caricia de aquel único oro

que el tiempo ha ido puliendo en mí como un cristal.

Mendigo de su espacio, limosna de su luz es lo que siento.

En otra Salamanca pasó mi juventud.

(Pasos en la nieve, 2004)
Tomado de Antología Jaime Siles (1969 -2022). La Castalia. Colección Alfabeto del mundo. Líneaimaginaría ediciones.

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