Parece la adolescencia,
pero es solo una bebida con un extraño
placer insolente.
Cómo escribiremos en las próximas décadas
—en código, sin verbos—
huellas de venados sobre la nieve.
Convencernos, como antes de una actuación,
de que también esta perfidia nos pertenece.
No existir, por mejores que sean
las camisas en los cajones. Seguirían
bien incluso en los barrios bajos.
Si pones el libro en el estante correcto,
te sentirás mejor, entre las acacias y tus cajas
seriales, que asustan a las chicas, vacías.
Lo llamas espíritu, pero es un trastorno del sueño
que nos lleva de nuevo al entusiasmo de los inspectores.