Ravensbrück era el campo de concentración de mujeres más grande de Alemania, y ahí pasó el resto de la guerra.
Fue mantenida en confinamiento solitario, y durante 3 meses y 11 días, en un búnker subterráneo en completa oscuridad.
Para no enloquecer, usó su imaginación.
«En mi mente, conseguía un patrón coser para un vestido. Luego elegía la tela, y empezaba a hacerlo, viendo en mi mente cada puntada», contó Odette.
«Al día siguiente -añade su nieta-, recordaba en qué había quedado, como a medio camino de un dobladillo, y lo retomaba».
Otra estrategia para no dejarse vencer por su realidad fue no descuidar su apariencia.
Hasta rasgó sus medias para, con los trozos, enrollarse el pelo antes de dormir.
«Todas las noches pensaba que la mañana siguiente sería la última, así que quería estar lo más presentable posible».
Pero con el paso de los meses, se desnutrió y enfermó.
Como el comandante de Ravensbrück, Fritz Suhren había oído que era pariente de Winston Churchill y, por ende, podía llegar a tener algún valor, por lo que le preocupó que muriera y permitió que fuera tratada en la enfermería.
Mientras la escoltaban de regreso a su celda, encontró algo que le proporcionaría un gran alivio.
«Estaba caminando por ese vasto y desolado lugar, en el que no había ni un solo árbol a la vista, y de repente vio, a sus pies, la hojita verde más hermosa.
«Tal vez suene muy anodino para ti y para mí, pero en ese sitio tan estéril no había hojas», le cuenta a la BBC Sophie.