Construyendo el sendero

Construyendo el sendero

Viviendo en la diáspora

” Nadie fue ayer, / ni va hoy, / ni irá mañana
Hacia Dios
Por este mismo camino / que yo voy.
Para cada hombre guarda / un rayo nuevo de luz el sol…
Y un camino virgen / Dios.”
León Felipe.

Construyendo el sendero.
José Luis Briceño Viloria

Los pájaros vuelan en bandadas, unos más organizados que otros. Unos llegan lejos, otros apenas cruzan un pequeño bosque. Los primeros se orientan desde las alturas, no se fijan en fronteras indelebles de la tierra, sino en la fuerza de las corrientes del aire para planear a su antojo. Los segundos pierden el rastro, se extravían, se despistan, se enceguecen por falsas lagunas, pierden el vuelo y la vida.

Volar en bandadas es lo inverso a salir en desbandada.
Pero nadie puede quitarle al hombre el derecho a querer volar, a soñar con las nubes, a ser humanamente humano en cualquier camino. Por eso, soñando despierto mete en la maleta su ropa, sus esperanzas, sus querencias, sus costumbres, sus amores, y deja en un rincón la desesperanza y los miedos, para que la lejanía los seque y los entierre.

¿Acaso no ha sido así la diáspora venezolana?
Volamos por cientos, luego por miles para sumarnos en millones. Sacamos fuerzas del pasado que dejamos. Con cálculos imaginarios, con estadísticas de capacidades probables que convencen que los objetivos son alcanzables. Más de cinco millones de niños, mujeres y hombres en desbandada por la violencia, la inseguridad, la falta de alimentos, de medicina, de los servicios esenciales, salimos con la esperanza convertida en fe para alejar las lágrimas y poder mirar con claridad los caminos que nos esperan.

Con un grito ahogado y espeluznante aclaramos que somos: “el éxodo más grande en la historia reciente de país alguno”. Llegamos la mayoría asustados, con los pies cansados, y con la extrema necesidad de asistencia que se pide desde la mirada un tanto perdida.

Mi maleta con más peso que mis fuerzas, pasó la correa del aeropuerto, pero también por el agua putrefacta de la trocha, o llegó maltrecha de tanta lejanía vencida.

Maravillados vamos con paso victorioso por estos lugares bonitos, hermosos o sitios raros. Rebuscamos los paisajes conocidos en estas calles extrañas para no olvidar lo que fuimos. Solos, tumbados en un asiento de autobús, que pasa a la hora exacta, nuestras miradas se cansan de buscar quien nos mire.

Vamos caminando con la arepa bajo el brazo que se toma el mundo entero. Arepa, si arepa, que si no la tenemos cerramos los ojos y el pan magro lo convertimos en arepa pan. Todos hacemos lo mismo. Estudiantes, ingenieros, cocineros, abogados, albañiles, arquitectos, mesoneros, médicos, cajeros, cantantes, taxistas, malandros, prostitutas o viejos como yo con la joroba empolvada, todos confundidos o mejor conjugados en no dejar de ser venezolanos. Y cuando en algún cruce de calles vemos que un empresario o emprendedor logró abrir un restaurante, de comida venezolana con la bandera y nuestros sabores, se atraganta el aliento y de pura emoción decimos que vendremos algún día a comer una buena arepa de carne mechada, de pabellón, de dominó o reina pepeada o un suculento sancocho.

Sentimos que estamos viviendo. Unos trabajando en rubros distintos a su profesión y por salarios menores a los que les correspondería por su experiencia. Es un aprendizaje mayúsculo esto de cambiar unos problemas por otros. Estar lejos de la patria, de su casa, familia y amigos, supone un acto de coraje, una tonelada de esfuerzo, un poco de desapego y un montón de ganas. Diseñamos a diario la vida cotidiana, unos con más y otros con menos, pero la dibujamos con el mayor de los trazos. Cada lugar que escogemos tiene sus dificultades. Ante “la inmigración buena cara” sentenciamos entre recuerdos y añoranzas.
Los desempleados, esperamos con esperanza el permiso de trabajo. Mientras, en lo particular, entrego mi vida a la acción voluntaria en Cáritas y a la eterna e inocente sonrisa de mi nieto Mateo. Persiguiendo con ello, el sentido vital de una existencia que se yergue sobre aguas turbulentas y azarosas esperando no ahogarme sin llegar al puerto.

Al final, mi epilogo aún sin sendero, se aferra en la canción de Víctor Víctor: “Te busco perdido entre sueños / el ruido de la gente te envuelve en un velo / te busco volando en el cielo”.

José Luis Briceño Viloria es licenciado en Educación, Master en Ciencias de la Educación, fue durante dieciséis (16) años Vicerrector Académico de la Universidad del Momboy, en Valera, Estado Trujillo, Venezuela, hoy un emigrante en España.

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