Comenzaremos por las salchichas. Pártelas en trozos y cocínalas a fuego medio en una plancha, sin aceite. Solo queremos que se tuesten por fuera. No importa si no se cocinan bien en su interior, ya se terminarán de hacer después, en la salsa.
Ahora, vamos con las albóndigas. Mezcla en un bol la carne picada con el huevo batido y el pan rallado. Añade sal y un poco de pimienta. Mezcla todo con las manos hasta obtener una mezcla bien amalgamada. En este punto, puedes hacer las albóndigas tal y como tengas costumbre. Por ejemplo, sustituir el pan rallado por un poco de miga impregnada en leche, o bien añadir un poco de ajo picado y perejil.
Pasa por harina las albóndigas y dales unos golpecitos con las manos para retirar el exceso.
Fríelas en abundante aceite bien caliente hasta que se doren, dándoles la vuelta para que se hagan por todos los lados y con cuidado para que no se tuesten demasiado. A medida que vayan estando, ve sacándolas a un papel absorbente de cocina para retirar el exceso de aceite. Reserva.
Vamos ya con la salsa de tomate. Pica la cebolla en brunoise fina, es decir, en dados menudos. Por otro lado, pela los ajos y picalos.
Acerca una cazuela al fuego con un chorro de aceite y pocha a fuego suave el ajo y la cebolla.
Cuando la cebolla comience a ablandarse, añade el tomate natural triturado y sigue cocinando.
Añade el vino y sube un poco el fuego para que se evapore el alcohol. Pasados unos minutos añade el perejil picado y las hojas de albahaca, picados. Rectifica de sal y pimienta negra. ¡Ah!, y no olvides el truco de Clemenza, añadir un pellizco de azúcar para corregir la acidez.
Pon las albóndigas y las salchichas dentro de la salsa y deja hervir durante 10 minutos a fuego suave.