Recién graduado en Comunicación Social en la URBE de Maracaibo. En 2014 lideraba protestas estudiantiles en Residencias Paracaima. Allí resistió cuando la Guardia entró disparando desde las 2:00 am. Cuando colectivos entraron quemaron carros escoltados por militares.
En agosto de 2017 participó en la Operación David en Palaima junto a los hermanos Abraham y Jairo Lugo. Días después capturaron a Caguaripano. Quedaron huérfanos. Se unieron a Equilibrio Nacional.
Semanas antes del 15 de enero, salió de su casa diciéndole a su familia que se iba del país. Mintió. Se fue a luchar. El 15 de enero de 2018, mientras 500 efectivos rodeaban la casa en El Junquito, Daniel llamó a su familia. Pidió perdón. Les dijo que estaba luchando por Venezuela. Fue su despedida.
El grupo intentó rendirse. Oscar Pérez lo transmitió en vivo. No importó. Los ejecutaron. Siete personas. Siete disparos a la cabeza. Daniel Soto Torres. José Alejandro Díaz Pimentel. Abraham Lugo. Jairo Lugo. Abraham Agostini. Lisbeth Ramírez, embarazada. Oscar Pérez, todos fueron ejecutados extrajudicialmente.
Crimen de lesa humanidad.
El régimen mantuvo los cuerpos cuatro días. Los entregaron en ataúdes sellados. Sin velorio. Enterraron a Daniel en fosa común junto a los hermanos Lugo en La Chinita. Solo permitieron entrar a padres y cinco familiares. La Guardia rodeó el cementerio.
Patrullas vigilaron la casa de la familia después de muerto.
Daniel no era político. Era periodista. Estudiante. De protestar con escudo en Palaima pasó a combatir en Paramacay. De cubrir noticias pasó a hacer historia. No se conformó con reportar.
Eligió actuar.
No huyó.
Luchó.
Por eso nombro.
Por eso denuncio.
La VERDAD sobre Daniel Soto Torres no se entierra en “fosas comunes”
Manuel Chacín.
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