Crónica de una venezolana en Buenos Aires

Crónica de una venezolana en Buenos Aires


Fotografías de Betina Barrios Ayala.

El primer mundial que viví con atención a lo que era el fútbol y lo que estaba pasando fue USA ’94. La mascota era un perro que simulaba una versión tierna de Patán, aquel personaje que reía entre dientes de sus maldades en las carreras de Hanna Barbera. Entonces tenía nueve años, y el despertar consciente estaba vivo en mí. Seguía los partidos en la sala de la casa de mis abuelos, y luego jugaba a patear la pelota con los vecinos. Romario, Ronaldo, Roberto Carlos, Batistuta, eran latinoamericanos cuyos nombres y estampas llevo clavadas en la memoria. Argentina no llegó lejos en aquella ocasión, el Diego falló un testeo antidoping previo. Así que yo no vi nunca jugar a la Mano de Dios. Digo no lo vi, pero lo he vivido en relatos de otros. Y no solo en palabras. Lo he visto en la calle, en cualquiera de ellas, en los ojos de las personas que lo nombran y lo tienen en el cielo incluso antes de morir.

El día en que murió Maradona fue necesario leer el titular varias veces y en distintos medios, y compartir la noticia era más una pregunta que una sentencia. Fue a finales de noviembre de 2020, y esa noche salí a caminar por el barrio para escuchar y ver. Nada, nadie habitaba el espacio público. De nuevo se manifestaba el mito. Sin embargo, también es cierto que durante la pandemia el aislamiento en Argentina fue severo. No estaba permitido salir a menos que fueses a comprar comida o a pasear al perro. La policía estuvo desplegada pidiendo documentos y salvoconductos durante meses. Así que lo que escuché en mi recorrido barrial solo fueron voces que mascullaban al interior de sus viviendas, íntimas, con las persianas bajas. El mismo hilo conductor de la noticia atravesaba todas las casas. El encierro hizo del luto algo que no pudo sublimarse como quizás debía. No creo que la gente haya podido despedirse de él como hubiese querido. La tristeza colectiva, el dolor en realidad, debió acuartelarse y hasta cierto punto, callarse. Pero también pasaban muchas cosas. Argentina viene navegando una racha feroz, sumergida en una crisis política y económica importante. A mediados de 2019 sobrevino una devaluación terrible de la moneda, y desde entonces las cosas vienen caminando bajo árboles estremecidos, con una fuerte inflación, mucha pobreza, desempleo y falta de alternativas políticas. Esta es quizás una carga que en Latinoamérica puede tratarse de un mal conjunto: la difuminación de las opciones partidistas y su consecuente modelo bipolar, que aquí se conoce como la grieta.

Fotografía de Betina Barrios Ayala.

Y es que el manejo de las palabras y este país son una relación indivisible. Todo es literatura. La primera vez que vine a Buenos Aires fue a principios de 2009, tenía 24 años y una sed tremenda de vivir. Me ofrecieron trabajo. Los nombres de las tiendas me fascinaron, Maldito frizzCualquier verdura. Las marcas en la calle desenfadadas, sinceras. La ciudad entera es un conjunto de vísceras que se muestran como trapos tendidos al sol. He vivido esta ciudad sin entender por qué, pero ella me ha traído, me ha atraído como un mandato. Aquí volví a escribir después de haberlo dejado de lado. Aquí he aprendido a vivir sola, a comer sola, a cuidarme sola, a ver películas, conciertos, e incluso salir a bailar así, completamente sola. Pero siempre ha sido breve esa soledad. La compañía llega porque Buenos Aires es una gran ciudad. Un lugar donde caben todos. Y como el amor real, la intermitencia ha sido una cualidad fija de mi relación con ella. He ido y venido varias veces, pero aquí me han pasado cosas maravillosas, las cuales más que nombrarlas las conservo en lo íntimo, mías, como un secreto.

Desde hace poco más de un año vivo en un barrio popular que el gobierno perfila en ascenso, pero es esencialmente él mismo, cargado de una personalidad tremenda. San Telmo está en el sur, más allá de la Avenida de Mayo, entre Puerto Madero y Congreso, en la grieta, quizás. Al norte de La Boca, paseo por el Parque Lezama y atravieso con frecuencia el Cabildo y la Plaza de Mayo. A pocas cuadras está el edificio de la antigua Biblioteca Nacional, donde Borges cumplió funciones dirigiéndola. He estado en su despacho. Vivo persiguiendo la estela que me explique cuál es el tramo que me corresponde reparar, cuál es la misión, qué es lo que tengo que ver y decir que no se vea, y a veces siento que lo tengo, que estoy aquí para vivir lo inexplicable e inmenso que los propios argentinos dicen de sí mismos y su identidad, y un día como esos fue el de ayer.

No tengo televisor ni cable en casa. He seguido la mayoría de los partidos por streaming, y a qué costo. Los goles aparecen a destiempo, lo mismo las tragedias. Así que para la semifinal dije que no más y fui a un bar cerquita a verlo. El partido contra Croacia estuvo fenomenal. Fue un delirio, pero así es la cosa aquí. Lo dijo muy claro Rodrigo De Paul en sus declaraciones con los ojos llorosos, hay que sufrir. Sí, hay que sufrir, pero hay que hacerlo para gozar sin reparos, sin pudor, con toda la gloria de la alegría, con desparpajo temerario, sin arrepentimientos.

En Argentina nací
tierra del Diego y Lionel
de los pibes de Malvinas
que jamás olvidaré
No te lo puedo explicar
porque no vas a entender
las finales que perdimos
cuantos años las lloré
Pero eso se terminó
porque en el Maracaná
la final con los brazucas
la volvió a ganar papá

Muchachos
Ahora nos volvimos a ilusionar
Quiero ganar la tercera
Quiero ser campeón mundial

Y al Diego
desde el cielo lo podemos ver
con Don Diego y La Tota
alentándolo a Lionel.

Ayer fue un día histórico, enorme. Buenos Aires se desbordó, el obelisco, todas las avenidas aledañas, que son inmensas, estaban llenas de espuma, papelillos, latas de cerveza y botellas de Coca Cola cortadas a la mitad con fernet, así sin hielo, viajero, le dicen. En segundos la calle estaba repleta de carritos de parrilla con choris y hamburguesas. Una alegría absoluta alumbrada por el sol y una temperatura bastante placentera para las que pueden presentarse aquí en los meses de calor. El cielo estaba todo albiceleste, parecía decir que sí, que era la copa, la tercera.

El juego fue a las 12 del mediodía hora local. El día anterior habíamos visto que la Biblioteca del Congreso lo iba a transmitir, y con sonido. No iban a cerrar porque es época de finales y acuden usuarios a las instalaciones para estudiar y hacer consultas. Suelo ir a esta Biblioteca, a esta y a todas las que puedo, así que parecía una coincidencia afortunada, casi improbable, increíble, que pudiera ver el partido dentro de un espacio patrimonial. De camino, casi al frente, del otro lado de la plaza, está el conocido cine Gaumont.

Apenas divisé la fachada pensé en lo apropiado que sería poder ver el partido en una sala, o quizás en un estadio, de tantos que hay. Al llegar al edificio de la Biblioteca diagonal al Congreso, todo era como un sueño. Los trabajadores del recinto estaban de fiesta, ninguno parecía molesto por estar ahí, al contrario. Había camaradería entre los compañeros. Fue un contraste importante, porque casi toda la ciudad estaba cerrada, expectante. La reserva ecológica Costanera Sur, que suele estar repleta los domingos, anunció desde temprano que no abriría al público durante el día. Casi toda la Avenida de Mayo, salvo algunos cafés, bares y pizzerías muy tradicionales, también habían decidido cerrar. Más que respetable, pues todos los argentinos tienen derecho a vivir el momento pleno, a sus anchas, y disfrutar del juego.

En la biblioteca, como decía, no se respiraban reproches. Decorada con globos y cintas, los operarios nos recibieron con sonrisas, emocionados, con sombreros y pintas. Ofrecían banderitas para disfrutar del partido. Lo único que debías presentar era tu documento, como siempre. Al fondo, en la sala de lectura, dispusieron unas cincuenta sillas para el público. Considero una fortuna haber visto el partido ahí dentro, rodeada de gente sencilla, con sus hijos, probablemente vecinos, algunos extranjeros, gente común y a la vez, radicalmente única.

Fotografía de Betina Barrios Ayala.

Me senté en una silla justo al medio frente a la pantalla, y una familia promedio, con las niñas vestidas con la camiseta 10 de Messi, estaban en la fila de adelante. A un costado, una señora de unos 60 años, usaba la bandera como capa y se abrazaba al escudo nacional modelado en yeso a escala humana ubicado justo al lado de la pantalla. Vociferaba las malas palabras de siempre en el argot porteño, palabras que se suavizan en el oído con el tiempo, con el uso repetido en las bocas de todos, que te envuelven y hacen reír, pertenecer, más que sorprender. Fue un regalo gritar y correr en una biblioteca, sufrir a voces en el lugar donde tradicionalmente se reprimen los sonidos. Fue como una inducción celeste estar en un establecimiento público a solo pasos del Congreso de la Nación y del icónico Palacio Barolo, entrar y salir del edificio solo para beber un poco de sol y distender la presión de la musculatura durante los entretiempos, saludar con guiños a los amigos nacidos de la complicidad de compartir algo, en especial los minutos de agonía que vivimos.

En la sala de lectura caminé de un lado a otro al llegar a los penales. Inventé mi propia cábala apoyándome sobre una columna cada vez que tiraban y recorrí el mismo tramo del espacio con cada gol o atajada agitando mi banderita de plástico. De camino compré una escarapela hecha de cinta con los colores nacionales, un clásico pedacito de tela con alfiler que se usa en Argentina durante algunas festividades patrias. Pero ahí en la Biblioteca lo tuve todo, incluso me ofrecieron que me podían pintar. El lugar se abrió para todos.

He querido escribir este texto porque sobre Argentina se dicen cosas que de pronto me duelen. Y me duelen porque ya casi soy argentina, y digo casi por el pudor que precisa hacer una aseveración como esta. Pero uno es si siente, si llora, si vive, si vuelve, ¿cierto? Aquí en esta ciudad presencié en la misma 9 de julio a Pablo Milanés durante los festejos del bicentenario. Ese señor, su voz, es mi infancia, es mi abuelo, es mi vida. En Argentina he retomado todo lo que perdí. Aquí he podido ser lo que he querido y soñado. Así que en medio de lo que podría llamarse una decadencia occidental, en la que resurgen los extremos, el creciente descreimiento en la institución de la familia, el matrimonio, los hijos, el amor. Pues aquí nada de eso, nada.

Fotografía de Betina Barrios Ayala.

Enzo Fernández, mejor talento joven del mundial, tiene 21 años, mujer e hijos. Algunos podrían decir que eso es producto de la pobreza, las familias jóvenes, sin oportunidades, parejas que salen con ‘sorpresas’ porque no saben cómo funciona su cuerpo, en fin. Lo que sé es que ayer en ese campo en Doha y en las calles de Buenos Aires, había muchas familias. Que la razón de ser argentina atraviesa una idea que es importante señalar: estar y hacer juntos y leales. Contra todo. Aquí van a celebrar a las calles y nadie piensa que es peligroso, los niños van con sus padres, sus primos, hermanos, sus perros, sus amigos. Las parejas salen de la mano y se besan en todas partes todos los días. En Argentina se cree en el amor como en pocos lugares tal vez, y aquí yo misma he vuelto a creer en ello.

Toda la felicidad del mundo es solo eso. Lo sentí cada minuto del día de ayer, incluso cuando agotada deserté de las calles y me retiré a dormir una siesta en la paz de mi casa. Pero seguía enloquecida la fiesta llamándome, abajo resonaba en el corazón de la manzana, así que volví a ella. Y resultó que comí gratis en uno de los sitios que suelo frecuentar, presencié un fútbol espontáneo y callejero en el que se sucedían participantes de todo género, tipo y condición social. El peloteo se mantuvo firme hasta pasada la media noche. Más allá, la gente estaba aglomerada en una esquina que en este momento es bastante fiestera, Bolívar y Estados Unidos, coreamos feroces, saltando, con señoras asomadas en los balcones agitando las banderas, la calle repleta de restos de bebidas en una noche perfecta de verano, digo perfecta, una y otra vez, porque la cumbia villera es una masa, porque es lo que antropológicamente me une a este espacio, porque repito lo que dicen gritando, bailo, canto, sacudo el cuerpo sobre los adoquines con los parlantes a todo dar. Nadie pregunta de dónde soy, el por qué de mi acento, dónde estudié, qué hago, cómo me llamo. Solo se escucha esto en un ribete sin fin como todo lo que verdaderamente importa.

Muchachos
ahora nos volvimos a ilusionar
Ya ganamos la tercera
Ya somos campeón mundial

Y al Diego
desde el cielo lo podemos ver
con Don Diego y La Tota
alentándolo a Lionel, y ser campeones otra vez, y ser campeones otra vez.

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