Otro factor que preocupa profundamente a las organizaciones de derechos humanos es la separación familiar. Durante el primer mandato de Trump, bajo la dirección de Tom Honan en el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), miles de niños fueron separados de sus familias como parte de una estrategia para desalentar la llegada de migrantes irregulares a través de la frontera con México.
Wendy Cervantes, de CLASP, no duda en señalar que «los expertos en salud han confirmado, una y otra vez, que sencillamente no hay una manera segura de detener a un niño». La separación forzada de los niños de sus padres no solo les causa un sufrimiento inmediato, sino que también tiene consecuencias psicológicas a largo plazo que pueden marcar sus vidas para siempre.
«He conocido a niños que han sido separados de sus padres en la frontera» con México, «y tiene consecuencias duraderas», confirma Susanna Francies, quien resalta el impacto emocional de estas experiencias en los más pequeños.
Honan, ahora designado por Trump como «zar de la frontera», no ha descartado reintroducir los centros de detención familiar y, en declaraciones recientes, afirmó que los migrantes tendrían la opción de dejar en Estados Unidos a sus hijos nacidos en territorio estadounidense o ser expulsados con ellos.
Es importante recordar que, según datos oficiales, más de cinco millones de niños estadounidenses tienen al menos a uno de sus padres en situación irregular, lo que hace que las políticas de separación familiar afecten a una gran parte de la población infantil en el país.
Entre tanto, los migrantes viven pegados a los medios de comunicación, atentos a cualquier noticia que pueda alterar su ya frágil situación. «Gran parte del día está uno pendiente de qué dijeron ahorita, qué van a hacer», reconoce Alejandro Flórez, describiendo la ansiedad constante que sienten quienes viven bajo la amenaza de ser deportados.