Tren Europa

Tren Europa

Maurizio Medo

Papá descubrió que su destino consistía en vivir a plenitud tantas vidas como le fuera posible. Pensó en construirse un iglú para ver a través de la noche islandesa, y después pactar con esa noche recitando estrofas de canciones en medio de un coro de cowboys, pero como un apache, antes de que le tapien la boca con greda. Eso era mejor que resignarse a pedir otra cerveza con el acervo de quien sabe que, finalmente, tendría que volver al Europa para ser el huésped de su propia vida. Tal vez la idea que concierne a mi padre debió estar al principio del libro. Tiene misterio. Y nos sugiere la presencia de un legado infatuando en la oscuridad del hilo narrativo.

La gente prefiere esas historias: se puede espiar por sus fisuras y vislumbrar la confusión del gentío al rodear al héroe que olvidó cumplir la misión después de haber doblegado al enemigo. 

Los best sellers terminan así.

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¿Qué significan las palabras que no pronunciamos? Pienso en mi madre. Siempre creí estar ante alguien que parecía avanzar a tientas por la realidad de un mundo imaginario con tal de estar con nosotros hasta que, súbitamente, un nuevo bombardeo la obligaba a regresar al vértigo de su propio infierno. Ella hubiera preferido ser invisible. Debió resignarse y prestar atención a los diversos detalles con el único propósito de estar más cerca, y no desde un nivel metafísico.

Mamá apenas pudo ver el perfil de un abismo
a través de un horizonte cien veces bardado
bajo un oscuro sol de pájaros muertos. 

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A veces creo oír al viento Bora retumbando en el ventanal como si hubiera regresado del olvido, mientras el tiempo, corre gritando alrededor del mundo.  Me despierto con la oscuridad de quien ha olvidado su nombre. No sé si esta vez el Europa aparecerá girando lento alrededor de la curva. Si tendré que embarcar o no. Tampoco sé bien dónde me encuentro ni dónde podría estar. Paulatinamente, la memoria, como si se tratara de un socorro llegado desde lo más alto para sacarme de la nada, me permite ir distinguiendo las distintas imágenes que alguna vez vislumbré hasta que me revela el lugar donde estoy como si las distintas magnitudes del tiempo se hubieran encontrado. El vecino grita que se casará con Debbie Harry. No lo dice así. Pero en la radio suena Dancin’ Down The Moon. Un predicador dogmático recaba millones. Bruno Ganz recita esa poesía de Peter Handke. Unos niños leen en voz alta, todos juntos, diferentes libros en idiomas distintos. No se les entiende, pero luego eso también se traducirá en algo. No es que las cosas no son lo que parecen. Así comienza la novela. En el mes de noviembre habrá un banquete anual de los monos de Lopburi frente al templo de Pra Prang Sam Yot; el fabricante de vehículos Tesla anuncia que está trabajando en la creación de un robot humanoide; el huracán Katrina azotó las pobladas costas del sureste del estado de Florida. Tú estás a mi lado. Hay lugares que tememos, lugares que soñamos, lugares que nos convierten en exiliados. Mi amor no precisa de ninguno. Acontece. Y entonces todo vuelve a suceder.

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Yo vivo en La Cantuta.
Mi casa está bien al fondo.
Es visible después de cruzar el parque.
Las flores debieran preservarse para el uso
exclusivo de los horticultores en vez de
malversarse, o bien en el ornato, o como
pausas, idóneas en el fomento de la poesía
urbana con la conciliación de términos

opuestos entre sí, pero establecidos de modo
tal que la idea de vivir en La Cantuta apenas
sobrevive, aunque la casa ya se perdió de
buena parte de esta conversación. Como
también del sentido real de lo que es:
una confusión originada en el límite establecido
por el concepto liberal de pertenencia.
La escritura no.
Fundamentalmente por la fuerza centrífuga
de, al menos, la mitad de poemas escritos
con el propósito de estar más cerca,
acorde con la didáctica planteada
en el Manual para dummies.

¿Podré cumplir con las distintas tareas
exigidas por una composición poética
después de aceptar la validez del axioma:
la escritura es una pérdida?

Jamás encontraremos algo sobre
lo que se versa, de versar,
un verbo anacrónico utilizado
cientos de veces en dicho manual.

Hoy sostenemos un diálogo surgido
de la ausencia, que discurre en el
presente, abismado en el infinitivo
de la evocación, la misma que me
obliga a advertirles:

mejor no vengan a mi casa.

La Cantuta no es atractiva,

ni siquiera por su afinidad
nominal con la flor sagrada:

Jantu.

Flor de inca.

Patujú, en Bolivia.

Era fúnebre.

Y por ende finita.

Pero esa ya es otra novela.

Dicen que, en la ciudad, salvo por el
débil furor del orgullo cívico, la espiral
inflacionaria, y unas pocas palabras
importantes, después del Big Bang,
el universo nunca fue muy complicado.
No ocurrió nada interesante en
13 000 millones de años. Lo que existe
es posible sobre la base de una serie de
ausencias que evocan lo que no ha sucedido
con tal de legitimar la esperanza.
—Habría que reconstruir los lugares
turísticos y volverlos más sostenibles
—me interrumpieron.  La vecina
salió en camisa de dormir a tender
en el cordel los calzoncillos del marido,
después de llevarlos delicadamente,
como quien porta consigo una reliquia.
Ella me mira con hostilidad. Le devuelvo
el gesto, igual de punitivo, pero pensando
en qué capullos florearan de acuerdo con
el umbral de riego. Hay una gardenia crecida
al improviso, creímos que brotaría un molle,
aunque nos cueste admitirlo, nos faltó un río
y faenar bien los rebaños en el terreno que
ahora sobrevuelan los drones. Debían ser pájaros.
No lo son. Un dron produce 75 decibeles de sonido
y accede a nuestras vidas secretas. Mientras
la hierba crece cuesta arriba, en la otra acera
un antiguo deportista camina después de jubilarse
pensando que, salvo por la señal de extremaunción,
ya no le ocurrirá nada. Tal vez por eso olvidó
sus extraños zapatos de baile sobre una nota
al pie de otra versión de la leyenda, donde
se rumora que él y la vecina tuvieron
un romance, sin saber bien cómo atenuar
la deshonra después de tal apostasía.

Aunque el rumor no pudo confirmarse,
hoy las noticias son más fugaces que
nosotros, no solo las de Snowden,
los vientos de equinoccio, el sub linaje
Q.1.1, las Kardashian o incluso aquellas
sobre el clan Baybasin, en otra telenovela.
En la internet también funciona así, los datos
duran apenas unos cuantos minutos antes de
desaparecer, aplastados por una vertiginosa
marea de nuevos estímulos donde «todo es
posible» para la paulatina cancelación del futuro.
Tampoco se pudo corroborar la idea que corcovaba
menguante alrededor de la zánora, no era un río,
al momento de encender el cortacésped, el tiempo
suficiente para imaginar un pantoum, esa forma
de verso malayo que un día usurparon los franceses.
Aunque la idea amagara, no la recuerdo. Quizá fue
sobrestimada, sin un lugar, como el que ahora
ocupan los árboles y los edificios.
La mitología se acerca más a lo que estoy
pensando, podría confesarlo también frente
al visor de una Cámara Gesell, sin la menor
emoción, pero lejos del mindfulness,
el feng shui, las terapias de familia,
y también de una ciudad
que ya no recuerdo.

Entonces los perros comenzaron a ladrar.

Yo solo soy un hombre que riega, no
como Ámpelo, peor que otro cualquiera,
en tanto cumplo con las horas de dictado
en medio de otras tareas planeadas antes
de que el metabolismo del tiempo, debido
al modo en que vino aconteciendo, me
imponga otra velocidad al enfrentar a su
antítesis cada vez que miramos hacia atrás.

—Desde el anonimato medieval los textos
no constituían bienes, eran acciones. Debía
decirles, con tal de aclarar después, que
aunque la «escritura» plantee establecer
fronteras, después las trasgrede. «Escritura»
es un tipo de expresión que, como en ciertos
relatos de ciencia ficción, va asumiendo
significados diferentes. Es un destiempo,
en un presente que no es el de todos.
Entre los chuukeses robar está permitido.
Es una muestra de poder. El de un escrito
es quedarse sin palabras, después de haberse
reapropiado de todas las que habíamos perdido,
siendo capaz de registrar esa pérdida como
otra noción de la realidad o un nuevo flujo
de conciencia, y no como el centro de atracción
en un nicho rentable, y solo por la corazonada
de que alguien precisa encontrar esa oferta.
Quizá durante un desayuno, una vez que
las noticias de la Tierra le hagan comprender
que no tendrá otro planeta con qué rezar a un
santo. Ahora que el homo sapiens es solo un
algoritmo obsoleto, yo debería concentrar
toda mi atención en atender la gardenia, y no
a quienes se aparecen en clase como objetos
de su propia publicidad, con la experiencia
expropiada para el disfrute de las redes sociales
dentro de un auditorio que no consigue verse
a sí mismo, por ello me es imposible comentar
allí algo de lo que estoy escribiendo, no sin el socorro
de un doble, contratado para las escenas de peligro,
especialmente para aquellas que devienen desde
una voz interior, que nadie se atreve
a reconocer como un Yo.

—La gardenia es una planta arbustiva.
Sus flores crecen en el ápice de las ramas
bajo el aroma de la lluvia en un jardín que
no existirá hasta la primavera próxima.

¿Importa quién habla?

La pedicurista se imagina como la maestra
de futuros astronautas en un lugar donde
dios puede estar disponible; el vecino con
una kufiya en la celebración del FanFest;
y ella en redimir el romance en una
habitación ninfoléptica.

Ninguno podrá ser escuchado.

Afuera el negocio tiene que ver
con el mundo onírico de un grupo
de turistas con camisas hawaianas;
equipos de póker seleccionados por
la I.A para el programa Artemis;
la subasta de una foto en miles
de tokens no fungibles.

El futuro distrae, jamás advierte.

Cuando Clyde Barrow insistió en cantar
Siboney en la prisión de Eastham,
Bonnie Parker pudo decir: «un día de estos,
caerán codo con codo».

—Yo soy Nadie —gritó Ulises salvándose de ser devorado.

Las sirenas eran un rumor.

No son otra cosa que canto.

xxxi

Las cosas cambiaron a tal velocidad que el futuro parecía estar transcurriendo. Por ello, antes de que consiga marcharse del todo encontramos la manera de irle pidiendo cosas comprometiéndonos a devolvérselas con una lógica retrospectiva sin saber bien cómo concertar con el relato. Ignorábamos el desenlace de esa narración, no las canciones de su banda sonora. las cosas cambiaron podría ser el título de alguna como si se tratara de una experiencia inmersiva en la amplitud modulada hasta que la historia baje la velocidad. Iré por tabaco donde Cristo perdió el mechero, y también por unas toneladas de argamasa a fin de que podamos pegar los pedazos de un país que, hasta este momento, no ha conseguido serlo. Yo solo hablo de un tren, después podré comentarte algo acerca de Clyde Barrow. Las cosas nunca cambiaron. En un tren todo es contemporáneo, y no porque lo interesante ocurra en la sombra, tal como exclamé alguna vez, aturdido en la boca del túnel. El movimiento no se confunde con el espacio recorrido. El espacio es lo pasado, el movimiento es presente. Lo que vemos a través de las ventanas es aquello que transcurre el tiempo suficiente como para creer que, después de cruzar la boca del último túnel, encontraremos la tierra prometida que jamás conocimos justo donde se había escrito el final. Lejos del destino del mundo, murió así. El perfume de Clyde contrastó con el olor a pólvora quemada, quizá solo para que el tiempo la recuerde, Bonnie escribía poemas.

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«El futuro ya fue» como un argumento biológico en un antiguo eslogan de la New Age. Las nuevas ideas, pese a su carácter empírico, aproximativo y deliciosamente lejano, discurren mucho más rápidamente que un buey de agua bajo una tormenta de nieve, y como el sol huyó hacia el oeste, ya no tengo tanta música como para hacer bailar a los osos.

Mis planes, como también mi esperanza, se dirigen al pasado, casi como un eco de la albórbola en una tarde de verano. El viento cambia así. Con una mirada en blanco, sin pretensión de originalidad. El presente es una fórmula didáctica: describe lo que ocurre allí donde no hay nada, salvo el tiempo exigido para ensayar esta hipótesis, incapaz de vislumbrar un porvenir, esa ominosa construcción gitana.

En el Europabaka leía la brìšcula. Ella creía que dentro de esa baraja se hallaba contenido el universo: pasado, presente y futuro juntos, rodeados de un montón de cosas fabricando nuestras vidas en penumbras, tal y como las ve la gente. Yo nunca la consulté, o porque temía la repentina aparición de una estantigua de arúspices recordándome que el origen real de una tragedia era el no haberla advertido o porque, tal vez, muy secretamente, creía en el tiempo como un espacio etéreo donde ese pasado, seguía transcurriendo. A pesar de habernos ido, permanecíamos ahí en un entonces que ya no era real, es cierto:  ni el dios lo invitaba a su mesa, ni la diosa lo recibía en el lecho, pero aún guardaba cosas de nosotros, habitualmente ignoradas, que podríamos encontrar cada vez que regresáramos.

El futuro, conquistado por mis antepasados, tal como lo proclamaron ellos, alguna vez se me presentó entre una maraña de bastos, pero con tal maña que fue capaz de hacerme señas queriendo que yo me acercara para después obligarme a hacer lo que ahora me dicta: comer garbanzos, berenjenas, dátiles y cualquier otra vianda que nos libre de los diagnósticos morales tan propios de la industria vegana, tanto como de las prácticas de Maharishi Mahesh Yogi y los intrincados preceptos del channelling , lo que sea, con tal de derribar la muerte, al menos hasta el momento justo, tal si lo hubiera, como una cita con la cartomántica.

—La muerte es una canción que no se aprende —nos advirtió deda. Yo sé que esto es lo que quiso decir en un último impulso misterioso y desconocido, para ver, para saber, para tentar al destino. Sorella cree que eso es lo que habría querido oír, que, en realidad, con esa ronca voz de oso moribundo, ya desprovista de tiempo y por eso mismo, realizada, deda pudo contemplar por última vez a baka susurrando zvijezde su prva abeceda koju moramo naučiti[1] como quien, de pronto, ha conseguido recuperar para sí el verdadero sentido que alguna vez logró encender su esperanza. Nunca consulté la brìšcula, esa misma noche baka arrojó los naipes en medio de la fogata. 

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Yo nunca escribiré un best seller. No puedo convertir en una lucrativa autoficción el íntimo fragor del miedo. Solo soy un código en línea, aislado del mundo; demasiado humano como para negociar algún bien con Silicon Valley refundando una antigua teoría antropocéntrica. Por eso, me alejo del espacio especular donde miro, y donde también soy oído, mientras descubrimos la «realidad» donde no estaba. Cerca de todo, y en legítima defensa, con tal de no quedar fuera de la ecuación Semejanza. Entonces apago la Máquina. El tiempo necesario como para aceitar cada una de las teclas de la antigua Remington, y escribirte una carta, tal vez desde centro mismo del poema, aunque allí no se pueda captar la señal de un teletipo integérrimo proveniente de la constelación Casiopea. Es otro presente que imbrica también otras formas de vida. Por ejemplo, ahora llueve, como el día que construimos la casa, y oímos el tenue eco de un ukulele en medio de las guitarras. Hubo vecinos Ellos jamás habían oído un ukulele. Fue suficiente. Asustados predijeron que, por el sonido aquel, con el advenir de la aurora, la casa se derrumbaría. No he vuelto a oír el son de ese ukulele, tampoco a las guitarras, cada vez que salgo a la puerta del garaje, en espera que regreses, y el futuro empiece a suceder, otra vez, como en un LP, desde el pasado.


[1] Las estrellas son el primer alfabeto que debemos aprender.

M.

Maurizio Medo. Ha dirigido proyectos como el espacio de creación Transtierros a lo largo de una década, y el proyecto de divulgación crítica País Imaginario: Escrituras y transtextos, un estudio en dos volúmenes que abarca cerca de treinta años de poesía en América Latina, el mismo que concluye con un tercer volumen dedicado a las escrituras en España desde la época de la Transición hasta nuestros días. Ha publicado también algunos libros de poesía como Manicomio (Primera edición, Santiago de Chile, La calabaza del diablo, 2005; segunda edición: Lima, Editorial Zignos, 2007; tercera edición, 3era ed., Monterrey, La regia cartonera, 2013; 4ta edición, Guadalajara, Mantis, 2012; cuarta edición, Madrid, Varasek. Colección Buccaneers, 2015); Cuando el destino dejó de ser víspera (poesía reunida 2005-2015) (Cáceres, Ediciones Liliputienses, 2016); Y un tren lento apareció por la curva (Madrid, Ay del seis, 2016) y Las interferencias (Madrid, Ay del seis, 2019) Su obra aparece en algunas antologías como Pulir Huesos. 23 poetas latinoamericanos, 1950-1965. (Madrid, Círculo de Lectores, Galaxia Gutenberg, 2007) de Eduardo Milán; Festivas formas. Poesía peruana contemporánea. Editorial Universidad de Antioquia. Medellín, 2009, de Eduardo Espina; Intersecciones. Doce poetas peruanos. (Conaculta: Instituto Nacional de Bellas Artes. Oaxaca, 2009) de Ernesto Lumbreras; Světová poezietento chléb přežvykovat, psacími písmeny (fra.cz, Praga, 2012), de Petr Zavadil; Spanische und hispanoamerikanische Lyrik Bd. 4: Von Rosa Chacel bis zur Gegenwart (Poesía española e hispanoamericana Vol. 4: De Rosa Chacel al presente (Fundación CH Beck, Berlín, 2022) Susanne Lange (Ed.) y Petra Strien (Ed.). Ha publicado también Backstage: 18 entrevistas (y algunas notas) alrededor de la poesía contemporánea (Cáceres, ediciones Liliputienses 2017). Actualmente dirige El Laboratorio. Vive en La Cantuta.

La obra que ilustra esta publicación se titula Sujetificación, del artista venezolano Efraín Ugueto Z.

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