Bajo los faroles mortecinos de la calle Defensa, el aire olía a humedad mezclado con el dulzor de los jazmines. Julio apretó el gatillo sin dudar; el marido de Elena se desplomó contra la puerta de un anticuario, tiñendo de rojo el mármol gastado.
—Ya eres libre —susurró Julio cuando ella apareció entre las sombras.
Elena no lloró. Se acercó al cadáver, le quitó una llave del collar de oro que pendía del cuello y miró a Julio con una frialdad desconocida.
—Gracias, amor —dijo ella, guardando la llave—. Él tenía la llave del tesoro, pero tú tienes la culpa del crimen.
Y gritó «¡Asesino!¡Asesino!» mientras llamaba a la policía.