Si queremos ser capaces de seguir el consejo de Lao Tsé y sentarnos junto a las aguas a esperar que se calmen, no podemos esperar a que se agiten para empezar a practicar. Esta es, por desgracia, la conclusión más importante: nadie tiene el don natural de ser capaz de soportar el silencio; la paciencia es un don que se entrena.
¿Y cómo hacerlo? Podemos recurrir a técnicas milenarias, como la meditación o el mindfulness. Pero si estos momentos ocupan tan solo un puñado de minutos en nuestra rutina de rapidez y aceleración, no habremos ganado demasiado.
No nos queda otra que, como sociedad, empezar a pisar el freno. Dejar de buscar atajos y caminos rápidos, recorrer los senderos antiguos. ¿Y qué significa esto en la práctica? Esperar a ver a tu amiga para contarle lo que te ha pasado, en lugar de enviarle un audio. Busca una respuesta en un libro o incluso navegando en internet, en lugar de preguntarle todo a la IA. Abandonar el multitasking, aunque sea atractivo.
Significa bajar el ritmo, renunciar a llegar a todo y comprender que quizá la vida no es mejor si está llena. Que la plenitud no tiene nada que ver con agendas abarrotadas. Que no se trata de vivir más, sino de vivir mejor.