Regresó, pero a su otra montaña
Regresó, pero a su otra montaña
Yorbelys Guape|11 de abril de 2026|
Soy estudiante de comunicación social en la Universidad Central de Venezuela. Nací en Turmero, estado Aragua. Pienso que crear historias es una forma de entender lo que nos rodea e invitar a otros a mirar desde una nueva perspectiva.Principio del formulario

Primero fue un ruido leve. Luego, escucharon unos pasos rápidos. Era una tarde de enero de 2019 en la que el silencio típico de la montaña, en esos predios tan verdes del Parque Nacional Henri Pittier, solo dejaba escuchar el canto de los pájaros.
Alexis Rivas, como se llamaba mi abuelo, estaba en la casa de la hacienda con dos compañeros, descansando después de todo un día de trabajo. En la sala, él sentado en su silla de madera, tomaban café y hablaban del día, hasta que aquellos pasos los desconcertaron.
Mi abuelo levantó la mirada y por un momento todos se vieron sin decir nada.
La puerta se abrió de golpe y unos hombres armados entraron. Pusieron el cerrojo y, apuntándolos con pistolas, dijeron que nadie podía salir. Los empujaron hacia un cuarto, los amarraron y les dieron una orden clara: no comunicarse con nadie.
Mi abuelo contaba que en ese instante pensó que moriría allí, lejos de su familia.
Por 15 días los hombres tomaron el control de la hacienda, escondida en las montañas del emblemático parque del estado Aragua. Hasta que una noche de música, gritos y borrachera, los delincuentes se quedaron dormidos. Fue ahí cuando mi abuelo y sus compañeros decidieron escapar.
Esperaron la madrugada y, cuando todo estaba en silencio, corrieron. No hubo tiempo para recoger nada. Solo bajaron, bajaron y bajaron, dejando atrás la hacienda y a aquellos hombres que hasta hoy nadie sabe quiénes eran. Algunos dicen que quizá estaban huyendo de algo, buscando un escondite; otros, que quizá eran parte de la temida banda delictiva El Tren de Aragua. Lo único claro es que, desde su llegada, lo que eran parajes turísticos pasaron a ser lugares que la gente prefiere evitar. Y que para mi abuelo el descenso de aquella montaña fue como la despedida de sí mismo.
Mi abuelo nació en La Puerta, en el estado Trujillo, en los fríos y fértiles Andes venezolanos. De niño, ayudaba a su padre en la siembra, como tantos muchachos del campo. Corría el año 1967 cuando su papá, Ramón Rivas, se quedó sin trabajo. Poco después, surgió una oportunidad de cuidar caballos en una finca al otro lado del país.
Con siete muchachitos, la familia se montó en una camioneta y partió de las montañas que los habían visto nacer. El cielo seguía siendo el mismo, pero en la medida que se adentraba en el país, el frío fue desapareciendo. El sol empezó a sentirse más fuerte, el aire se volvió pesado y el clima caliente. Atravesaron más de 500 kilómetros, hasta que llegaron a Turmero, un pueblo del estado Aragua de calles polvorientas y casas de bahareque.
Años después, convertido en un hombre mayor, cuando sus hijos ya eran adultos y su esposa trabajaba, mi abuelo sintió que era hora de volver a la montaña. Y en 2003, junto a cuatro amigos, comenzó a trabajar en la Hacienda Portapán. Volvió a la siembra, a la tierra, a lo que siempre había querido. El dueño, ya mayor, había decidido venderla, sabiendo que no regresaría más. Para entonces, mi abuelo trabajaba como albañil, pero poco a poco fue dedicando más tiempo al cultivo, hasta que la hacienda se convirtió en el centro de su vida.
Aquellos años fueron de felicidad. Siempre había querido vivir en esa soledad serena, rodeado de árboles y acompañado solo por el sonido de los animales. Y al fin lo había logrado. Durante los primeros 7 años, sembraron 600 matas de aguacate y más de 3 mil de café. Esa tierra se convirtió en su refugio, su orgullo y su hogar.
Pero al cabo de 16 años, el lugar más importante para él había sido invadido. Tuvo que volver a dejar la montaña, y, como cuando era un niño, no por elección, sino porque la vida lo empujó.

Para él, en Portapán su espíritu encontraba calma. Allí, conectaba con lo que realmente le daba vida: la tierra, el frío y la soledad. “Allá ni me sentía enfermo… allá no pensaba tanto”, lo escuché decir repetidas veces, sentado en su mecedora, mirando hacia la nada. Esa misma mecedora verde de la que cada vez comenzó a costarle más levantarse.
En 2012, le diagnosticaron diabetes tipo 2. Al principio la sobrellevó, pero después de perder la hacienda, algo en él se quebró. En 2020, durante la pandemia, intentó mantenerse ocupado remodelando la casa, elaborando objetos con madera, buscando cualquier excusa para mantener las manos en movimiento. Aun así, hablaba constantemente de la montaña. Decía que quería volver.
Con el tiempo, descuidó su alimentación y la enfermedad comenzó a avanzar. Para 2023, su vista se había deteriorado tanto que ya no distinguía bien los rostros. La carpintería quedó en pausa y, con el tiempo, también dejó de construir.
Su piel se volvió más arrugada, y cada paso le costaba más. Aquel hombre, el que subía la montaña en moto y trabajaba bajo el sol sin descanso, empezó a debilitarse. Se volvió más irritable, más silencioso, como si todo le pesara: la enfermedad, los recuerdos y la vida misma. Creo que fue entonces cuando entendió que no volvería jamás. No solo por la delincuencia que aún dominaba el lugar, sino porque su cuerpo ya no podía llegar hasta allá.
Un mediodía, estaba en su mecedora, con la mirada perdida hacia el patio. La familia hablaba de cualquier cosa, de la comida, del calor, de los precios, pero él parecía estar lejos, muy lejos.
De pronto, sin levantar la vista, habló con esa voz ronca, cansada pero firme, que tanto recuerdo:
—Si me muero… —dijo, haciendo una pausa larga— quiero que me quemen y me tiren en la montaña.
La conversación se detuvo.

—Eso está difícil, Alexis… Por allá sigue peligroso, y ya nadie sube —le respondió mi abuela en voz baja, sentada frente a él.
Su cuerpo fue resintiéndose cada vez más. Caminaba encorvado y necesitaba un bastón para sostenerse. Aun así, le costaba avanzar. Cada paso era un esfuerzo. A menudo se detenía a mitad del pasillo, como si sus piernas se negaran a seguir. Los hijos tuvieron que empezar a ayudarlo a ir al baño, a caminar, a levantarse de la mecedora. Él aceptaba la ayuda en silencio. A veces, frustrado, murmuraba que no quería estorbar, como si depender de otros le doliera más.
Una mañana, mi mamá lo acompañaba al baño. Lo sentó con cuidado y esperó a que terminara. Él mantenía la mirada baja, fija en el piso.
—Listo —murmuró, con esa expresión triste que se le había vuelto habitual.
—Ya voy —le respondió mi mamá, asomándose por la puerta para llamar a mi tía Edelexis. —¡Negra, ven a ayudarme!
Las dos entraron al baño e intentaron pararlo. Lo sujetaron por los brazos, lo impulsaron despacio, pero él no se movía. Era como si su cuerpo se negara a responder… o como si él mismo no quisiera levantarse.
—Vamos… —dijeron ambas, intentando sostenerlo mejor.
Él alzó la mirada apenas un poco. Sus ojos estaban perdidos.
—Ya falta poco para que esto se termine —dijo en voz baja.
Durante esos días, la vela frente a la Virgen de Guadalupe nunca dejó de arder. Estaba sobre el bar de la casa, siempre en el mismo lugar, y cada vez que la llama se apagaba, mi tía Edelexis la encendía de nuevo. Para ella, esa luz era una forma de aferrarse a la esperanza. Le pedía a la Virgen que le diera fuerzas a su papá, que lo ayudara a resistir un poco más.
Cuando mi abuelo trabajaba en la montaña, pasaba poco tiempo en la casa. Lo recuerdo distante, no era especialmente cariñoso. Pero en los últimos meses empezó a buscar abrazos, besos, cualquier gesto que lo hiciera sentir acompañado. Para todos, ayudarlo a caminar, levantarlo del piso o sentarlo en la cama no constituía un peso, sino la manera natural de estar con él y recordarle que seguía siendo importante para nosotros.
“No pensé que mis hijos me iban a querer tanto”, dijo un día acostado en la cama. Y es que, a pesar de su carácter fuerte, había criado a unos hijos que no dudaron en estar ahí, día y noche, sosteniéndolo.
Hasta que el 7 de junio de 2024 falleció. Sin haber podido regresar a sus tierras, ni volver a sembrar, ni ver nuevamente sus matas de aguacate y de café. La hacienda seguía tomada, inaccesible. Y el monte había borrado el camino que solía recorrer.
Seis meses después de su partida, tal como quería, regresó, pero no a la hacienda tomada sino a las montañas inmensas que lo vieron nacer, las de su infancia.
Una mañana, en familia, cada uno de nosotros inmerso en sus propias emociones, pudimos cumplir su voluntad. Con una extraña calma, caminamos juntos. Muy temprano, comenzamos la subida y, a medida que avanzamos, el paisaje parecía recibirnos. Todo se veía más claro, más vivo. Frente a nosotros se extendía el verde profundo de la loma y el sol de la mañana volvía cálido el aire frío que nos tocaba el rostro.
Era como si él caminara con nosotros, como si estuviéramos acompañándolo al paraíso, como si con aquella subida estábamos acercándonos al cielo, a esa altura tranquila, finalmente de vuelta a la montaña, su hogar, donde quisiera imaginar que consiguió su descanso.
Esta historia fue producida en la quinta cohorte del Programa de Formación para Periodistas de La Vida de Nos.
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