Un país que lucha por vías pacíficas y justas para forjar una nación virtuosa parece irreal, parece un ratón en un mundo de gatos hambrientos, un imán para atraer el mal bajo diversas caretas. Venezuela es hoy ese ratón: su gente ha priorizado la lucha pacífica, razonable y justa para recuperar su libertad y fundar un nuevo país, mientras la comunidad internacional salta sobre ella para saciar su hambre. Ningún pueblo honesto y digno puede aceptar la imposición de otro, pues el poderoso solo buscará saciar sus propios intereses, alimentando a los oprimidos con sobras para convertirlos en obreros sumisos y cobardes. Ceder la libertad por sumisión, orden, seguridad y bienestar es pura estupidez.