Dos entierros para Yusneidy
Dos entierros para Yusneidy

El 23 de julio le entregaron a la familia Clemente Bandres el cuerpo de quien las autoridades aseguraron era Yusneidy, de 9 años. La enterraron, pero dos días después, en la búsqueda de otros familiares entre los escombros de la OPPPE 22 que se cayó con los terremotos del 24 de junio, esta familia encontró el cuerpo de una niña que, igual que Yusneidy, tenía un lunar en el lado izquierdo de la frente. Estaba abrazada al cuerpo de su tía. Si era ella, ¿a quién habían enterrado?

FOTOGRAFÍAS: ÁLBUM FAMILIAR
Un lunar en el lado izquierdo de la frente. El cabello rizado, tejido. Morena, de piel tersa. Sonrisa amplia, dientes blancos y grandes. Nueve años de edad. Así describía su familia a Yusneidy Alejandra Clemente Bandres cuando empezaron a buscarla después del doble terremoto del 24 de junio. Fueron esas las características que les permitieron identificarla entre el concreto; las mismas que tendrían que volver a narrar poco después, cuando se dieron cuenta de la profundidad de la tragedia que vivían.
Esta historia comienza con una escena cotidiana.
—Papá, voy a comprar un helado —le avisó Yusneidy a su padre, Yonaikel Clemente, a quien estaba visitando esa tarde.
La niña salió. Y minutos después, todo se comenzó a mover.
En cuestión de segundos, el edificio —la OPPPE 22 de Caraballeda, ubicada en la zona de Caribe— se vino abajo.
Yonaikel logró ponerse a salvo, y de inmediato comenzó a buscar a Yusneidy. Pensaba que, si no estaba en el apartamento de su tía Jeni, en el piso 6, entonces se había quedado hablando o jugando con amiguitos. En medio de la confusión —del polvo que aún no terminaba de asentarse— seguía tratando de dar con ella, sin éxito.
Entonces se afanó, como muchos vecinos, a levantar las losas que antes eran paredes de decenas de hogares. Conforme el tiempo avanzaba, la desesperanza se fue anidando en alguna parte de su ser: si Yusneidy no había aparecido, seguramente estaba debajo de ese amasijo.
Pasó un día en el que la ansiedad y la angustia no hicieron sino aumentar.
El 26 de junio llegó Heidi Bandres, madre de Yusneidy, que vive en Bogotá, Colombia. Como nadie le respondía después del terremoto, armó un bolsito y se vino a Venezuela de inmediato. Se encontró con el edificio de la Misión Vivienda devastado y a los vecinos haciendo cadenas humanas para rescatar a vivos y muertos.
—¡Necesito encontrar a mi niña! —gritaba Heidi, desesperada.
—Tenía franela azul, short y trencitas— le decía Yonaikel.
La madre comenzó a acampar en un toldo rojo en un rincón donde otros vecinos —devenidos en rescatistas— armaron carpas para dormir cuando el cansancio les impedía continuar. Ahí, en esas noches largas, se hacían preguntas para las que no tenían respuestas: ¿cómo agilizar el trabajo cuando solo hay picos y palas? ¿Cuánto puede aguantar una persona tapiada? ¿Por qué no llega más ayuda?
El 8 de julio, a dos semanas de los terremotos, aparecieron unas máquinas pesadas. Un tractor, una grúa. Pero quienes operaban esos aparatos cumplían horario de oficina: las encendían a las 8:00 de la mañana; las apagaban a las 6:00 de la tarde. La búsqueda continuaba en la madrugada: los vecinos echaban pico y pala hasta que ya no podían más. Cada vez que encontraban a alguien, Heidi y Yonaikel se ponían en alerta. Sobre todo, cuando decían que era una niña.
¿Cuántas veces se repitió esa escena? Perdieron la cuenta.

El 20 de julio encontraron el cuerpo de una niña que, era evidente, ya estaba en proceso de descomposición. Costaba reconocer el rostro, pero las características corporales y la ropa encajaban con la descripción: camisa azul y shorts. Cuerpo delgado. Cabello rizado, trenzado. Morena.
¿Era Yusneidy?
Trasladaron el cuerpo a la sede del Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses (Senamecf), que habilitaron en Los Silos, La Guaira, para recibir a los cadáveres que la gente estaba sacando de los edificios derribados. A Yonaikel solo le permitieron hacer un reconocimiento visual. No hubo pruebas de odontología forense, antropológicas ni ningún peritaje. Padre y madre estuvieron haciendo seguimiento porque habían escuchado que, tan abarrotada como estaba esa morgue, algunos difuntos se habían extraviado, y desde luego que no querían que eso les pasara.
Con la expectativa, pasaron tres días.
El 23 de julio les entregaron el cadáver, así como el acta defunción 3924, folio 724, tomo 16, de 2026, a nombre de Yusneidy Alejandra. A pesar del dolor, la familia sintió el alivio de poder tener un cierre. La niña ya no era parte de la lista de desaparecidos sino de fallecidos.

Ese mismo día se trasladaron al cementerio de Mesa Grande de Higuerote, ubicado en el municipio Brión del estado Miranda, para sepultarla. La familia escogió ese lugar porque estaba cerca de la casa de la familia materna de Yusneidys. Así podrían ir con frecuencia a ponerle flores.
Heidi lloró a su hija, se despidió de ella.
Luego de ese día doloroso, ella siguió apoyando en la OPPPE 22. Sobre todo porque aún no aparecía Jenni Rada, la tía y cuidadora de Yusneidy, que vivía en el piso 6, apartamento 602, de este conjunto residencial de la Misión Vivienda.
Fueron casi tres días de trabajo cuando el tío de Yonaikel, Raúl Serrano, la halló.
Eran las 2:00 de la mañana del 25 de julio.
—¡Aquí está Jenni! ¡Tiene a la niña abrazada! —gritó Raúl.
La búsqueda se paralizó por un momento y toda la familia entró en un estado de confusión y shock.
¿Cómo que estaba con la niña? ¿Pero….? ¿Qué está ocurriendo?
Cuando sacaron los dos cuerpos, el de Jenni y la niña que abrazaba, los revisaron con el detalle y el cuidado necesario. Esta niña tenía el mismo atuendo que Yusneidys llevaba el día del terremoto: camisa azul, shorts, el cabello tejido, y a diferencia de la que enterraron, el rostro de esta estaba mejor conservado, a pesar de que habían transcurrido más días.
Y entonces vieron la marca inequívoca de nacimiento: el lunar grande en el lado izquierdo de su frente.
“Esta sí es Yusneidys”, dijo alguien.
La madre se alteró. Sí, esa era su hija, no había dudas.
“Pero si esta es ella, ¿a quién enterramos?”.
Nadie entendía qué estaba ocurriendo. Cómo una confusión así podía haber ocurrido. El cuerpo fue trasladado a la sede del Senamecf de Los Silos ese 25 de julio. El 28 de julio, Yonaikel acudió a la Fiscalía 64 de Defensa Para la Mujer, Femicidio y Delitos que atentan contra la Libertad Sexual y Competencia Plena por instrucción de la Dirección General Para la Protección de la Familia y Mujer.
La fiscal encargada, tan confundida como los familiares, le hizo una entrevista al padre para entender mejor. Él, entonces, le explicó: que primero encontraron a una niña con los rasgos de su hija; que el equipo forense no hizo pruebas de parentesco antes de entregárselas; que la niña fue enterrada en el estado Miranda; que luego hallaron el cadáver real de Yusneidys; que tenía acta de nacimiento y defunción consigo.
La fiscal le preguntó qué esperaba de las autoridades.
—Por favor, que estos trámites se hagan lo más rápido posible, y se logre determinar la identidad del cuerpo de la niña que enterramos.
Él quería cerrar la tragedia que se alargaba; que su expareja pudiera volver a Colombia con sus otros hijos con la certeza de que la niña que tuvieron juntos ahora sí iba a descansar en paz.
La espera se extendió varios días.

Las fiscalías intercambiaban información confusa, ninguna decidía quién tenía la responsabilidad del caso. Fue la razón por la que la familia de Yusneidys decidió hacer el caso público en redes sociales.
La gente respondía a los post en Instagram. “Los mismos familiares son los responsables, ¿quién dijo que la primera era su hija?”. “Supe de un caso de una mujer que también la enterraron y a los dos días apareció viva”. “Que desastre y así muchos lloran tumbas de extraños creyendo que son su familiar”.
Hasta el 4 de agosto, la familia de Yusneidys continuaba esperando que le entregaran el cuerpo. Esta vez los llamaron para hacer las pruebas de ADN, que iniciaron el 21 de julio. El cuerpo de Yusneidys, que de por sí ya era frágil, fue maltratado durante el procedimiento.
—La desarmaron toda. Eso fue un crimen. Eso no debió pasar así —le contó Mariela Bandres, tía de Yusneidys, a una fiscal de Higuerote cuando ella se le acercó a preguntarle qué debían hacer para realizar el proceso de exhumación del otro cuerpo que habían enterrado.
La familia lo único que quería era que fuera un proceso digno.
Digno para Yusneidys y digno para la niña que enterraron sin conocer.
El 5 de agosto llegó la llamada que estaban esperando: “Les vamos a entregar a la niña”.
A las horas, en efecto, les dieron a Yusneidy. En el procedimiento, estuvieron funcionarios del Ministerio Público de La Guaira, Miranda y Caracas. En el entierro, solo permitieron que estuvieran los padres, aunque muchos otros familiares querían estar presentes para despedir a la niña. En el Cementerio de Mesa Grande de Higuerote, los funcionarios abrieron una nueva fosa y exhumaron el cuerpo de la otra niña.
—Ya tienen su verdadero cuerpo. No queremos más problemas. Es mejor dejar todo por la paz —les dijeron antes de retirarse.
Una parte de la familia de Yusneidys Alejandra Clemente Bandres continúa en Venezuela, cerca de sus restos, ahora sí, con la completa seguridad de que fueron sepultados en Higuerote. Su mamá volvió a Bogotá para trabajar y cuidar de sus otros niños y su hermana Mariela. Y para continuar sobresaltada. Allá vivieron el terremoto de Colombia del 10 de agosto. Para ellas, la vida de Yusneidys no se borra. Y a cuestas llevan otra, la de aquella niña cuyo destino ya no les es ajeno.
—No sabemos qué hicieron con ella. Solo que la sacaron y se la llevaron. Lo cierto es que esa niña no está descansando en paz —dice Mariela, la tía de Yusneidys.
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