Felicidad y consumo se cruzaron en el pensamiento de Zygmunt Bauman (1925-2017), el filósofo que dejó una advertencia tan sencilla como incómoda: “Hay muchas formas de ser feliz, pero en la sociedad actual todo pasa por una tienda”. Su diagnóstico, repetido hoy en debates sobre psicología y bienestar, sigue iluminando un paisaje emocional marcado por la prisa, las pantallas y la necesidad constante de estímulos. Bauman, que también era sociólogo, insistía en que el bienestar no podía reducirse a la inmediatez del consumo, porque esa vía, aunque tentadora, es también la más frágil.
Su reflexión no surgía de un impulso moralista, sino del análisis de cómo cambiaron nuestras vidas al pasar de la “sociedad sólida” a lo que él bautizó como “modernidad líquida”. En ese tránsito, según explicaba, “ya no somos lo que hacemos, sino lo que compramos”, una frase que resumía el desplazamiento de la identidad desde el esfuerzo y los valores hacia la acumulación de objetos. Los vínculos se vuelven inestables, el trabajo es incierto y hasta la sensación de pertenencia se mueve como arena fina entre los dedos. En ese escenario, la felicidad parece desdibujarse entre estímulos momentáneos que exigen renovarse una y otra vez.
Bauman no negaba el placer de comprar, pero advertía que “se trata de una satisfacción fugaz”, una chispa que desaparece tan rápido como llega. Por eso alertaba sobre la “trampa de la satisfacción”, esa rueda en la que se confunde bienestar con adquisición. Su mensaje, lejos de ser pesimista, apuntaba a una pregunta muy actual: si la felicidad se agota tan rápido en cuanto salimos de la tienda, ¿por qué insistimos en buscarla allí?