La luz de Navidad

La luz de Navidad

“Cada Navidad es una nueva llamada, una nueva oportunidad para redescubrir el amor que viene de Dios, amor en cada uno, en la familia, en la sociedad. Es ello lo que nos permite acoger en el corazón aquel consejo de San Pablo, tan experimentado en el sufrimiento: ‘no te dejes vencer por el mal sino vence al mal con el bien’ (Rom 12, 21)”.
La luz brilla en las tinieblas Juan 1, 5.

En el umbral de la Navidad, las vitrinas de las grandes tiendas han aparecido llenas de adornos estacionales: luces, colores -el plateado, el verde intenso y el rojo predominan-, todo para anunciar y promover las ventas. Cuando se piensa, resulta extraño que, en pleno trópico, haya de asumirse ese aire ficticio de país nórdico donde la Navidad se ve acompañada de nieve. Pero en el imaginario social educado por Hollywood, Santa Claus, su trineo, sus renos y el Polo Norte no pueden estar ausentes de la decoración. Abunda, eso sí, las luces, tal vez el símbolo propio de la realidad conmemorada.

Más razonable resulta aquello de Edith Stein cuando, al evocar esos primeros pensamientos de Navidad que le vienen con los días más cortos y acaso los primeros copos de nieve, escribe: “De la sola palabra brota un encanto, ante el cual apenas un corazón puede resistirse. Incluso los fieles de otras confesiones y los no creyentes, para los cuales la vieja historia del Niño de Belén no significa nada, se preparan para esta fiesta pensando cómo pueden encender aquí o allá un rayo de alegría”1.

“La lejanía de Dios en la que estamos en Occidente hace que las tradiciones fundadas en el hecho religioso dejen de tener verdadero sentido”

Todo ello, aunque estos tres últimos años (20, 21 y 22) nos han recordado, en forma aguda, lo precario de la condición humana: peste, calamidades materiales, emigración forzosa y, aún peor, la guerra. La mención de la guerra, sin embargo, trae el recuerdo de aquel episodio único en 1914 cuando el canto del Adeste fideles, a través de la tierra de nadie, removió los corazones de los muchachos en las trincheras, que revivieron entonces la fraternidad, hermanos más allá de la confrontación de naciones, y por tres días detuvieron los combates.

Hay una conexión profunda entre el sufrimiento humano y la alegría de la Navidad. Para Charles Dickens, la relación entre recuerdos dolorosos (de su propia infancia o de la condición de los niños en la Inglaterra de su tiempo) y la benevolencia navideña es fundamental en sus escritos (Slater). Con mayor densidad, T. S. Eliot recordará en su Asesinato en la catedral, sobre la tragedia del Arzobispo Becket, cómo la celebración de la Nochebuena se ve seguida, en el calendario de la Iglesia, por la conmemoración del protomártir Esteban y, con un día de por medio, por la de los Santos Inocentes, los niños de Belén sacrificados por Herodes. Por eso, como escribe Stein, puede decirse que “el misterio de la Encarnación y el misterio del mal permanecen estrechamente unidos”2.

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Es así nuestra historia, el largo decurso de la raza humana. En último término, “la interpretación de la historia es un intento por comprender el sentido de la historia como el sentido del sufrimiento por la acción histórica” (Karl Löwith).

La guerra no es un accidente de la Naturaleza. Es fruto de decisiones humanas. En vano se argumenta sobre el sinsentido de esas luchas, un derramamiento de sangre que no cesa en este mundo. Se puede argumentar -algunos lo hacen, con razones ciertas- que muchos de los actores se aprovechan de cada conflicto. Como mínimo, la industria del armamento. Pero ello no da cuenta de la cuestión. Que la muerte ajena pueda ser un negocio no le otorga sentido.

“El gozo de Navidad no es tan solo el del encuentro de las familias o el de los regalos a los niños””

El problema es más hondo. El gozo de Navidad no es tan solo el del encuentro de las familias o el de los regalos a los niños. Scrooge, como tantos otros (y uno podría desear que fuera una realidad universal), se conmueve y regala. Ha descubierto el secreto que se encierra en un generoso compartir. No en vano la Canción de Navidad evocará siempre ese poder de la bondad auténtica.

La savia que recorre y alimenta el árbol de la Navidad, sin la cual se secaría, es la venida de Jesucristo a la tierra. Él ha dicho: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá la luz de vida” (Jn 8, 12).

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Una de las experiencias personales que narra Viktor E. Frankl en su libro sobre la vida diaria en el campo de concentración3, ilustra bien el punto. La sección se titula “monólogo al amanecer”. Escribe Frankl:

En otra ocasión estábamos cavando una trinchera. Amanecía en nuestro derredor, un amanecer gris. Gris era el cielo y gris la nieve a la pálida luz del alba; grises los harapos que mal cubrían los cuerpos de los prisioneros y grises sus rostros. Mientras trabajaba, hablaba quedamente a mi esposa [en su interior: de hecho, él no sabía si su esposa, también internada en un campo de concentración, aún vivía] o, quizás, estuviera debatiéndome por encontrar la razón de mis sufrimientos, de mi lenta agonía. En una última y violenta protesta contra lo inexorable de mi muerte inminente, sentí como si mi espíritu traspasara la melancolía que nos envolvía, me sentí trascender aquel mundo desesperado, insensato, y desde alguna parte escuché un victorioso «sí» como contestación a mi pregunta sobre la existencia de una intencionalidad última. En aquel momento y en una franja lejana encendieron una luz, que se quedó allí fija en el horizonte como si alguien la hubiera pintado, en medio del gris miserable de aquel amanecer en Baviera. «Et lux in tenebrislucet, y la luz brilló en medio de la oscuridad».

A la situación que vive da sentido una cierta respuesta que escucha en su interior, a la cual acompaña la experiencia de la luz. Y Frankl, judío, recuerda un versículo del Evangelio, en concreto del prólogo de San Juan (1, 5). Se siente “trascender aquel mundo desesperado, insensato” y encontrar, de alguna manera, un significado para lo que le ocurre. Más bien, la certeza de que hay sentido, aunque no lo conozca.

Poco antes en el texto había narrado otra experiencia, ya no solo de él sino de varios compañeros:

Una tarde en que nos hallábamos descansando sobre el piso de nuestra barraca, muertos de cansancio, los cuencos de sopa en las manos, uno de los prisioneros entró corriendo para decirnos que saliéramos al patio para contemplar la maravillosa puesta de sol y, de pie, allá fuera, vimos hacia el oeste densos nubarrones y todo el cielo plagado de nubes que continuamente cambiaban de forma y color desde el azul acero al rojo bermellón, mientras que los desolados barracones grisáceos ofrecían un contraste hiriente cuando los charcos del suelo fangoso reflejaban el resplandor del cielo. Y entonces, después de dar unos pasos en silencio, un prisionero le dijo a otro: «¡Qué bello podría ser el mundo!»4.

Al leerlo, parece oírse la frase de Dostoievski sobre “la belleza [que] salvará el mundo”. En verdad, para introducir el relato de estas experiencias, Frankl había escrito: “A medida que la vida interior de los prisioneros se hacía más intensa, sentíamos también la belleza del arte y la naturaleza como nunca hasta entonces. Bajo su influencia llegábamos a olvidarnos de nuestras terribles circunstancias…”. En la situación límite del campo de concentración, aquellos maltratados seres humanos han descubierto lo que trasciende y da sentido a la vida.

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¿Nos veremos hoy limitados a lo comercial o a una filantropía más o menos superficial, incapaz de remediar en serio la condición humana?

Encerrado en el yo, en torno al cual gira todo su mundo -sus intereses, sus ilusiones, sus amores-, el ser humano descuida su anhelo de trascendencia. Se hace impermeable al mensaje ínsito en la realidad -esa belleza que salvará el mundo- y no oye (no es capaz de oír) el mensaje de la revelación.

La lejanía de Dios en la que estamos en Occidente hace que las tradiciones fundadas en el hecho religioso dejen de tener verdadero sentido. Lo importante, sin embargo, es recobrar esa verdad de la fiesta en la que la buena comida no sea el motivo sino una apropiada expresión de la alegría interior y como su acompañamiento. Donde la reunión familiar sea ocasión para evocar los buenos tiempos y acaso también para la tristeza, renovada, por la pérdida de nuestros seres queridos, todo lo cual nutre el presente y, con el afecto, nos dibuja un horizonte de esperanza.

Pero hemos de volver a la realidad que ha dado lugar a la celebración. La venida de Cristo, su presencia sacramental entre nosotros. Depende de ello el destino mismo de la civilización. Depende, en particular, la posibilidad del amor en la vida de cada uno, esa que es la acción más elevada que podemos llevar a cabo y en la cual se realiza nuestra existencia.

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Cuando en el primer volumen de su obra sobre Nuestro Señor, Joseph Ratzinger se pregunta qué nos ha traído Jesucristo, puesto que no ha traído una filosofía política ni el bienestar en el mundo, responde con toda sencillez y profundidad: a Dios. Nos ha traído a Dios5. Así, “ahora conocemos su rostro, ahora podemos invocarlo. Ahora conocemos el camino que debemos seguir como hombres en este mundo. Jesús ha traído a Dios y, con Él, la verdad sobre nuestro origen y nuestro destino; la fe, la esperanza y el amor”.

Jesucristo viene a redimirnos, a rescatarnos del dominio del pecado y de la muerte, para que podamos alcanzar el bien al cual nos destina nuestra misma existencia dentro del plan de Dios. “Jesucristo es el nuevo comienzo de todo6: todo en Él converge, es acogido y restituido al Creador de quien procede (…) Jesucristo es la recapitulación de todo (Cf. Ef 1, 10) y a la vez el cumplimiento de cada cosa en Dios: cumplimiento que es gloria de Dios”.

Del corazón de Dios -si podemos hablar así-, de su intimidad, brota la economía de la salvación. “Tanto amó Dios al mundo que nos dio a su Hijo único, para que todo el que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3, 16).

La comunicación del Espíritu Santo (Rom 5, 5), la vida de la gracia en la intimidad de cada uno de los que se abren a la acción divina, devuelve la capacidad de ver el sentido original de la creación, como todo lo hecho por Dios es bueno. Aún más, eleva a la contemplación del infinito amor de Dios: ese Amor que es Dios y que Dios nos tiene.

Cada Navidad es una nueva llamada, una nueva oportunidad para redescubrir el amor que viene de Dios, amor en cada uno, en la familia, en la sociedad. Es ello lo que nos permite acoger en el corazón aquel consejo de San Pablo, tan experimentado en el sufrimiento: no te dejes vencer por el mal sino vence al mal con el bien (Rom 12, 21).

La Navidad, la venida de Dios a la tierra, lo ha hecho posible.

(1)“El misterio de la Navidad”, en Obras Completas, vol. IV, p. 232.
(2)Ibíd., p. 235.
(3)Publicado en castellano por la editorial Herder con el título de El hombre en busca de sentido. La primera parte, original, es “Un psicólogo en un campo de concentración”.
(4)Los textos citados se encuentran en las páginas 47-49 de la 18ª edición, Barcelona 1996.
(5)Jesús de Nazaret, Planeta, 2007, pp. 69-70.
(6)Juan Pablo II, Tertio Millennio Adveniente, nº 6.

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