
Diarios, de Alejandra Pizarnik (Lumen).
Descubrimos así que el hombre no es, ni por asomo, aquel ser racional del que hablaban los griegos. ¡Alabado sea Freud! El hombre es, en suma, irracional: ama fervientemente, hasta enloquecer; se enfurece; es malo a veces; siente envidia y tiene deseos ocultos. Esta revelación expande la pregunta original. El «¿quién soy yo?» de Sócrates se torna en una incógnita de límites desdibujados. La posible respuesta se vuelve grotesca, más sombría.
«Soy un signo de interrogación rodeado de ojos y de fuego», escribió la poeta Alejandra Pizarnik en su diario durante el verano de 1955. Su sumersión a las profundidades del yo, tan honda y veraz como la que más en la literatura en español, acabaría con su vida.
Como ella, los mejores escritores y poetas abrazaron la incertidumbre alrededor de la figura del hombre y de su papel en el mundo. Emprendieron un peligroso viaje de introspección y dejaron constancia de sus descubrimientos. Rimbaud, por ejemplo, tras una corta pero intensa vida de exaltaciones, escribe: «Acabé por encontrar sagrado el desorden de mi espíritu». Esto no es sino encontrar respuestas en la raíz de la pregunta.
Volviendo al principio: somos un cuerpo, pero no solo eso. Somos un amplísimo abismo de una frondosidad inenarrable. Y estamos solos; no podremos nunca escapar de nuestras propias paredes. ¿Y qué hay entre ellas? El yo, una densa negrura. Y, ahora, la mejor parte: a todos nos sucede lo mismo: somos una interrogación en llamas. Finalmente, nuestra pérdida nos deja suspendidos en una bellísima intimidad que tiende a la confabulación: «Yo no soy nadie», nos dice Dickinson como si susurrara, «¿Quién eres tú? / ¿Tú también eres nadie? / Entonces hay un par de nosotros, ¡no lo digas!». Y dos seres se rozan en un silencio tan blanco como la nieve.