Filosofía del cuerpo

Filosofía del cuerpo, el vestir y la apariencia

Por Filosofía&Co –

Ángel Octavio Álvarez Solís aspira con su cosmética a fundar una corriente que traiga aire fresco a una filosofía que ha desdeñado durante milenios el cuerpo y la apariencia física. Diseño realizado a partir de la fotografía de Black17BG (CC0) distribuida por Pixabay.
El doctor en Filosofía Ángel Octavio Álvarez Solís acaba de publicar Filosofía de la apariencia física. Un libro ambicioso, arriesgado y que abre un nuevo camino en el pensamiento contemporáneo. Ya sea para refutar sus respuestas o para alabar sus soluciones, la cosmética como corriente filosófica está llamada a ser el centro de los debates venideros.

Javier Correa Román

Filosofía de la apariencia física, de Ángel Octavio Álvarez Solís (Taugenit).

La filosofía es una disciplina claramente racional. Bien porque su herramienta principal es el raciocinio, bien porque la razón es un concepto clave en sus teorías, la filosofía ha sido, desde sus inicios, logosratio, razón. Esta herencia griega, agudizada por el largo cristianismo, ha sido el motivo de algunos de los grandes aciertos de la filosofía, pero también el motivo de sus límites.

Abrir nuevas formas de pensamiento, crear otros senderos, pasa —necesariamente— por repensar este lugar iniciático de nuestra historia filosófica. Filosofía de la apariencia física, publicado por Taugenit, tiene este inmenso y ambicioso objetivo. De ello derivan, como no podría ser de otra manera, sus principales aciertos, pero también sus pocas debilidades: acierta en abrir una nueva dimensión al pensamiento (que no es baladí), pero adolece de las (en este caso mínimas) inconsistencias típicas de toda obra fundadora.

Coordenadas históricas del libro

Uno de los mayores aciertos de Octavio Álvarez Solís, y que el lector agradece profundamente, es su determinación por insertar históricamente su propuesta. La cosmética, entendida como filosofía de la apariencia física, no es un capricho de su autor ni está fuera de la tradición filosófica. Todo lo contrario. La propuesta del libro nace, precisamente, de todos los problemas que arrastra la tradición filosófica.

Pero no solo el libro se inserta históricamente, sino que esta inserción el autor la realiza para cada uno de los conceptos utilizados. Esto, que en el libro se realiza de forma minuciosa y con la seriedad que requiere, tiene como consecuencia el examen de los problemas y presupuestos heredados históricamente de cada concepto. Los conceptos pueden ser buenas herramientas, pero siempre son históricos y, por tanto, pueden también esconder problemas velados. Explicitar esto es uno de los mayores aciertos del libro.

Tanto la inserción histórica de su propuesta como el minucioso examen genealógico de los conceptos que utiliza muestran una erudición impresionante por parte del autor. Su extensa bibliografía, su capacidad para citar tanto obras mayores como pasajes recónditos de obras menores da fe del enorme trabajo bibliográfico que hay detrás de esta propuesta.

Álvarez Solís aspira con su cosmética a fundar una corriente que traiga aire fresco a una filosofía que ha desdeñado durante milenios el cuerpo y la apariencia física

Filosofía cosmética

El libro es, pues, un tratado para exponer una corriente por venir: la cosmética. La tesis principal de la cosmética como corriente filosófica («tesis simple, aunque debatible») es la siguiente: «La apariencia física encierra uno de los problemas filosóficos más relevantes y poco discutidos por la filosofía contemporánea». En contra de toda la tradición filosófica, la cosmética tiene como objeto principal de estudio la apariencia física.

Tres argumentos da el autor para considerar a la apariencia física como un problema filosófico. En primer lugar, considera que la apariencia física es un problema moral porque de ella «depende la construcción material del sujeto ético». Frente a toda moral idealista, el autor inserta la ética en un marco material/corporal: el sujeto ético siempre tiene apariencia y no puede deslindarse de ella. En sus propias palabras, «el sujeto inicia su relación ética consigo mismo y con los otros por medio del cuidado, consciente o inconsciente, de su apariencia externa».

Además, la cosmética considera a la apariencia física un problema político. El motivo de tal consideración es que en las sociedades actuales la expresión corporal es un elemento clave de los ciudadanos y su participación en el espacio público. Los «modos vestimentarios» o la política de los cuerpos son ejemplos de cómo la política actual es más corporal que nunca. A este respecto, dice el autor: «La piel, el género y el rostro son hoy los vértices articuladores de las demandas políticas».

Por último, la apariencia física es considerada por la cosmética un problema filosófico porque es, obviamente, un problema estético. Para Álvarez Solís, y aunque es una tesis discutible por las evidentes diferencias materiales entre ciudadanos, el componente estético (como la vestimenta o el estilo) tiene en su núcleo un germen democrático que el autor intentará desarrollar a lo largo de su libro un horizonte político.

Estos tres argumentos muestran tres dimensiones filosóficas de la apariencia física: la dimensión ética, la dimensión política y la dimensión estética. En este punto, la cosmética de Álvarez Solís ya ha mostrado el carácter genuinamente filosófico de su objeto de estudio. Señalaremos aquí algunas de las aportaciones de la cosmética que resultan más interesantes.

Contrato vestimental

El contrato vestimental es, sin duda, uno de los aciertos teóricos y uno de los elementos más consistentes de la cosmética que presenta Octavio Álvarez Solís. Si el contrato social postula que la sociedad (y, por ende, la humanidad) nace tras un acuerdo entre ciudadanos para delimitar sus libertades, derechos y deberes, el contrato vestimental aspira también a explicar el nacimiento de la sociedad humana, pero en un momento anterior y en un contrato diferente.

Autoras como Carole Pateman ya habían señalado que el contrato social partía de unas premisas patriarcales muy particulares, pues obviaba que el nacimiento de la sociedad política es posterior al nacimiento del patriarcado. Pateman argumenta que al contrato social antecede otro contrato —el contrato sexual— y que este contrato había sido invisibilizado por los filósofos contractualistas. La cosmética de Octavio Álvarez Solís recoge esta crítica, pero señala que hay un contrato previo al sexual:

«Introduzco la noción de contrato vestimental para indicar que, antes del contrato sexual, existe una performatividad de género producida por la vestimenta y, más acuciante, una distinción entre los animales y humanos con superioridad del último. El contrato vestimental es detonador de la diferencia antropológica y la diferencia sexual».

Esta vía abierta por la cosmética abre nuevas formas de pensar multitud de temas filosóficos como, por ejemplo, la semiótica. Que el contrato vestimental marque el nacimiento del ser humano como ser social que trasciende su animalidad supone, además, ubicar de forma muy precisa uno de los elementos clave de su humanidad: su capacidad simbólica. El primer símbolo se localiza en el vestido, pues siendo materia trasciende hacia una nueva dimensión: la indumentaria, el ropaje, la apariencia.

«La apariencia física encierra uno de los problemas filosóficos más relevantes y poco discutidos por la filosofía contemporánea»

Cosmética sin tradición teológica

Otro de los grandes aciertos del libro es que sus mayores esfuerzos teóricos se centren en eliminar cualquier vestigio teológico de los conceptos que utiliza. Como dijimos más arriba, el libro recoge argumentos y discusiones de la tradición y las recoge de forma histórica con una erudición asombrosa. Gracias a este proceso reflexivo-histórico, la cosmética de Octavio Álvarez Solís detecta los profundos posos teológicos que impregnan la totalidad de la filosofía heredada. Unos posos que debemos detectar y eliminar si queremos traer verdadero aire fresco.

En lo que a la apariencia física se refiere, el autor detecta un arraigado carácter teológico en nociones como la de desnudez. Ya sea por el pudor cristiano o por la visión cristiana de la desnudez como pureza, el autor detecta con acierto que cualquier valoración heredada del cristianismo disminuiría la potencialidad de la cosmética.

Así ocurre también con el concepto de rostro. Pensado clásicamente de forma teológica, el rostro ha sido para la tradición cristiana-filosófica el espejo del alma, el campo físico de la moralidad. Tradición que hereda y culmina con la teorización de Lévinas sobre el rostro. La cosmética sabe que el cristianismo es, en gran medida, responsable de la mala fama de la apariencia física y de una filosofía del cuerpo y, por eso, se esfuerza acertadamente en detectar cualquier rastro cristiano en la tradición.

Capitalismo cosmético

Uno de los aspectos de la cosmética como propuesta filosófica que va generar más debate es su lectura del capitalismo. Vayamos primero con los aciertos y luego con los riesgos de su lectura.

El mayor acierto de la cosmética de Octavio Álvarez Solís es analizar y diagnosticar la inevitable mutación antropológica del capitalismo tardío —por usar los términos de Pasolini—. Así, su lectura se inserta en una tradición posmoderna que entiende, con acierto, que las formas de reproducción del capitalismo exceden las relaciones de producción y la dimensión económica. De esta forma, y en la estela de la biopolítica foucaultiana, el capitalismo moldea los cuerpos. En palabras de Deleuze y Guattari: el capitalismo es un flujo que reorienta las subjetividades.

La cosmética aporta, desde su basto marco filosófico, una lectura basada en el cuerpo-mercancía y en el corporativismo estético que son muy interesantes para pensar la hiperabundancia de imágenes en la que andan nuestros cuerpos (como una mera imagen más). En sus palabras, «la fase cosmética del capitalismo contemporáneo ha mostrado que, en tanto imágenes sensibles, los vivientes han devenido en apariencia pura, en acontecimientos tecno-sensibles, en artistas de sí».

La cosmética de Octavio Álvarez Solís recoge la crítica del contrato sexual, pero señala que hay un contrato previo: el contrato vestimental

Otro acierto más de esta lectura cosmética del capitalismo: el aviso de que el cuerpo o la estética per se no es algo revolucionario. La estética sin moral, la estética sin programa, es lo que el autor llama un «puritanismo estético». Un puritanismo que le hace el juego al capitalismo cosmético. Frente a este puritanismo, la cosmética de Octavio Álvarez Solís apuesta por una estética queer, una mutación constante, sin finalidad. Frente al puritanismo estético, devenir mutante.

Sin embargo, esta lectura cosmética —al menos en la versión presentada en esta obra— descuida toda condición material y económica del capitalismo. Así, el autor afirma que «como categoría histórica el burgués apareció casi inevitablemente […] como la estructura psíquica que soporta el modo de producción capitalista» y que «no existe una identificación necesaria entre el burgués y el capitalista». Es probable que el capitalismo sea un conjunto heterogéneo de prácticas no necesariamente económicas, pero no está tan claro que se pueda prescindir de la dimensión económica para explicarlo.

Conclusiones

Para terminar, hacemos dos apuntes referentes al estilo del autor. Es de agradecer para el lector que el estilo de escritura sea tan fresco y que se aleje de los densos tratados clásicos de la filosofía. Tener una propuesta seria y ambiciosa no debe estar reñida con un estilo sencillo y directo (quizá a veces con exceso de aforismos, aunque es cierto que facilitan la comprensión).

En otro orden de cosas, una propuesta del calado y la ambición de la cosmética de Octavio Álvarez Solís no debe tener miedo a crear sus propios conceptos. El uso de términos célebres en la filosofía para explicar la cosmética (racionalidad vestimentaria, capital cosmético, crítica de la razón cosmética, diseño de sí, plusvalor cosmético, devenir-piel, zoon endumata echon etc.) es un buen guiño a la tradición y, en su justa medida, es una buena estrategia para insertar la propuesta en la tradición filosófica.

Para concluir, la cosmética de Octavio Álvarez Solís es una propuesta filosófica novedosa que abrirá nuevos debates y proporcionará marcos diversos desde los que reinterpretar debates clásicos. Su mayor logro es señalar un camino, abrir preguntas y traer aire fresco a la anquilosada posmodernidad. Solo eso ya es motivo de ovación. Con el espíritu clásico de los grandes filósofos de nuestra historia, la cosmética aspira a ser un sistema y, por eso, es de esperar que algunas de las preguntas abiertas por la obra se vayan cerrando y puliendo en sucesivos escritos. Podemos afirmar sin miedo que la cosmética ha venido para quedarse.

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