El Panóptico Digital

El Panóptico Digital – por Mane Tatoulian

Mane Tatoulian

Hace ya un tiempo que el concepto de panóptico es utilizado para describir la anatomía de nuestras sociedades. La idea del panóptico tiene su origen en el siglo XVIII y se basa en el modelo de arquitectura carcelaria que había configurado Jeremy Bentham en Inglaterra. Este modelo de prisión consta básicamente una arquitectura circular, con una torre central donde se encuentra el poder (quien tiene el rol de vigilar) y a su alrededor y de forma concéntrica se disponen los sistemas de celdas con prisioneros. Lo interesante del panóptico, y Bentham ya se había maravillado con esto, es la ligereza del sistema, su simplicidad y su economía, que sin tener que recurrir a rejas ni cadenas ni cerraduras fuertes resultaba una construcción muy eficiente. Y esto es precisamente porque la clave de este sistema es que opera en la premisa de ver y no ser visto., La eficiencia del panóptico reside en lo siguiente: como los prisioneros nunca pueden realmente saber cuándo son vigilados, se someten a sí mismos a la autovigilancia. El panóptico es, en esencia, el primer sistema cuasi transparente, incorpóreo, que tiende cada vez más a lo invisible.

Ahora bien, una de las claves de este sistema es la división, porque para controlar hay que conocer, y para conocer, primero, hay que dividir. La división como estrategia de poder tiene varias tipologías. La microfísica que describía Foucault era de carácter celular, estructurada por toda una arquitectura analítica para conocer, utilizar y dominar mejor. El panóptico de Bentham era ante todo una arquitectura celular, en donde a cada individuo le correspondía un lugar (de la misma forma que hoy a cada uno le corresponde su teléfono celular). Nuestras celdas son digitales: si el panóptico original trabajaba a nivel de la visión y de lo que se denomina biopolítica, nuestro nuevo tipo de panóptico opera por medio de lo digital y sobre la psique (lo que Han denomina la psicopolítica), un sistema que bastante bien describe el esquema de la psicopolítica digital [1]. Digitalizar el poder permitió la maximización de la premisa ver y no ser visto con un sistema, básicamente, imperceptible. En este nuevo tipo de capitalismo (de vigilancia), que se nutre de todas estas herramientas de la tecnología digital, la experiencia humana se vuelve materia prima (gratuita) para las mega corporaciones y para el mercado. Las empresas recopilan y examinan nuestros comportamientos en línea (me gusta, no me gusta, búsquedas, compras) para producir datos que puedan utilizarse posteriormente con fines comerciales, a menudo, sin que sepamos que ese proceso está ocurriendo [2]. Y básicamente con el Big Data: se construye el psicoprograma individual de cada usuario, los que lleva a la pregunta ¿somos usuarios o somos usados?

Lo que ni Bentham ni Foucault habrían imaginado era que toda esta anatomía del biopoder y de los cuerpos mutaría luego al orden digital y psicológico, en un sistema nervioso incrustado en todas las células de la vida, una descomposición social con humanos encapsulados en sus pantallas y sus micro universos. Y en su mayoría, las áreas del progreso científico tienen potenciales implicaciones políticas ya que aumentan el conocimiento (y la capacidad de manipulación) sobre la fuente del comportamiento humano: el cerebro [3]. Así, el bisturí técnico del poder opera sobre el organismo colectivo: dividir, examinar, cuantificar, archivar, controlar (porque la totalidad es peligrosa). Cuando la complejidad de la vida se reduce a números, datos, bits, calorías, píxeles, caracteres y likes, la totalidad del hombre se convierte en información.

Ahora bien, ¿cómo es posible todo este mecanismo? primeramente con la informatización del mundo a través de las tecnologías digitales. Las innovaciones tecnológicas tienen un modo autoritario implícito, porque se introducen, y automáticamente, modifican la praxis de la vida diaria. Esto puede aplicar a ejemplos que van desde el televisor o Smartphone, hasta la SUBE o la app CUIDAR.

Resulta imposible pensar que el hombre permanece estático luego de tantas intervenciones tecnológicas. Incluso estas modificaciones las vemos en nuestro lenguaje: me estoy quedando sin batería. En Suecia ya existen ID microchips y sabemos que Elon Musk ya está conectando el cerebro con computadoras a través de microchips con su proyecto Neuralink. La tecnología comenzó siendo simplemente visible (TV), luego sostenible y usable (Smartphone), ahora insertable (por así decirlo, lo que comenzó como una herramienta libre término convirtiéndose en todo lo contrario). En palabras de Goethe, nadie está más esclavizado que aquellos que creen falsamente que son libres. Porque, para mí, la libertad termina en el momento en que, incluso en casa, tenemos que escanear la yema del dedo, o ahora la cara, para acceder a nuestro teléfono.

Uno de los efectos de la tecnología digital es que fragmenta la realidad (y el lenguaje). Primeramente, porque rompe con nuestra percepción natural del mundo ya que el modo en el que percibimos lo real comienza a suceder a través de ella (como muy bien decía McLuhan, cada tecnología es una extensión del hombre, y la tecnología eléctrica es el análogo al SNC). Incluso, la realidad digital (o nueva realidad) empieza a reemplazar a la primera. La proliferación de los medios de comunicación, que generan una infinita variedad de interpretaciones y ofertas de estos acontecimientos (lo que por lo general lleva a la desinformación). Y aunque seguido sintamos que estamos más conectados unos a otros, estamos cada vez más desconectados de la realidad (cada uno con su micro teléfono y su micro realidad) y de algún modo perdemos la percepción global de los acontecimientos. En el momento en el que empezamos a percibir los acontecimientos como parte de un todo (o agenda), en lugar de manera individual o contingente, comenzamos a ver un una sucesión y un camino bien delineado.

Ahora bien, tomar el Coronavirus como una pandemia pertenece al relato oficial. Naomi Klein ya hablaba de la doctrina del shock, una estrategia política que utiliza las crisis a gran escala para impulsar políticas que sistemáticamente profundizan la desigualdad y enriquecen a las elites. En momentos de crisis, la sociedad tiende a centrarse en las emergencias diarias de sobrevivir, y queda totalmente desarmada ante la gravedad del acontecimiento (lo cual hace posible la reprogramación del sistema). Ella misma afirmó que el shock es realmente el propio virus (manejado de una manera que maximiza la confusión y minimiza la protección). Lo interesante del Coronavirus es que incluso hubo un momento donde el virus dejó de formar parte del mundo real para pasar al orden de lo virtual y continuar su viralidad allí: totalmente estatizado por los medios, el virus pasó de ser offline (biológico) a online (cibernético), como un transvirus. Incluso su fuerza de contagio se volvió mayor en el mundo virtual, donde la infección es inevitable (por el televisor, por las redes, por las alertas). No hacía falta estar contagiado de verdad para padecer el virus. La razón por la cual el efecto del Coronavirus fue tan radical (más allá de sus efectos económicos y demás) es porque por un momento nos hizo recordar el mundo real, nos volvimos conscientes e incluso paranoicos por la distancia. «Mantenga la distancia social», pero que se compensaba por la compulsión de la conectividad de las redes sociales. Pareciera, que el shock del Coronavirus era la excusa perfecta para ascender todo al mundo virtual (un mundo sobre el cual se puede tener control total); para terminar de informatizarlo todo.

Siempre fue difícil saber si le temíamos al virus, o a la idea del virus, del que sólo vimos cifras, con todo su barroco estadístico, su cobertura mediática 24/7, su biografía (incluso, su simulacro, con el Evento 2019); todo esto, que no fue más que el sketch del virus más fotogénico de la historia, el melodrama mediático del simulacro de un virus, donde todos, sin saberlo, fuimos actores.

[1]Han, Byung-Chul, Psicopolítica, Herder, 2019, p.93.
[2]Zuboff, Shoshana, The Age of Surveillance Capitalism, Public Affairs, 2019, p.14/15.
[3]Fukuyama, Francis, El Fin del Hombre: Consecuencias de la Revolución Biotecnológica, Ediciones B, 2002, p.40.

Tomado de https:://fundacionlibre.org.ar

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