Una de las características más notables de esas personas que logran establecer una relación de pareja basada en el respeto, la alegría y el crecimiento es que son capaces de amar como si nunca antes hubiesen sido heridas, sin volcar jamás en la nueva pareja el posible dolor de relaciones anteriores. No hay desconfianza ni rezuman amargura.
Ahora bien, a su vez, encontramos esos otros perfiles convencidos de que el sí amor duele, y duele porque sus experiencias pasadas así se lo han confirmado. Hablamos claro está, del desamor. De hecho, según un estudio publicado en la revista “Journal of Neurophysiology“ ante una ruptura o una decepción afectiva nuestro cerebro reacciona de igual modo que ante el dolor físico.
Para hacer frente a estas situaciones tan delicadas, está surgiendo en la actualidad un interesante enfoque basado en la neurobiología relacional. Esta teoría tiene como principal punto de partida la idea de que nuestro cerebro, gracias a la neuroplasticidad, es capaz de curar “estas heridas”, estas improntas de dolor.
Si fuéramos capaces de reconstruir nuevos tejidos y fortalecer más aún esos enlaces neuronales afectados por el dolor del trauma emocional, lograríamos sin duda un equilibrio interno más saludable.
La teoría de la “Neurobiología interpersonal” (IPNB) fue desarrollada por el psiquiatra Dan Siegel. Según el propio autor, el mejor modo de sanar esos circuitos neuronales afectados por la indefensión o el desconsuelo tras un fracaso sentimental es practicar la meditación.
El hecho de favorecer un estado de calma donde volvamos a conectar de nuevo con nosotros mismos, es una forma muy adecuada de encontrar ese punto de equilibrio donde entender que lo que duele no es amor en sí, sino más bien nuestras acciones y reacciones. Nuestra incapacidad de saber “obsequiarnos” mutuamente como nos indica John Gottman.