Durante mucho tiempo me despertaba con prisa.
Como si el día empezara en deuda. Con esa sensación de que nunca
era suficiente, de que siempre faltaba algo más por lograr.
Y en esa carrera, lo único que se acumulaba era el cansancio.
El cansancio de pensar demasiado en lo que no tenía.
El cansancio de vivir desde la carencia.
Hasta que un día probé algo distinto. No lo planeé como
un hábito. Ni lo escribí en una lista de propósitos.
Fue apenas un gesto:
“Gracias por este café caliente.”
”Gracias por despertar hoy”
“Gracias porque hoy me siento bien de salud.”
“Gracias por la persona que me acompaña.”
Pequeñas cosas. Detalles tan simples que podrían
pasar desapercibidos…pero que ese día cambiaron
mi manera de mirar.
Porque lo curioso fue que nada afuera se transformó.
El trabajo seguía igual.
Los problemas estaban ahí.
Las responsabilidades no desaparecieron.
Lo que cambió fue mi perspectiva.
De pronto entendí que la gratitud no borra lo difícil,
pero sí ilumina lo que lo sostiene.