También las nuevas tecnologías de comunicación han ido desalojando el monopolio que antiguamente tenían los ancianos sobre el conocimiento y la sabiduría (en muchas comunidades eran los custodios de la tradición, el saber y la historia). Los nuevos recursos técnicos crean nuevas profesiones y requieren inéditas habilidades, lo que socava el valor de la experiencia. Escribe Gawande: «Antiguamente, lo más probable es que acudiéramos a una persona mayor para que nos explicara el mundo. Ahora lo buscamos en Google, y si tenemos algún problema con el ordenador, le preguntamos a un adolescente».
El acelerado desarrollo científico, en general, y de la medicina, en particular, ha alterado profundamente el curso de la vida de las personas. Indiscutiblemente, hoy vivimos más y mejor que en cualquier otra época de la historia. Pero, en lo que se refiere a los procesos del envejecer y morir, los avances científicos los han convertido en experiencias médicas, en asuntos que deben ser gestionadas por profesionales de la atención sanitaria. Ante esto, Gawande asevera: «Nosotros, los que trabajamos en el mundo de la medicina, hemos demostrado estar alarmantemente mal preparados para esa tarea».
La vejez, entonces, está asaltando el mundo, se le ha echado encima de repente y urgen estudios para comprenderla y tratarla como corresponde. No basta con trasladar esta experiencia humana a hospitales y residencias geriátricas. El autor advierte que no hay suficientes especialistas en geriatría para una población anciana que aumenta rápidamente. Y hace un llamado para impartir cursos de formación en medicina geriátrica no solo en todas las facultades de Medicina, sino también en todas las escuelas de Enfermería y de Trabajo Social.