Capítulo IX
La Mística Humana.
Llegó el mes de Noviembre y con él llegaron más sentimientos de familia. No había dejado de llorar por casa como si fuese el primer día. No quería curarse de esto tampoco, sentía placer porque eran sus momentos de convivir alrededor de su Mamá, Papá, hermanos, y el resto de la familia. No tenía horario para llorar, simplemente sabía que era parte de su modo de ser. No era tristeza de pérdida; era tristeza de lejanía. Se decía:
“No te preocupes que son solamente cinco años más”.
Ahí estallaba como cuando arrancan los motores de carreras. Doguix se preguntaba si esta idea le venía a la cabeza por ser del signo escorpión o por el gusto de llorar para acercarse a casa. El llorar era una nave dimensional que le permitía viajar a casa, a unas distancias muy penetrables y que la podía hacer flotar y girar a su placer cerca de su familia para observarla en sus actividades cotidianas. Lo único era que esa enésima dimensión desconocida no era perfecta, era como la nave dimensional del sueño, pero este viaje era despierto por lo cual Doguix dirigía su “voyage”. Simplemente su ser, aparte de sus dos piernas y dos brazos también era la memoria. Y así de la misma forma como dirigía sus manos para enrollar un trompo, dirigía igualmente sus recuerdos e imagines que tenía al llorar. Las lágrimas reflejaban las velocidades a la que viajaba. Entre más flujo en sus ojos, mayor su concentración en sus recuerdos que llegaba a vivirlos de nuevo, luego de un buen tiempo aprendió a llorar sin lágrimas. Había momentos, muy pocas veces, que Doguix podía dirigir su nave hasta el centro de esa galaxia especial donde podía trasladarse al presente y revivirlo como si estuviese en casa. Estos viajes no duraban mucho, siempre perdía los controles como un helicóptero salvaje. Doguix estaba tan consciente de esto que hasta tenía su traje de vuelo y la nave siempre a su lado pero también sabía que su gasolina era la nostalgia. Nunca quiso ser laboratorista para evitar inventarla de manera sintética. Doguix se reía a veces de como lograba encender los motores de su nave dimensional y viajar hacia otros rumbos cuando un día se golpeó el dedo pequeño del pie derecho con una de las patas de la cama. Aparte de haber sido un viajecito corto, corría al mismo tiempo alrededor del cuarto por el dolor en su dedo.
Cuando te golpees así, observa como aparece un nuevo tipo de energía en el cuerpo de un sentir de gasolina y que podrías usar para viajar como Doguix, lo único que necesitas es canalizarla.
Arqueología Espacial.
Recordaba el día que llegó la primera carta de su Mamá. Menos mal que no existía el Internet para ese momento, le comentó a su hijo mayor muchos años después. Un sobre pequeño con tiras oblicuas al borde contenía una carta de cuatro páginas y la tinta azul celeste de cielo dejada por el puño de su Mamá sobre hojas semitransparentes finas en peso, clase y suavidad. Nunca había llorado tanto como con esa primera carta. Agradeció con lágrimas el invento de la ciperácea papiro. Brotaba tanto amor que sentía sus brazos. Brotaba tanto amor que oía su voz. Esa carta le acompañó día y noche a todos los lados. La leyó setenta y cuatro mil veces hasta ver que esa carta era una cueva de mensajes que su Mamá escondió adrede con su don de ser mamá. Gateaba dentro del texto buscando las fuentes que su Mamá había construido para él. Se sintió arqueólogo en la forma delicada de cepillar los rastros de iceberg de mensajes solidificados por la redacción mamá, se sintió científico en lo que descubría, se sintió discípulo en lo que aprendía.
Doguix se encerraba en el baño muchas veces, era su territorio preferido, necesitaba la misma tranquilidad que exigía una búsqueda profética. En cada montaña que conquistaba, en ese momento de triunfo y descanso, sentía tanto amor de Mamá por la sencilla razón que ella conocía su ADN en este mundo hasta el último enlace. El secreto entre Doguix y su Madre era secreto entre ellos solamente. Y que además los mensajes descubiertos iban alimentando como una pintura la capa de esa gran burbuja de su nuevo patrón de vida. Esto lo hacía sentir muy feliz y especialmente sentir una tranquilidad para tomar sus decisiones en la vida cotidiana. Esto le permitía a Doguix mantener a su guía como antes, como su guía aún. No podía contar con una mejor arquitecta para su formación que había pensado que dejaba atrás, en el mismo día que dejó su casa. Luego con varias estaciones climáticas en su cuerpo, se miró al espejo y vio una lágrima salir de sus ojos. Era una lágrima de triunfo. Veía que su corazón era bueno, era de familia, era moldeado como su Mamá siempre había propuesto. Las cartas escritas por Doguix a su Mamá y familia, cada una de ellas, eran esculpidas por una concentración total. Todos sus sentidos, sensores del mundo externo se apagaban, solamente era el mundo interno lo que movía la pluma. Era viajar en su nave dimensional secreta. Sentía que dejaba parte de su cuerpo en esas cartas y que esto sucedía igualmente cuando leía las de su Mamá, lloraba. Doguix aprendió también a leer mil veces cada carta que enviaba, algo de esa conducta le gustaba, pero en verdad sabía que era un método que vertía como resultado en su patrón de vida. Lo único que le faltaba era grabar la voz de su Mamá como si estuviera leyendo su texto cuando escribía, como igualmente sucedía con las cartas enviadas por su Mamá. Las cartas iban y las cartas venían. Siempre con su retraso en días, semanas. Lastima que no existía el Internet para esos días, le comentó Doguix al mismo hijo años después. Leía la del día, leía la anterior, la del mes, la colección, las leía de dos en dos, las leía acostado las leía caminando, las leía, las estudiaba, las repasaba, las memorizaba, las recitaba, las cantaba, las vivía.
Una noche reflexionando en su cama llegó a la conclusión de que tenía que apurar el camino de aprender inglés para pronto entrar a realizar sus estudios de ingeniería, no para ser ingeniero sino para regresar a casa.