Salud mental: por qué la IA no debería sustituir al terapeuta

Salud mental: por qué la IA no debería sustituir al terapeuta

TRIBUNA. Para el psicólogo clínico Maxence Carsana, la IA puede enriquecer la salud mental, pero nunca sustituirá a un terapeuta. Porque lo que cura no se trata sólo de palabras, sino de relaciones humanas.

  • porMaxence Carsana*
Imagen generada por IA.

¿Deberíamos tener cuidado con las innovaciones tecnológicas en el lugar de trabajo en salud mental ? Descartarlos de plano por principio sería una cuestión de desconfianza fuera de lugar. La inteligencia artificial (IA) informa y ayuda a expresar con palabras lo que nos pasa.

Incluso puede, en determinados formatos estructurados, como breves ejercicios terapéuticos inspirados en terapias cognitivo-conductuales, proporcionar un servicio real y perfectamente automatizable, siempre que siga siendo lo que es. La inteligencia artificial no es incompatible con el trabajo terapéutico, pero no está exenta de riesgos.

Esta tensión surge cuando no se comprende bien la naturaleza de este último. Entonces corremos el riesgo de abrir la puerta a buenas ideas falsas. La tentación de crear IA entrenada con personas reales de una manera que simule el acceso a un ser humano conocido es incluso más perniciosa que todos los riesgos asociados con un simple chatbot que no intenta hacerse pasar por otra cosa. Esto corre el riesgo de explotar los mecanismos de la relación parasocial en nombre del bienestar.

Desplazamiento de dependencia

No acudimos a terapia para cambiar una muleta por otra, más ligera, más discreta, disponible permanentemente en el bolsillo. Venimos allí para aprender a caminar sin muletas a largo plazo. Que la IA se convierta en el punto de apoyo sin el cual ya no podemos tomar una decisión, afrontar un día o pasar por una emoción no representa un paso hacia la autonomía, sino el cambio de una adicción. Consulte a su terapeuta porque la más mínima decisión diaria ya sorprendería a – y, con razón, a cualquier observador externo.

No hay indicios de que la dinámica se vuelva más saludable con una máquina. Esta falsa equivalencia sugiere que el terapeuta está ahí sólo para aconsejar a imagen de la herramienta. Sería simplemente un catálogo de buenos consejos. Ceder a esta idea es respaldar una deriva ya temida en el marco clásico: delegar el libre albedrío nunca ha hecho que nadie progrese.

El terapeuta debe estar atento y no alimentar esta dinámica cuando se manifiesta. Más aún, debería mostrarse reacio a trasladarlo a una herramienta con el pretexto de que ésta se calibraría según su estilo de comunicación. Al dar paso a la automatización, se priva de la libertad de adaptarse directamente a su paciente y de seguir la evolución involuntaria por un camino a veces prometedor. Querer dar forma a una IA a semejanza de un verdadero terapeuta es confuso acerca de lo que cura.

No es que la IA sea menos inteligente o menos tranquilizadora que un ser de carne. En este ámbito podría incluso ganar: siempre paciente, nunca cansada, nunca distraída. Precisamente por eso puede tener efectos nocivos. Un verdadero terapeuta se resiste a esta proyección: tiene sus límites, sus silencios, sus propias reacciones, que chocan con lo que el paciente espera de él y hacen así visible la mecánica del traslado.

Resistencias

Esto se debe a que la presencia de otro ser humano, que es incontrolable, desencadena en nosotros resistencias, genes, movimientos de defensa que son el material mismo del trabajo terapéutico. Un terapeuta nos sorprende, a veces nos decepciona, sin saberlo nos pone en dificultades. Tememos su mirada, aunque no haya abierto la boca. Queremos derrotarlo. Sin saberlo, traemos partes de nuestras otras relaciones a su oficina.

Sólo a través del contacto con otra persona sabes realmente lo que eres. ¿Eres amable? ¿generoso? ¿huyendo? ¿determinado? Necesitamos aclarar, ¿generosos con qué? Frumos cu cine? ¿disciplinado comparado con qué? Todo rasgo de personalidad que posees es una propiedad relacional: requiere la existencia de otro para manifestarse.

Estas fricciones forman los «datos» necesarios para el trabajo y sólo pueden capturarse auténticamente en el marco correcto. El enfoque mismo de utilizar una IA como evasión del Otro es un falso apaciguamiento y una herramienta limitada para el autoconocimiento. Dar un rostro humano a este último, y más aún el de autoridad benévola, equivale a santificar esta evasión. Éste es precisamente el síntoma que algún día habrá que superar. Lo que significa una personalidad no es tanto lo que decimos sino por qué elegimos guardar silencio o decir algo.

Herramienta de refuerzo

En la misma línea, la IA desafía el marco. Que el terapeuta permanezca inalcanzable entre sesiones no es un límite del sistema, es lo que permite que se produzca la espera, la frustración y, a veces, la ira. Afectos que a su vez revelan nuestra dinámica relacional, y que luego podemos explorar en sesión, precisamente porque tuvieron tiempo de formarse en el vacío dejado por su ausencia.

Una IA disponible en cualquier momento priva al paciente de la oportunidad misma de descubrir cómo se comporta ante la ausencia, la espera, el silencio del otro. Es decir, situaciones que la vida nunca le perdonará. El terapeuta es menos útil por la brillantez de sus análisis que por las reacciones que suscita su presencia en el interior del paciente. Esta influencia no es reemplazable.

Nada de esto impide que la inteligencia artificial encuentre su lugar el panorama de la salud mental. Su atractivo en términos de coste y accesibilidad es evidente. Los humanos tampoco están libres de excesos. Como herramienta adicional, limitada a tareas específicas, como medio para desarrollar un pensamiento, puede acompañar el seguimiento siempre que se mantenga la transparencia con el terapeuta sobre el uso que se hace del mismo.

No hay duda de que este uso brindará oportunidades para hacer las preguntas necesarias. Puede ser parte del entorno clínico, pero no puede reemplazar el trabajo clínico. Mientras no pretenda sustituir el vínculo real que implica una inversión por parte de la persona con todas las reacciones emocionales asociadas, la inteligencia artificial puede encontrar un lugar. Pero adoptar los rasgos de un terapeuta, prestarle su voz, sus expresiones, su forma de escuchar, es querer hacer pasar una herramienta como un encuentro.

*Maxence Carsana, psicólogo clínico, es el autor de d’Hombres, mujeres: alejarse de ideas tóxicas (ediciones Salvator, 2025).

 

Tomado de: https://www.lepoint.fr/debats/sante-mentale-pourquoi-lia-ne-doit-pas-prendre-la-place-du-therapeute-UO4VPBBUB5GBLBW44HCODNWUWQ/

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