Frente al tiempo del yo está el tiempo del otro, aquel que otrora regía en nuestras vidas. El tiempo del otro es el que se dedica a mirar más allá de nuestras propias narices. Aquel en el que se escucha, se atiende, se cuida o incluso se reciben cuidados. Un tiempo que, como sociedad, hemos catalogado de innecesario. Porque nos creemos inmunes a la soledad. Porque nos han vendido, y hemos comprado, que podemos solos.
La realidad, sin embargo, es que la criatura humana ha sido desde sus inicios dependiente de sus congéneres. El que se queda fuera de la tribu, muere. Así de sencillo. Y nuestro cerebro, por más que nos empeñemos en construir vidas de llaneros solitarios, sigue funcionando de la misma manera.
Prueba de ello es que una de las famosas hormonas de la felicidad, la célebre oxitocina, la hormona del amor y la empatía, se segrega en grandes cantidades tanto en hombres como en mujeres cuando se relacionan con otros individuos. Esta insistencia en el género tiene un porqué: a nivel biológico, la oxitocina es una hormona relacionada con el parto, la lactancia y la maternidad. ¿Por qué entonces la iban a producir también los hombres si no es porque, evolutivamente, necesitamos sentirnos conectados a otras personas?