Byung-Chul Han, filósofo, sobre la base de la amistad: «Hoy no tenemos tiempo…»

Byung-Chul Han, filósofo, sobre la base de la amistad: «Hoy no tenemos tiempo para el otro. Y solo el tiempo del otro crea lazos fuertes, amistad y comunidad»

¿Es el tiempo lo que nos falta o es la calidad del mismo? En las últimas décadas, la irrupción de las nuevas tecnologías y las redes sociales en nuestra vida han cambiado la forma en la que nos relacionamos. Y claramente, el cambio ha sido a peor.

Celia Pérez León
Nunca hemos estado tan conectados y, sin embargo, tan poco disponibles para los demás. Curasui

La paradoja es clara, nos explicaba José Carlos Ruiz, filósofo, en una entrevista que concedía a Cuerpomente: nunca hemos estado tan conectados y, al mismo tiempo, menos relacionados. La conexión puede ser digital, claro está. Pero la relación requiere de la interacción de los sentidos, de la presencialidad. Y es esto lo que hemos sacrificado en la era de las pantallas.

Quien también lo expresa con grandilocuencia es el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, para el que la clave está en que “hoy no tenemos tiempo para el otro”, y solo este tiempo del otro “crea los lazos fuertes, la amistad y hasta la comunidad”.

El tiempo del yo nos promete libertad, pero a menudo nos encierra en una vida cada vez más solitaria. iStock

El tiempo del yo

Se nos ha vendido una cruel idea: si quieres, puedes. La frase se nos presenta, además, en primera persona del singular. Tú, y solo tú, con tan solo tu voluntad, puedes conseguir todo lo que te propongas. Se nos impone así un yugo del que es difícil deshacerse.

La condena por aceptarlo es caer presos del tiempo del yo. Un tiempo narcisista, productivo e hiperexigente que debemos dedicar única y exclusivamente a cumplir nuestros sueños. ¿Puede haber un castigo peor?

Diana Llorens

Así, en pro de un futuro prometedor, de ese sueño que debemos perseguir porque si no nuestra vida carecería de sentido, nos descubrimos inmersos en un mundo en el que únicamente existimos nosotros mismos, nuestros deseos y nuestros esfuerzos. La trampa de la mejor versión nos domina, y perdemos de perspectiva una gran verdad: nadie puede solo.

Necesitar a los otros no es una debilidad: es una condición básica de la vida humana. iStock

El tiempo del otro

Frente al tiempo del yo está el tiempo del otro, aquel que otrora regía en nuestras vidas. El tiempo del otro es el que se dedica a mirar más allá de nuestras propias narices. Aquel en el que se escucha, se atiende, se cuida o incluso se reciben cuidados. Un tiempo que, como sociedad, hemos catalogado de innecesario. Porque nos creemos inmunes a la soledad. Porque nos han vendido, y hemos comprado, que podemos solos.

La realidad, sin embargo, es que la criatura humana ha sido desde sus inicios dependiente de sus congéneres. El que se queda fuera de la tribu, muere. Así de sencillo. Y nuestro cerebro, por más que nos empeñemos en construir vidas de llaneros solitarios, sigue funcionando de la misma manera.

Prueba de ello es que una de las famosas hormonas de la felicidad, la célebre oxitocina, la hormona del amor y la empatía, se segrega en grandes cantidades tanto en hombres como en mujeres cuando se relacionan con otros individuos. Esta insistencia en el género tiene un porqué: a nivel biológico, la oxitocina es una hormona relacionada con el parto, la lactancia y la maternidad. ¿Por qué entonces la iban a producir también los hombres si no es porque, evolutivamente, necesitamos sentirnos conectados a otras personas?

La hiperconexión multiplica los contactos, pero no garantiza la presencia ni el vínculo. iStock

Hiperconexión y disponibilidad

Vencida esa idea estúpida de que uno no necesita a nadie, llega el momento de levantar la vista de la pantalla y mirar alrededor, en busca de otra alma con la que compartir ese “tiempo del otro” del que nos habla Han. ¿El problema? A tu alrededor descubrirás a muchas otras personas que miran su pantalla esperando conectar.

En el siglo XXI estamos hiperconectados. No hay minuto del día en el que no estemos recibiendo una notificación o enviando una a otra persona. Vivimos conectados al segundo, intoxicados de estímulos que nos mantienen enganchados a la pantalla. En tu teléfono móvil puedes consultar cuántas veces al día compruebas tu teléfono en busca de notificaciones. La cifra te dejará sin palabras.

La paradoja es que, pese a todo, nunca estamos disponibles. Ya no tenemos tiempo para sentarnos a hablar sin prisa, para escuchar sin juzgar, para abrazar, para hacernos compañía. Y esa es la paradoja a romper: en un mundo hiperconectado, buscar la disponibilidad.

Romper el bucle empieza por elegir, de forma consciente, aquello que nos devuelve al tiempo compartido. iStock

Rompiendo el bucle

Tras comprender la raíz del problema, llega el momento de romper el bucle. No debemos obviar que hay algo estructural en todo este asunto, fuerzas a las que les beneficia este estado constante de hiperconexión y baja disponibilidad (la soledad nos hace consumir, en el sentido más amplio de la palabra).

Y para rebelarnos, debemos bajarnos de la rueda. Se trata de asumir que quizá no es tan importante convertirte en tu mejor versión, cumplir tus sueños o llenar tu cuenta bancaria de ceros. Que quizá lo mejor que te pueda pasar es quedarte a tomarte otra con tus amigos, hacer la sobremesa con tus padres, llevar a tu hijo al parque o pasear al perro sin mirar el móvil.

Se trata de apostar por el tiempo del otro, sabiendo que será un proceso consciente y esforzado, porque la marea del tiempo del yo tira con fuerza. Se trata de asumir que debemos bajar el ritmo, y que eso supone hacer ciertas renuncias, pero que todas ellas merecen la pena.

Recuperar la comunidad exige volver a mirar alrededor y tender puentes en la vida real. iStock

Recuperar la comunidad

Como fin último, podríamos aspirar a recuperar un concepto ultrajado, el de comunidad. Ese término llevado al marketing, a las redes, a las marcas, y que en realidad pertenece en origen a la relación humana.

Necesitamos volver a formar parte de comunidades. Volver a conocer a nuestros vecinos, a los padres de los niños con los que nuestros hijos pasan las horas, a los profesores, a las cajeras del supermercado donde compramos cada día, a hermanarnos con nuestros amigos. Necesitamos comunidades, porque sin ellas estamos condenados a la más eterna de las soledades.

¿Y cómo conseguirlo? A veces comienza con un gesto tan simple y transformador como preguntar el nombre a la persona con la que hablas. Otras, implica invitar al vecino con el que llevas diez años compartiendo pared a tomarnos una tapa en el bar de enfrente. Se trata de tender puentes y tumbar barreras. Volver a vivir en el mundo real, y que acaso las redes sean tan solo una reminiscencia de lo vivido.

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