No estar allí se siente incorrecto…
No estar allí se siente incorrecto: rescatistas venezolanos ante la tragedia
Erick Burnod, capitán del cuerpo de bomberos voluntarios de la Universidad Simón Bolívar, 46 años.
Lo que me marcó y me hizo tomar la decisión de incorporarme a los bomberos fue el deslave de Vargas de 1999. En ese momento me acababa de graduar de bachiller. Era scout y estaba en el punto de acopio de la base aérea militar La Carlota. Recuerdo que me colé en un avión Hércules que nos llevó al aeropuerto de Maiquetía en La Guaira. Estuve todo el día de camillero, pero sentí una gran impotencia, porque mi conocimiento en primeros auxilios era casi nulo. Quería ayudar y no sabía cómo.
Es por eso que cuando me enteré de que, en la Universidad Simón Bolívar, donde estudiaba ingeniería química, había un curso de formación de bomberos, me acerqué y comencé. Al principio mi papá me dijo: “Vamos a ver cuánto duras”, porque yo de chiquito hacía de todo y me aburría rápido. Pero me enamoré de la institución. Esto me trajo problemas con mi mamá, que quería que me dedicara a mi profesión, pero fue gracias a los conocimientos bomberiles que conseguí excelentes trabajos.
Ya llevo 25 años en el Cuerpo de Bomberos de la Universidad Simón Bolívar. Somos 100 por ciento voluntarios, no recibimos sueldo. Antes, en nuestra época de oro, llegamos a ser más de 100 efectivos, pero hoy en la plantilla somos 40, y activos de 20 a 30. La situación del país, la falta de presupuesto en la universidad y las responsabilidades de los egresados han hecho que muchos pidan la baja.
Nada te prepara para lo que vivimos recientemente con el terremoto. Yo estaba bajando unas escaleras mecánicas en La Candelaria cuando la gente empezó a correr y cayeron pedazos de baldosa. Después de asegurar a mi familia, nos activamos. Al día siguiente bajamos a La Guaira. Aquello parecía una zona de guerra, como las imágenes de Ucrania o Palestina; edificios devastados, lodo y una destrucción indescriptible.
El primer día fuimos a Catia La Mar en una unidad particular porque nuestra unidad de rescate estaba en mantenimiento. Trabajamos con la Guardia Nacional y con civiles que ayudaban con lo que tenían. En la residencia Los Delfines, donde quedaban solo 4 de sus 16 pisos, escuchamos a una mujer viva en el último piso. Logramos rescatarla usando cuerdas, aunque lamentablemente su esposo y su hija fallecieron.
A los días, regresamos y el acceso ya estaba más controlado. Estuvimos en la residencia Belle vue buscando a unos estudiantes de la universidad y en Coral Plaza. Allí trabajamos de la mano con rescatistas internacionales: los mexicanos, los españoles de Asturias con sus perros, y los costarricenses con equipos de alta tecnología. La colaboración con ellos fue increíble, de una humildad y un profesionalismo admirables.
Lo más difícil y doloroso de estas labores es la frustración frente a los familiares. Verlos allí parados, esperando afuera de las estructuras colapsadas, sabiendo que sus seres queridos están muertos, pero pidiéndote que por favor los saques para poder verlos. Eso es muy fuerte. Además, el olor a descomposición es impactante; ahora debemos trabajar con máscaras de protección química.
A pesar de todo, lo que me da fuerzas es el objetivo de buscar a alguien vivo y la profunda convicción de servir. Como decía la Madre Teresa de Calcuta: “El que no vive para servir, no sirve para vivir”. Ver la solidaridad de la gente, que nos ha donado desde comida hasta una antena Starlink para comunicar a la comunidad, nos motiva a seguir adelante.
Ingresé al Grupo de Rescate Caracas en 2021, aunque entré como aspirante a finales de 2020. Tenía unos 26 años. En ese entonces frecuentaba mucho el Ávila y cuando lo cerraron por la pandemia, busqué qué otra cosa hacer; descubrí el grupo y quise hacer una actividad altruista e instruirme con ellos. Antes de esto, no tenía experiencia en labores parecidas. Mis hobbies eran los deportes: bicicleta, escalada en pared y trotar.

Nuestra formación como aspirantes dura aproximadamente un año, entre instrucción y pasantías. Al graduarte, pasas a la fuerza operativa. Cada quien se inclina de forma tácita por una rama: cuerdas, sistemas, rescate en áreas de difícil acceso, comunicaciones o atención prehospitalaria (APH). Yo me especialicé y sigo estudiando en el área de APH, donde me desempeño actualmente dentro del grupo, además de ser el jefe de relaciones públicas. Somos unas 25 a 30 personas entre operativos y logística. El grupo tiene 58 años de fundado. Nuestra labor es voluntaria y nos financiamos nosotros mismos, aunque ahora hemos recibido muchas donaciones. Hacemos guardias fijas cada 15 días en el área operativa, turnándonos en dos secciones para cubrir los fines de semana.
Cuando ocurrieron los sismos del 24 de junio, estaba en mi apartamento en Chacao con mi pareja. Sentimos los temblores y bajamos rápido a la calle. Mi familia está bien. Teníamos un apartamento en La Guaira que no colapsó, pero quedó inhabitable y con las pertenencias casi irrecuperables. Lamentablemente, perdí a varios conocidos y colegas del mundo prehospitalario y bomberos con los que compartí en entrenamientos.
En el grupo de rescate nos activamos el 25 de junio, desplegando una comisión a La Guaira. Fuimos a Caraballeda, donde había poco personal trabajando. Al principio no pudimos hacer mucho porque solo teníamos herramientas manuales y no disponíamos de maquinaria pesada como rotomartillos o esmeriles para acceder a través de las placas de concreto. Solo hicimos cuadrillas para escuchar sonidos e identificar personas vivas. Hemos bajado unas cinco veces, divididos en dos comisiones para no agotar al personal, operando desde Catia La Mar hasta Caraballeda.
Ha sido devastador ver un lugar que antes era sinónimo de desconexión y alivio convertido en desesperación y frustración. Lo más difícil ha sido ver la angustia de la gente, sus pertenencias regadas y, sobre todo, los cuerpos. El olor es un recordatorio constante de dónde estás. Ver cuerpos de familias, parejas o niños abrazados con sus padres es desgarrador. No puedo decir que tengo esperanzas; lo que me mantiene en la lucha es la necesidad de no quedarme de brazos cruzados, dar descanso a otros recuperando a sus familiares y, potencialmente, encontrar a alguien con vida.
La respuesta de la gente ha sido increíble. Recibimos donaciones de plantas eléctricas, rotomartillos, esmeriles, mascarillas, botas y comida. Esto extendió nuestra operatividad y nos permitió trabajar con civiles, refugiados y con el grupo internacional ERICAM de Madrid. Aunque detectamos vida con ellos en varias ocasiones, al llegar a los cuerpos ya habían fallecido.
Equilibrar esto con mi vida personal y laboral ha sido imposible. Mi trabajo es flexible, pero en lo personal no he logrado poner orden. Regresar a Caracas se siente extraño, incorrecto, como si fuera poco empático seguir con la rutina normal mientras allá abajo se necesita ayuda.
Casi el 95 por ciento de nuestro personal ha estado activo en el campo. Por ahora estamos bien abastecidos de insumos e incluso redistribuimos lo que nos sobra a grupos hermanos. Sin embargo, estimo que en unas dos semanas necesitaremos reposición de material textil y calzado (botas, pantalones, guantes) que se desgastan y rompen rápido con los escombros y cabillas, así como filtros para las máscaras, que por la densidad de partículas nos duran apenas 12 de las 48 horas que en teoría deberían durar. Quien quiera colaborar en el futuro, puede hacerlo con textiles.
Los familiares y vecinos fueron los primeros rescatistas
Yorbis Hernández, coordinador de operaciones del Grupo de Rescate Occidente, 39 años.
Soy paramédico de rescate desde los 19 años; es decir, llevo ya 20 dedicándome a esto, a la salud y al rescate. Todo empezó cuando vi en acción al Grupo de Rescate de Occidente en un evento de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Hicieron una demostración de rapel, explicaron su labor y, como me gustaban los deportes extremos y vi su dedicación para ayudar, me atrapó.

Es el grupo al que todavía pertenezco. Somos entre 20 y 30 miembros en el estado Zulia, donde vivimos. Trabajamos de forma voluntaria. Tras los terremotos, Protección Civil Nacional, ente al que estamos adscritos, nos activó. Arrancamos por carretera hacia La Guaira. Fue un viaje largo, de unas 15 horas porque el aeropuerto de Maiquetía no estaba en condiciones. Solo una vez antes me había trasladado tan lejos, al estado Amazonas por la caída de una avioneta.
Llegamos el sábado y trabajamos siete días continuos en La Guaira antes de ser relevados por protocolo de fatiga. Estuvimos en un estadio de béisbol que servía como centro de operaciones para rescatistas nacionales e internacionales. Nos dividieron en grupos multidisciplinarios y salíamos a las zonas de desastre según los llamados.
Allí, los familiares y vecinos fueron los primeros rescatistas; ellos ya tenían túneles hechos y nos guiaban sobre dónde escuchaban ruidos. Cuando llegábamos a un punto, aplicábamos el protocolo de silencio total para escuchar señales de vida. Trabajamos codo a codo con la comunidad y con rescatistas de muchos países. Trabajamos muy de cerca con los Topos de México, aunque también había gente de El Salvador, Honduras, España, Chile, Estados Unidos y Qatar.
Siento que mis 20 años de carrera, incluyendo mi experiencia en la inundación de la Guajira en 2010 por el desborde de la represa, me prepararon para esto. Aunque nunca había vivido un terremoto, la capacitación constante en búsqueda y rescate en espacios confinados y manejo de cadáveres sirvió para dar lo mejor de nosotros, tanto para salvar vidas como para recuperar cuerpos y darles cristiana sepultura.
En lo emocional, ver tanto desastre es impactante y doloroso. Ver el dolor en los ojos de la gente que te pide ayuda a las 3:00 de la mañana te da la fuerza para seguir adelante, sin importar el cansancio o el riesgo. La Guaira quedó como si hubiese caído una bomba atómica; donde mires hay dolor, pero también mucha humanidad de civiles que traen comida, medicinas y herramientas. Para procesar todo esto y no explotar, recientemente acudimos a un grupo de psicólogos para desahogarnos y liberar esa carga.
Como grupo voluntario, no cobramos ni exigimos nada. Nosotros mismos compramos nuestros equipos de protección personal, botas y uniformes. A veces recibimos donaciones esporádicas, como palas, picos y herramientas que nos dieron en La Guaira. Sin embargo, tenemos necesidades: nos limita mucho la falta de un transporte propio para movernos con eficiencia, no tenemos suficientes tablas espinales y nos hacen falta equipos eléctricos para cortar concreto, lo que agilizaría mucho los rescates. Ahora estamos de vuelta en Maracaibo descansando, pero listos y a disposición para una futura avanzada si se nos necesita.
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