El río que nos habita

El río que nos habita

Las nostalgias más vivas nacen del cruce entre lo que fuimos y lo que ya no somos, entre lo que vemos y lo que imaginamos. Eso ha escrito Beatriz Pérez Pérez al recordar, desde Italia, la Caracas en la que hace un tiempo transcurrió su cotidianidad. El jurado de la 8va edición del premio Lo Mejor de Nos ha recomendado publicar esta historia.

ILUSTRACIONES: WALTHER SORG

Estoy sentada en un muro —o más bien en lo que fuera la pared de un castillo— frente al río Adigio, en las afueras de Verona. Desde aquí arriba, donde aún se visita Castel San Pietro, el agua se insinúa como si contuviera siglos.

Lo supe al subir por un funicular que une Ponte Pietra con la colina del castillo: en menos de un minuto estás sobre la ciudad, con el Adigio bajo tus pies, extendiéndose como una serpiente gris. Me senté en este muro convertido en balcón, sintiendo que dentro de mí emergía otro río: uno que no se ve desde aquí pero que me habita.

El agua fluye con una bravura gallarda; el sol cae oblicuo, proyectando sombras largas que no se atreven a tocar el cauce.

Su color me desconcierta: es de un verde profundo, casi imposible. No es el verde húmedo que conozco, ese que insinúa selvas, tropiezos, calor. Este es un verde grisáceo. Nítido. Como si aquí el agua supiera comportarse.

No entiendo por qué me incomoda tanta belleza. Siento una mezcla absurda de asombro y sospecha, como si esta limpieza fuera un exceso. El Adigio ruge, sí, pero con orgullo antiguo, como un río que no necesita disculparse por existir.

Yo no debería sentir esto. Estoy en Italia. Frente a un río con siglos de historia, en una ciudad que parece hecha de mármol y ópera. Pero mientras el Adigio se desliza con altivez, algo se revuelve en mí.

Porque este río no me reconoce.

Hay belleza, sí.

Pero no me nombra. No me canta. No me lava.

A su lado, otros puentes se levantan dentro de mí. Invisibles. Más ruidosos.

Veo un puente aquí, de piedra clara. Sereno. Los turistas lo cruzan sin prisa. Algunos se detienen a mirar el agua, como si esperaran una revelación.

Yo también la espero. Pero lo que llega no es el Adigio. Es otro río.

Uno que no se exhibe en Instagram. Uno que huele.

Un puente curvo frente a mí, y otro, lejano, que empieza a temblar en mi memoria: el de Las Mercedes, en Caracas.

Desde ese puente mental comienza mi verdadero descenso. Uno donde lo bello no consuela. Solo duele.

El puente de Las Mercedes no tiene mármol ni historia milenaria: tiene cornetazos, tráfico, motorizados y un río que corre debajo como si huyera del mundo.

El contraste entre los dos ríos, entre los dos puentes, entre los dos momentos, es lo que da inicio a esta historia. Estoy en Verona, sí. Pero también estoy en Caracas. Porque hay recuerdos que no entienden de mapas ni de distancias ni de idiomas.

El Adigio se vuelve espejo. Y en ese reflejo, aparece mi río.

Corriendo debajo como si se escondiera del mundo, dejándose ver en ese modesto puente, el Guaire mostraba su rostro menos indulgente: oscuro, apurado, atravesado por basura y secretos. Un río silenciado.

Alguna vez lo vi también desde arriba —con la misma perspectiva que tengo ahora— pero mi castillo era otro: esas dos torres de Banesco en El Rosal que se levantan frente a todos los caraqueños como gigantes familiares. Allí se pone un Santa Claus cada Navidad que roba las miradas de todos quienes transitan la autopista Francisco Fajardo.

Yo las conozco desde adentro: pasillos brillantes, salas de reunión que huelen a café, salas donde impera la urgencia, una urgencia que me hacía ir a diario desde allí hasta esa otra mole verde, esa otra fortaleza de vidrio que parece latir al ritmo acelerado del movimiento del dinero: Ciudad Banesco.

Las ideas se atropellan porque entre una y otra sede de Banesco transcurren unos dos kilómetros de río. Hay que atravesar —nunca caminando, que no es un paseo seguro y tampoco hay tiempo— solo dentro de la seguridad de un carro con ventanas cerradas y sin la intención de mirar mucho alrededor.

¿Qué tendría que ver?

Aunque nunca me detuve a ver el cauce, este estaba allí, como quien busca una respuesta a una pregunta que nunca se formula.

El Guaire. Silencioso, sucio, persistente. Corría paralelo a mis pasos como un viejo acompañante que aprendí a ignorar. Como un paisaje que ni siquiera se consideraba paisaje.

No lo miraba. No lo pensaba. Si acaso lo esquivaba, como se esquivan las verdades incómodas. Lo despreciaba con el descuido. Con la indiferencia. El Guaire era parte del ruido, del caos, del olor que uno asociaba con lo que quería dejar atrás. No era río: era vergüenza.

Desde adentro, Ciudad Banesco parece una nave de vidrio que flota sobre Caracas. Las paredes transparentes permiten que la ciudad entre sin pedir permiso: el cielo, los cerros, el tráfico, y sí, también el río Guaire. Desde los pisos altos, el Guaire se ve como una línea que serpentea entre concreto y vegetación, como si intentara recordar que alguna vez fue río antes de ser frontera. No es un paisaje decorativo, es un recordatorio: de lo que somos, de lo que resistimos, de lo que aún fluye.

Ahora, frente al Adigio, en Verona, lo recuerdo. Y me duele haberlo borrado tanto. Porque aquel río que desprecié era también testigo: de mis carreras diarias, de mis conversaciones breves, de mis silencios. El Guaire siempre estuvo ahí, más fiel que la rutina. Más constante que el éxito.

Ahora, desde este otro puente, en Verona, me doy cuenta de que la belleza puede morder. Y me pregunto si algún día podré cruzar todos esos puentes internos y reconciliar lo que el exilio ha roto en mí.

Y no solo el río.

Al costado del puente que comunica El Rosal con Las Mercedes —construcción en estilo art déco de Carlos Guinand Sandoz, de 1941— explota la belleza y el color para quien se detiene un momento y ve lo mejor de nos. El Guaire no está solo cubierto de basura: también está flanqueado por arte, con un mural imponente del maestro Cruz-Diez. Hay belleza en todo caos.

Cierro los ojos y sonrío frente al recuerdo del “Muro de color aditivo”, y una charla en una de esas tardes en que me movía en Ciudad Banesco.

Hablábamos de Cruz-Diez, ese artista que logró que el color dejara de ser adorno y se volviera experiencia. Que pintó sin pintar, solo permitiendo que la luz y el movimiento hicieran lo suyo.

El color aditivo, decía alguien, no es uno que se impone. No nace de mezclar pigmentos, sino de la suma de luces: rojo, verde, azul. Proyectados uno sobre otro, no oscurecen. Se potencian. Brillan más cuando se superponen.

Pensaba entonces —y ahora lo entiendo mejor— que así también funcionan ciertas nostalgias. Las más vivas no son las más puras, sino las que nacen del cruce: entre lo que fuimos y lo que ya no somos, entre lo que vemos y lo que imaginamos.

Como el río, como el país, como el recuerdo cuando no se borra del todo.

“La transformación es fundamental en su obra”, decía alguien. “Y con el desplazamiento vemos cómo cambia. Cómo se transforma el color”.

Abro los ojos y veo cómo se transforma el color de mi nostalgia. Ahora es más dulce. Está más viva y es cinética.

El verde del Adigio me parece más vivo aún. Y yo respiro profundo, en amor y agradecimiento por ese otro río mío.

Quienes aún lo ven —desde una oficina, desde un tráfico apurado, desde una pausa en el ascensor— tienen un privilegio que los que nos fuimos ya no tenemos: ver al río sin distancia.

Ojalá lo miren con ojos nuevos. Porque a veces, resistir es también contemplar lo que otros ya solo pueden imaginar.

No quiero recordar al Guaire como a esos amores que la distancia idealiza.

Lo conozco. Sé que contamina. Sé que no hemos podido sanearlo —ni literal ni simbólicamente—.

Si trato de recordar su olor, me huele a vergüenza.

A ciudad que da la espalda.

A abandono oficial.

A rabia retenida.

Y sin embargo… cuando el sol se pone justo sobre la estatua de María Lionza, y el viento viene del Ávila, y el cielo se tiñe de guayaba y humo, y cuando al atardecer guacamayas y garzas blancas alzan vuelo en sus riberas, entonces huele a perdón posible, a poema sin escribir, a una Caracas que, quizá, aún sueña con redimirse.

Esa parte de mí sigue allá. La que no se rinde. La que aún fluye.

Porque si algo nos define como venezolanos es esa capacidad de seguir en movimiento —sí, cinético—, incluso en circunstancias que no huelen bien.

Porque ver belleza donde las miradas más simples solo alcanzan a ver hedores también es una forma de resistir.

Leyenda justif

Beatriz Pérez Pérez

Busco tejer palabras hasta convertirlas en espejos. Caracas es mi origen y mi obsesión como escritora.
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