Capítulo IV
Vida en Otro Planeta.
Una mañana arreglaban el nuevo stadium de basket-ball (canasta-bola) al salir de clases, todo el alrededor del mismo estaba con grama adulta, verde. Se preguntó como era posible todo eso, cuanto tiempo se había quedado dentro del salón. Sintió por un momento que esa villa era como demasiado placentera. Se acordó del avestruz para salir del laberinto donde se encontraba al no poder conseguir una relación de este mundo entre el tiempo y la grama nueva. Se dijo: “Mañana hago tres goles”. Esta era su nueva forma de olvidar por completo el momento de locura y encontrar un atajo para seguir adelante con una vida normal.
No le volvió a molestar la grama mágica a pesar que la veía cada día de reojo. Entretanto, le encantaba lo nuevo y añoraba aún mucho a toda su familia, especialmente a su Madre. Esto se transformaría en una balanza espiritual para toda su vida, fue traído a este mundo para ser terrenauta.
Conversaba y se reunía con sus nuevos amigos y amigas de su tierra de origen. Notó inmediatamente que lo raro de la gente no era propiedad solamente del lugar que estaba descubriendo. A pesar que hablaban el mismo idioma y de los mismos temas, supo que había una cuesta a remontar para construir el puente de amistad con algunos de ellos, también reconocía que otros portaban este puente en sus hombros, era cuestión de encontrarse en el camino, de presentarse, de saludarse. Max, su compañero de cuarto era uno de ellos.
Supo que se había aplicado un método matemático para ubicar al grupo en la asignación de cuartos, fue una simple agrupación pensando que era mejor mantenerlos juntos que separados por la razón de nostalgia, superando así la razón desconocida para la universidad del aprender un nuevo idioma. A Doguix y a Max los encuadraron entre las mismas paredes por ser de la misma ciudad. Ellos dos se conocían desde hacía varios años atrás, pero en verdad se reconocían en las calle de la ciudad. Nunca cruzaron una conversación solamente alcanzaron el nivel de hola con la mano. No se conocían sus voces. Esto les hizo pensar a los dos que eran diferentes. A Max le gustaba la guitarra, a Doguix el balón. Max hablaba de fiestas, Doguix de los partidos del domingo. A Max le gustaba vestirse bien, a Doguix le gustaba vestirse con lo que tenía. Max no conocía ningún amigo de Doguix, y Doguix conocía solamente a sus propios amigos. Pero a pesar de estos pesares, habían cuatro detalles que hacían que ambos solamente necesitaban posar los puentes que llevaban en sus espaldas para construir una gran amistad:
Había ese saludo que se enviaban sin hablar. Doguix al referirse a esto a le dijo:
“Era como si nos diciésemos: No somos amigos porque no tenemos los mismos mapas”;
Había el factor de que a su hermana Alati, Max la conocía; Había la razón de haber vivido en la misma manzana; Y Había la integral del ahora mismo, la realidad de compartir ambos la misma habitación.
Resultó lo que ellos dos sabían, una gran amistad. Estaban ahí para ayudarse, protegerse y además planificaban juntos muchos planes. Planes de salida, de encuentros con muchachas, de estudios. Max le llevaba una morena a Doguix en el nivel de inglés y en dedicación para aprender; Doguix le llevó una catira para que se conociesen. Salieron por esas calles como un par de amigos sólidos. Max no paraba de reírse de Doguix y su progreso en el idioma, de sus ideas, de sus ocurrencias. Ya Max se estaba contagiando de esa misma forma de ver el mundo de Doguix que era tan real pero con sabor a magia, virtual, fantástico. En lo único que Max nunca dio un paso al frente fue en el fútbol, siempre mantuvo en alto su pasión por la música, la guitarra y las fiestas.
Con los otros muchachos y muchachas del grupo resultó siendo una relación a la medida. Con unos conversaba a un metro de acercamiento, con otros a medio metro, y a otros los tenía a algunos milímetros. Todos estaban a una distancia que nunca fue infinita en el hablar mutuo. Una noche casi le asignó la medalla de “no-nos-hablemos-mas” a uno de ellos.
Resulta que un domingo a la hora de cenar, Doguix se dirige al comedor universitario y al notar la falta de piernas cerca, se dice:
“Hoy como que nadie tiene hambre”.
Al tratar de abrir la puerta, ve que no hay nadie adentro ni afuera. En eso logra leer un letrero que dice “Closed”. Doguix traduce, “Armario”, Y agrega:
“Bueno, ¿ ahora para donde habrán movido el comedor?”.
Pensó en la grama instantánea que le tambaleó su vida por unos momentos y se dijo:
“Estos carajos no pueden quedarse quietos con lo que hacen…..ya les estoy agarrando el hilo de la petaca….uhm…okey”.
Se le salió un “okay” en Ingles pero mal escrito por primera vez, pero donde su ortografía no la iba a corregir sino unos cuarenta y seis capítulos más adelante de su vida. Oyó una voz que no entendió sino semanas después. Doguix con la tranquilidad de domador de animales salvajes volteó su espalda al letrero en búsqueda del comedor. Persiguió un grupo de estudiantes pero luego de tantas cuadras caminando paró y decidió que estos venían del comedor, no iban. Regresó por donde pensó que habían regresado y sin ningún éxito regresó a su cuarto al saber que para esa hora ya habrían regresados todos del comedor. Entró y le preguntó a Max quién ya se encontraba en el cuarto leyendo uno de los tantos libros que se compartían entre ellos:
“¿A donde carajo movieron el comedor hoy?
Max le aclara que hoy lo cerraron. Doguix no dijo nada y con la tranquilidad del mismo domador de tigres rebeldes agarró el diccionario y buscó la palabra “closed”. Se dijo:
“!Coño!, lo que movieron hoy fue el significado de esta palabra”.
Le pidió unos dólares a Max para salir a comer algo. No se negó, simplemente no tenía un céntimo como él. Le dijo:
“Nos estamos pareciendo en algo ya”.
Fue al lado con sus otros compañeros de vuelo. Nadie tenía dinero, algunos no tenían para Doguix. Alguien le informó que “Palomito” (lo apodaban así por su recto caminar) tenía un almacén de galletas saladas en una de las gavetas. Se dirigió entonces a esa habitación más en plan de vida o muerte que en plan de saludos. Le pidió unas galletas. Palomito se negó. Le pidió verlas. Palomito se las mostró pero más por estar orgulloso de que él veía que esos momentos de guerra iban a llegar y que él sería el único sobreviviente ó el único héroe. Doguix cuando vio tantas galletas juntas se dijo:
“!Coño!, hoy es el día nacional del hambre”
Y se lanzó a robarle lo que su mano pudiese agarrar.
“Ojalá fuesen todas”,
Se dijo en esos cortos segundos. Pero Palomito disparó primero y logró cerrar la gaveta antes. Lo sacó de su cuarto y Doguix no olvidó recordarle su Mamá y de llamarlo:
“!Palomito!”.
Nunca sintió arrepentimiento y tampoco dejaron de ser amigos. Lo único que esa noche cuando entró a su cuarto, Max ya dormía, se quitó su ropa y se dijo a si mismo:
“Ahora vos, ¡dormite!”.
Oyó una voz que dijo:
“Hoy es el día que mas hambre tenemos”.
Pensó en las galletas saladas, pensó en que debió haber sido más rápido que Paloma (esa noche le cambio el apodo), pensó en las deliciosas pizzas que había descubierto por esos días, rezó y pidió la bendición, pensó en comida hasta que de repente vio al pie de su cama una dama en fuego, una dama sin rostro simplemente porque las llamas eran su piel, una dama de vestir de virgen pero completamente en fuego que le tendía la mano para entregarle unos billetes en llamas. No era una llama de quemar sino de vestir y de ser. Doguix temblaba de miedo. Veía su estomago que ondeaba como las olas del mar, no eran olas de agua salada sino olas de miedo. Se decía al mismo tiempo:
“Agárrale esos billetes, dale las gracias pero antes despierta a Max para que te ayude a despertarte”.
No logró soltar un fonema, esa vez se le olvidó hablar o gritar y tampoco pudo mover su brazo para aceptar los dólares. Estaba pegado a la cama por el terror de ver esa dama de fuego al pie de su cama. Trataba en su lucha de terror entonces, de modificar el pensamiento de dama a carajita, pero fue también en vano. Esa dama se le presentó sin avisar, sin esperarlo, y muy real eran las llamas sin calor. Le miró la cara como último recurso para pedirle lástima, le miró sus ojos y vio que eran dos ojos bellos, profundos hipnotizantes que reflejaban cariño. Miró su sonrisa como si fuese una visita anatómica de un ser ya petrificado pero los arcos de los labios se encontraban en un ángulo que le inyectaron tanta tranquilidad que sintió como si lo hubiesen desenchufado para no recordar un nanosegundo más de ese allá.
Esa imagen le duró siglos, en verdad la tendría en su mente para toda la vida, especialmente aprendió a meterse a la cama con su barriga llena y el corazón contento.
Al minuto y trece segundos que amaneció se dirigió al comedor, fue el primero. Ayudó a todos a entrar al comedor abriendo y sosteniendo la puerta a todos los trabajadores. Desde el cocinero mayor hasta el mesonero menor, se ofreció como ayuda desde probar la mantequilla hasta prender las máquinas. Le agradecieron su colaboración, especialmente en el último minuto del desayuno cuando se le pidió terminar de comer, fue el último en el comedor, no solo de los estudiantes sino también de los trabajadores.
Se metió en su cama, apagó la luz y empezó Doguix a entender a ciencia cierta y en carne propia la importancia de la inteligencia con la experiencia que había vivido estos dos últimos días. Antes pensaba que la inteligencia iba aumentando de una forma natural a la misma velocidad. En verdad nunca había tomado un momento para pensar esto, no era su edad pero descubría como un nuevo elemento de la tabla química, el efecto de la interrelación social, sus distancias eran las valencias y sus efectos los componentes atómicos. Este descubrimiento lo emocionó por varios días, no discutía el tema con nadie porque lo vivía como una confidencia. Era algo que lo hacía sentir como un alquimista del conocimiento, llegó a saltar de la cama como un griego antiguo en su bañera para dar un grito que correspondiese a lo que amasaba con su materia gris, al atrapar al fin lo que tanto lo hizo incomodar con tanto interés y gritó:
“Bingo! La vaina es alimentar el cerebro sin que el ego nunca se dé por enterado, ese es el punto topológico del vivir feliz. Todo esto que uno vive es parte de nuestra inteligencia y así entonces nuestro cerebro no es solo lo que pensamos, es todo esto”.
Pensó en toda su familia, pensó en el fútbol, pensó en el estómago, pensó en Max quien aún no llegaba, en sus amigos, en el ambiente, pensó en el frío, pensó en la comida y sonrió levemente, pensó en un hilo, pensó en una nube, pensó algo más, rezó como siempre lo hacía antes de quedarse dormido, pidió la bendición:
“Bendición Mamá, Bendición Papá, Bendición Tía Ka, Bendición Tío Al, Bendición Tía Mu, Bendición Tío Re”,
Y como todas las noches relampagueó en su mente:
“Jowi-Charro-Edhen-Rial-Pegeor-Doguix-Gilar-Tadav-Leal-Romi-Rayan- Anchri- Mamá-Papá-y-Alati”, sin parar, ni respirar. Y volvió a pedir la bendición a sus padres:
“Bendición Papá, Bendición Mamá”, le salió una lágrima que trajo unas más con ella para que suavemente el sueño parase el grifo en sus ojos.
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