Una madre que emigró.

Una madre que emigró.

Mi nombre es Ana María Uzcategui, nací en Valera estado Trujillo, Venezuela. Soy profesional, de 52 años de edad, con tres hijos maravillosos, nunca pensé que iba a vivir una experiencia como lo es emigrar. 

Comienzo por explicar que mi viaje a Ecuador se inició como un plan de vacaciones, ir a ver a Hermes, el mayor de los tres. Meses atrás había decidido salir de su país para comenzar de cero en busca de una mejor calidad de vida, ya que para nadie es un secreto la situación actual que atraviesa Venezuela, sobre todo para los jóvenes es casi imposible crecer profesionalmente.

Tres meses, ese era el plan, pero conforme iban pasando los días y en vista de lo difícil de la situación económica, inseguridad y problemática de mi país tome la decisión de quedarme y convertirme en emigrante. Una venezolana más que quería darse la oportunidad de crecer, ayudar y aportar a su familia, sobre todo a mis hijas, Erika y Andrea que había dejado con todo mi dolor en Mérida.

Con Hermes, alrededores de Yahuarcocha. Imbabura, Ibarra, Ecuador

Reencontrarme con mi hijo fue hermoso, a pesar que no era mucho tiempo sin verlo, puesto que habían transcurrido solo seis meses, para mí era una eternidad. Así comenzó mi historia en Ecuador, lindo país, provincia de Ibarra conocida como la “Ciudad Blanca“, por sus fachadas blancas, segunda ciudad de Latinoamérica donde se respira el aire más puro. De gran importancia cultural, hermosos paisajes, sitios encantadores, que, aunque no tuve la oportunidad de conocerlo todo, si pude disfrutar de sitios maravillosos. También encontré en el camino bellas personas, muy agradables que me brindaron apoyo, cariño y compañía en esos momentos tan difíciles donde te sientes triste, sola, en un lugar completamente desconocido y extrañando todo lo tuyo, todo lo que dejaste atrás.

Como todo, nada es fácil ni sencillo, comencé una nueva etapa de vida, conseguí un trabajo medio tiempo totalmente diferente a mi campo laboral, comencé a guerrear, día a día, a aprender cosas nuevas, a enfrentar situaciones desconocidas pero que me llenaron de mucha experiencia tanto a nivel personal como profesional.

 También conocí personas egoístas, incomprensibles, con un concepto errado de quienes somos los venezolanos, no entienden que no vamos a otro país a quitarles nada a nadie, ni a ser mejores, solo vamos en busca de una mejor calidad de vida. Esas situaciones difíciles y personas insensibles, te ayudan a crecer y a comprender que nada de lo que te propongas es imposible, que debes superar todos los obstáculos, ser fuerte y seguir adelante siempre con la frente en alto y cumplir con tus metas.

 Luego de siete meses, de vivir con mi hijo en Ibarra, de salir a trabajar día a día, se me presentó la oportunidad de viajar a la capital Quito, llegar a un sitio familiar para cuidar a mi linda sobrina Camila. Fue muy difícil al principio lidiar con su carácter, con el tiempo se ganó todo mi amor y cariño, hoy día la extraño muchísimo. Ella y su mamá me brindaron todo, me abrieron las puertas de su casa, me dieron cariño y compañía. Cuidarla fue una gran experiencia que no había vivido con mi hija menor por salir a trabajar desde que ella estaba muy pequeña. Gracias a Andrea, madre de Camila, conocí a William su pareja de nacionalidad ecuatoriana. Una gran persona, quien me dio la oportunidad de trabajar en la empresa de la cual él estaba a cargo. Así comencé otra etapa que superar, un nuevo sitio, nuevas personas, un trabajo totalmente ajeno a mi profesión, pero que no por eso era menos importante, tenía igual grado de responsabilidad y nueva experiencia que superar.

 También conocí maravillosas personas, grandes compañeros de trabajo, unos paisanos otros no, pero todos con buenas intenciones de ayudar y brindarme su amistad, a quienes agradezco profundamente su apoyo y compañerismo.

 Así transcurrían mis días, en la mañana trabajando en la empresa, por la tarde cuidando a Camila. Haciendo de cada día una nueva experiencia, tratando de no doblegar, de no pensar en lo que entristecía, de no poder ver a tus hijos, de querer abrazarlos y estar con tus seres queridos, tus hermanos, tu pareja, de extrañar todo lo que dejaste, desde lo más simple hasta lo más imprescindible, tus cosas, tu cama, tu trabajo, tus compañeros y amigos.

 Pasaron cinco largos meses más, viajando cada dos o tres semanas a la provincia de Ibarra a visitar a mi hijo y sobrino que se había unido al mundo de los emigrantes. Doce meses en comunicación a través de una pantalla la cual te hace sentir impotente de no poder abrazar y sentir a esos seres que extrañas tanto, de ver sus caritas y aunque te digan mamá todo está bien, sabes perfectamente que no es así. Y lo sabes porque tú también tienes que fingir, tienes que ser fuerte, animarlos. Créanme que esa es la parte más difícil de esta historia, luego al estar sola llorar, desahogarte y darte fuerzas tu misma con la esperanza de que pronto todo pasará

.La llegada de mi hija Erika a Quito, alivió mi dolor. Aunque ella crea lo contrario, una madre quiere a sus hijos por igual, cada uno tiene su personalidad y ocupan un lugar especial en el corazón. Ella es la más parecida a mí, tanto físico como de carácter. Fue un reencuentro muy emocionante, después de tanto tiempo volver a verla, abrazarla, besarla, sentirla era una emoción inexplicable, como volver a darle vida a mi corazón, aunque aún faltaba otro pedacito por llenarse, quedaba el vacío de Andrea, la menor, a quien extrañaba muchísimo. Compartí y tuve vivencias muy lindas con Erika, todo esto nos ayudó a unirnos más, a estar más pendientes cada una de la otra, paseamos, conocimos y hasta trabajamos juntas.

Con Erika. Basílica del Voto Nacional. Quito. Ecuador

Así viví con ella siete meses, ya para ese entonces tenía año y siete meses fuera de mi país, y me sentía ansiosa, no me sentía cómoda, estaba entrando en una etapa de depresión, si bien es cierto tenía mis dos hijos mayores conmigo, me faltaba la más pequeña, sentía que debía estar con ella que, en su etapa de adolescencia, que me necesitaba. Estaba a punto de graduarse de bachiller, fue entonces cuando tomé la decisión de regresarme a Venezuela, y un 24 de julio del 2019 arribé a mi hermoso país. Toda vivencia pasa por algo, tiene un porqué, una experiencia y un aprendizaje. Mi vida como emigrante me sirvió para valorar, madurar y entender que no importa donde estés lo único que tienes en la vida es tu esencia, tus valores los que te enseñaron desde pequeña. Es algo que llevas contigo siempre, sobre todo tu humildad, eso que te hace ver que cualquier trabajo digno que hagas no te hace menos que nadie, al contrario, te hace ser cada día mejor.

Que es una dura experiencia sí, en primer lugar, porque pasas por la situación difícil de separarte de tus familiares, es similar a vivir un duelo, una sensación de pérdida.

 En segundo lugar, te toca enfrentarte a la xenofobia, la discriminación es muy dura tener que lidiar con esto, y en tercer lugar debes adaptarte a otras culturas, cultivar nuevas amistades e intentar hacer de unos pocos metros cuadrados, un hogar

.Aprendí que no hay nada mejor que tus raíces, tu país, el sitio que te vio nacer, crecer y realizarte como persona y como profesional.

 Emigrar es duro, pero te hace fortalecer.

Reencuentro con Andrea. Mérida. Venezuela

Así comparto mi historia y se la dedico a todas esas personas que están pasando como yo lo viví, por toda esta experiencia, les digo fuerza y ánimo que siempre hay una luz al final del túnel.

Ana Uzcátegui.

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Un comentario en “Una madre que emigró.

  • el 12 julio 2020 a las 15:13
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    Me emociona mucho leer las palabras de mi madre en un blog de emigrantes, cuando ella nunca imaginó tener alguna vez ese rol es su vida. Les invito a leer estas palabras y se identifiquen con ella, tengan hijos o no, hayan emigrado o no, es un pedacito de nuestra realidad venezolana.
    Lo mejor de emigrar es que te hace valorar, lo que antes era invisible a los ojos.

    Gracias Emigreat!

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