Sobre el confín de un alba incierta,
el alma errante, con fe, se desvela.
Deja la cuna, la raíz desierta,
buscando un sol que el porvenir revela.
El sendero es vasto, de sombras y abrojos,
tejido de adioses, de sueños rotos.
Cada pisada, un nudo en los ojos,
entre voces ajenas y rostros ignotos.
La mirada esquiva, el juicio velado,
la puerta entreabierta, mas no franqueada.
Sentir el desaire, el ser desterrado,
un eco silente en la senda hollada.
Más el espíritu, indómito y fuerte,
no cede al desánimo, no se doblega.
Con cada caída, desafía la muerte,
la llama interior que jamás se apaga.
Y llega el instante, la pugna culmina,
cuando el muro cede, la voz se alza.
La sociedad, al fin, su acogida inclina, y
el derecho florece, la vida renace.
Entonces la calma, la dulce victoria,
de ser reconocido, de pertenecer.
La plenitud sentida, la propia gloria,
de haber forjado un nuevo amanecer.
El alma migrante, con dignidad serena,
se arraiga, florece, ya no es forastera.
Un puente tendido, una senda plena,
un sueño labrado, una nueva quimera.