De Joseph Brodsky siempre se ha dicho que fue un absoluto genio. Llegar a los quince años, dejar el colegio y decidir formarse de manera autodidacta da pistas sobre quien pudo ser. Mucho antes de eso, incluso antes de abocarse a su propia enseñanza (y precisamente por esto) le expulsaron de mil escuelas (concretamente se cuenta que fueron siete), lugares imposibles de adaptarse (y no al revés) a la personalidad única del que muchos consideran el máximo autor ruso del siglo XX.
Menos conocido que Boris Pasternak, otro Nobel y autor de Doctor Zhivago, su lirismo de influencia occidental (entre sus dioses estuvieron la mayoría de miembros de su «canon»: desde Homero hasta T.S. Eliot) fue sentido como una amenaza por el Estado soviético. Si aquel Estado le había expulsado de niño de sus escuelas, aquel mismo Estado le expulsó de adulto de la vida pública, condenándoles a cinco años de trabajos forzados por «parasitismo social», que fue la forma comunista de denigrar y confinar su indomable espíritu libre.