Sin salida de Verónica Boletta.

Sin salida de Verónica Boletta.

Pablo atravesó el lobby del Hotel 18X sin inmutarse. No lo amilanaron ni el boato, ni la historia acumulada entre esas paredes. Con voz firme se anunció en la recepción respondiendo la muda pregunta que bailaba en el rostro sonriente del empleado:

—Soy el Dr. Pablo Zaldívar. Tengo una reserva a mi nombre.

Complete los formularios de rigor con la letra ilegible que supone la caligrafía de todo médico.

—Su habitación es la 308. Lo guiaré hasta ella —indicó un botones surgidos como por arte de magia desde algún lugar imperceptible. Y dicho esto, cogió el equipaje y se encaminó al ascensor más próximo.

El trayecto fue tan breve como veloz. El buen doctor sintió un ligero vahído y un zumbar en sus oídos. Un efecto retardado del vuelo —pensó, restándole importancia. Quizás fuera el malestar, tal vez por obra de una premonición, advirtió que el pasillo o mejor aún, que el ambiente del pasillo, era histórico. No se trata del estado de conservación del edificio. No. Allí se respiraba el oxígeno de los albores del siglo XX.

Sacudió la cabeza en un vano intento de despejar sus ideas al tiempo que despedía con una suculenta propina al botones.

Giró el picaporte y la gruesa puerta pasó bajo su acción. La 308 guardaba las amplias proporciones de antaño. Depositó el equipaje en el guardamaletas y se sentó en la cama tanteando el colchón. Es perfecto —se dijo satisfecho. Justo lo que necesito para reponer energías antes de la conferencia.

Un rumor desvaído llamó su atención. Su curiosidad lo llevó hacia la ventana. Unos metros más abajo, las aceras bullían. Quiso hacerse uno con ese torbellino vivaz. Intentó avanzar hacia el balcón y permitir el paso de rayos tibios y energía. El pestillo no pasó ante su esfuerzo. Estoy encerrado —susurró en su cerebro. Movió las manos cacheteando el aire, como quien quiere causar un huracán, un viento voraz que trague presagios.

Soy un ser racional —se recordó a sí mismo. Y para despejarse y recuperar la compostura decidió tomar una ducha reparadora. El agua caliente se escurría por su espalda y le aflojaba los músculos. Giró lentamente la cabeza hacia uno y otro lado. La tensión desaparecía de sus hombros. Creyó ver, con el rabillo del ojo, una frase escrita en el espejo. El vapor nubla mis sentidos —pensó al tiempo que anudaba el toallón a su cintura. En el cristal, una letra tan despareja como la suya, anunciaba: «Nadie sale vivo de aquí».

Tras el baño, de mejor talento, cogió el móvil dispuesto a llamar a Sonia, ponerla al corriente, contarle lo aburrido de su vuelo, su cansancio. Se disponía a entablar una conversación tan anodina como tranquilizadora, de ésas que sostienen los matrimonios de treinta años. Pero no. La pantalla táctil no responde a sus dedos. No insistió. En la mesilla descansaba un teléfono a la vieja usanza. A un lado, un cartel indicaba las instrucciones de uso: «marque cero para comunicarse con la conserjería». Pulsó la tecla y un aullido respondió del otro lado de la línea.

Lívido, con los músculos agarrotados y alertas, llegó en dos saltos a la puerta. Asió el picaporte con la urgencia de los ahogados. Cedió. El mecanismo giró localmente como las hélices de un helicóptero. La puerta permaneció cerrada, impasible.

Su sangre se debatía entre las sienes y el pecho. Las paredes se acercaban, amenazadoras. Estaba en una celda de aislamiento, en el hotel regenteado por Jack Nicholson o peor, en un motel al costado de un camino de mala muerte al mando de un tal Bates.

Una gota de sudor rodó desde su nuca recorriendo el camino de la columna vertebral. Tras ella otras siguieron. Un río de transpiración helada lo empapó. Clavado en el piso, la voluntad se negaba a obedecer sus órdenes. Los músculos no le pertenecen. Instintivamente miró hacia arriba buscando al titiritero, sabiéndose marioneta de un dios bromista.

Un miedo vivo comenzó a crecer en sus entrañas cual pulpo. Sus tentáculos estrujaron el corazón. Exprimieron el jugo rojo. La boca sin dientes del monstruo que lleva dentro bebe su sangre, sorbe por sus venas.

El personal del piso lo descubrió en la mañana. El cuerpo estaba tendido junto a la puerta; seco, convertido en pasa .

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