— ¿Cuándo llegó usted a esta ciudad?
— ¿Qué día es hoy?, ella repregunta
—Jueves 10 de junio
— Entonces debí llegar el martes, dice y hace cuentas mentales.
“Primero me llevaron a un sitio, luego a otro, luego a otro donde finalmente me pude bañar. El primer centro no tenía las mejores condiciones, pero me trataron como a la joya de la corona. La verdad no me puedo quejar. Ya no me quejo de nada”.
Aunque los migrantes venezolanos que usan Del Río para ingresar a EEUU no saben los nombres de los lugares a los que les llevan una vez que son recogidos por las unidades de la patrulla fronteriza, el proceso suele ser el siguiente:
Los trasladan inicialmente a un centro de procesamiento de CBP ( policía fronteriza) donde les toman las huellas digitales para verificar si tienen antecedentes penales, les hacen entrevistas para ver si su caso califica para la solicitud de asilo. Posteriormente, si hay que esperar los pueden enviar a una instalación de ICE , que es el servicio de migración y control de aduanas de EEUU. Dependiendo del caso, luego pueden ser trasladados a la sede del Val Verde Border Humanitarian Coalition, donde reciben apoyo para llamar a familiares y orientación sobre cómo actuar al llegar a la ciudad donde les esperan familiares o amigos.
El proceso de legalización en el país apenas inicia y cada caso es diferente. A algunos se les otorga un permiso para adentrarse en territorio estadounidense con el compromiso de presentarse ante el juez de migración. Todos los migrantes venezolanos consultados se están acogiendo a la figura de asilo.
A la profa se le ilumina la voz y la mirada cuando habla de sus cuatro nietos, los que parió su hija la del medio, los que hacen esculturas y música. Los que emigraron a Estados Unidos hace cuatro años porque “se metían en las protestas y en cuanta marcha había”. Ella no quería que terminaran muertos como su tío o como otros jóvenes de su edad.
Pero otra vez su voz se vuelve un hilillo cuando recuerda una obra de su nieto menor. Una escultura que hizo en la escuela y que le mereció un premio. Un corazón. Inspirado en Neomar Lander, el adolescente de 17 años que soñaba con una Venezuela mejor y que fue muerto el 7 de junio de 2017 por el impacto de una bomba lacrimógena disparada a quemarropa por agentes de la Policía Nacional Bolivariana.
“Salí inicialmente de Venezuela porque ya ni con dinero podía comprar comida. Y eso que cerca de donde vivía hay un bodegón. Pero llegó un momento en que le pedí a mi hijo: sácame de aquí. Él ya estaba en Quito y me quedé inicialmente allí porque mi sueldo de profesora jubilada no me daba para más”.