EN UN NIÑO LA HUELLA …

EN UN NIÑO LA HUELLA …

Por Valentina Oropeza

El gobierno de Trinidad y Tobago deportó a 16 niños venezolanos y a sus madres en dos lanchas, el domingo 22 de noviembre, después de detenerlos cuando entraban a la isla sin visas. Regresaron a Trinidad al día siguiente y permanecen aislados en cuarentena por el coronavirus. La defensa alega que buscan protección por razones humanitarias y pide que sean reunificados con los padres que están en Trinidad. Sin embargo, el gobierno del primer ministro trinitario Keith Rowley los considera migrantes ilegales y exige que regresen a Venezuela. Al menos seis de los niños tienen medidas de protección de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Se espera la decisión de la justicia trinitaria.

Mi hijo se llama Fabián Jesús Uricare Hernández. Tiene 12 años y está solo. Es uno de los 16 niños que llegaron a Trinidad en lancha desde Venezuela y fueron deportados. Después regresaron y ahora los tienen en cuarentena por el covid. Aunque en el bote venían unos primos de mi hijo, siento que está solo porque su mamá y yo estamos aquí. 

Los niños llegaron a Trinidad por primera vez el martes 22 de noviembre. Los botes salieron de la Barra, la zona donde el río Orinoco desemboca en el Mar Caribe. Llegaron a las seis o siete de la mañana, había policías patrullando y los agarraron. Se los llevaron a una comisaría en Erin, lejos de Puerto España, donde estábamos nosotros.

El primer día no pudimos ver a Fabián porque era muy tarde. Nos llevamos su ropa mojada y el bolso. La señora de la policía nos dijo que fuéramos temprano al día siguiente, que ella estaría de guardia. Fue muy humana y nos ayudó. Dejó salir al niño. Su mamá y yo pudimos abrazarlo y nos tomamos una foto con él. Cuando lo vi, me di cuenta de que estaba más flaquito de lo normal. Le dimos esperanza de que se iba a quedar aquí y le dejamos ropa nueva. 

El segundo día le llevamos comida, fruta, chuchería, agua, refresco. Él no estaba asustado. Nos dijo que nos amaba y nos extrañaba mucho. Que le lleváramos comida, que no le diéramos arroz ni espagueti, quería papas fritas y pollo frito. Le llevamos uvas, manzanas y peras. En Venezuela eso es impagable, pero aquí sí se puede comprar. Cinco manzanas cuestan 20 titi, como 8 dólares. Gastamos más en el pasaje, 80 o 90 titi para ir hasta Erin, unos 10 dólares. Agarramos cinco carros y tardamos dos horas. Ese día Fabián nos dijo: “Me siento bien, pero estoy preso”. 

El tercer día nos dejaron pasar para entregarle las cosas. A algunos niños les dio diarrea porque estaban tomando agua de tubo. A él también le dio. Le llevamos medicamentos, pastillas y suero para el estómago. Me dijo que tenía ganas de ir al baño, pero estaba sucio. “Papi, no me puedo sentar allí”. Le dije que no podría visitarlo al día siguiente, el domingo, porque el transporte era difícil. 

El domingo trasladaron a los niños al muelle donde llegan las personas que entran legalmente. Estaba lloviendo durísimo. Nos enteramos de que los iban a mandar de vuelta a Venezuela porque otros representantes de repente dijeron: “Los van a deportar”. Yo estuve allí y le tomé fotos a la embarcación. Le mandé la foto a un amigo y me dijo: “Coño, mano, si el bote está parado ahí se va a hundir porque seguro tiene un hueco”. Al ratico, aparece una persona sacándole agua al bote. Hice un video. Tengo la foto donde estaban los botes parados y el chamo que los llevó dijo que los motores estaban malos, que ellos mismos, los policías, los rompieron y después medio los arreglaron. Él me dijo que apenas salieron, los motores empezaron a echar vaina. Se los llevaron remolcados.

Yo tenía miedo porque llovía mucho. También me dio rabia. ¿Por qué tenían que tirarlos al mar así? Son niños. Mi esposa fue a hablar con una abogada que ya tenía el caso. Otros representantes la llamaron porque ella había sacado a una chama y a unos niños venezolanos. Ahí fue cuando todo explotó, todo el mundo se enteró. 

Cuando decidimos que Fabián viniera en lancha, le dije que tuviera calma, que sería un paseo. Es muy fuerte y muy inteligente, capta todo lo que uno le dice. Aunque lo mandé con las personas que yo conocía del bote, por un lado, quería traerlo y por otro no. Le dije que yo iría en diciembre y me respondió: “Papi, quiero ir a Trinidad porque estoy flaquito. Lo que quiero es engordar y que me compres cosas. Yo me vengo o tú me traes”. Le dije a su mamá que Fabián quería que lo consintieran. Nos extrañaba y quería vernos. Él estaba con unos primos, unos morochos de su misma edad, y ellos se vinieron a Trinidad.

Un primo mío, otro chamo y yo pasamos toda la noche tratando de comunicarnos con alguien en la Barra para averiguar cómo estaban. No dormimos, llamamos desde la calle porque no nos devolvimos a la casa. Ellos iban a llegar a la Barra de Macareo. El muchacho del otro bote que se los llevó remolcados iba para esa barra. Llamé a unos amigos y les dije que me avisaran cuando llegara la embarcación porque allí estaba un hijo mío. 

Me llamaron y me contaron que los indígenas ayudaron a los niños. El chamo que los llevó también. Les dieron agua y comida, los pusieron en un palafito. Los trataron mejor donde no hay que donde hay. En un pueblo indígena donde lo que hay es pescado. El chamo me contó que en la Barra una harina de trigo Blanca Flor cuesta diez dólares. Una harina PAN cuesta cinco dólares. Si vas a Tucupita desde la Barra tienes que pagar a los guardias para que no te decomisen lo que tienes, y estar pendiente de los malandros para que no te roben. 

El muchacho que los llevó es venezolano, muy humano, buena persona. Ha ayudado a mucha gente a pasar para acá. Hablamos por videollamada. “¿No te acuerdas de mí? Fuimos mototaxistas juntos en Tucupita”. Me dijo que se escondieron un rato en el monte porque pasó la Guardia Nacional. 

Dependiendo de los motores y el peso de la gente, uno sale de Tucupita en lancha y se echa dos horas como mínimo para llegar a la Barra. A veces hay que esperar, algunos se echan hasta ocho horas. En la Barra el agua es oscura y hay pescado de río y de mar. Allí iban pescadores en ocho o nueve botes y siempre había indígenas. Pero por la falta de gasolina, los indígenas se fueron. Este año, la Guardia tumbó los palafitos. Con los motores de ellos, les pegaron mecates y los echaron abajo porque ahí se refugiaba la gente que cruzaba a Trinidad. Creo que lo hicieron para que la gente no se escondiera. 

Desde la Barra ves la luz roja de un faro que está como en el medio del mar y el reflejo de las luces de Trinidad. Hay un barco hundido en aguas venezolanas. Ese punto se llama Macareo. Cuando uno llega a la playa en Trinidad, agarra pa’l monte. Luego te busca algún amigo en carro. Por ese viaje de Venezuela a Trinidad están cobrando entre 250 a 300 dólares. 

Nací en San Félix, pero he vivido en Tucupita desde los ocho años. En Venezuela era taxista. Tenía tres carros: un Nissan, un Baby Camry y un Hyundai. Los puse a trabajar de taxi. Pero vino el tiempo en el que el gobierno vendía los cauchos y las baterías. Como éramos una cooperativa privada, nunca nos dieron ese beneficio porque no nos uníamos al gobierno. Entonces todo se puso más caro y más difícil. Se me acabaron los ahorros. Vendí un carro y con eso compré una lavadora y una neverita. Uno de los carros quedó desarmado, sin cauchos ni batería. Y el otro lo tienen mi papá y mi mamá, para que no anden a pie. No están tan viejitos, pero sí están solos. Somos tres hermanos y todos vinimos a Trinidad.

Mi esposa y yo tenemos tres hijos: Fabián, de 12 años, Susé de 7 y Sebastián de 2. Susé y Sebastián se quedaron en Venezuela con la abuela, que es una señora mayor, mientras nosotros hacíamos dinero. Tengo tres hijos más, la mayor tiene 18 y está aquí conmigo. Yo me vine primero, con la idea de trabajar y volver. Me traje un bolsito con ropa de trabajo, pantalones y chores. 

Apenas arreglé los papeles, fui a Venezuela para ver a mis hijos, me hacían mucha falta. Cuando llegué a Trinidad en 2018, mi primer sueldo era de 1000 titi semanales, que son como 120 dólares. Trabajaba como albañil y ganaba 480 dólares al mes. Mandaba 50 dólares cada semana y alcanzaba para mantener a mis seis hijos, mi esposa y mis padres. Todos comían con eso. El dinero me alcanzó hasta para mandar cuatro cauchos y una batería en lancha a Venezuela. Ahora gano más y no me alcanza para todo.

La misma gente que llevó a los niños a la Barra, los trajo de vuelta a Trinidad el lunes 23 de noviembre. Cuando llegaron, los aislaron por el covid y nos dijeron que estarían fuera en 14 días. Ese plazo se cumplió este martes (8 de diciembre). Pensábamos que los iban a dejar libres, porque ya les han hecho tres pruebas y todas dieron negativo, pero nos dijeron que se quedarán en cuarentena una semana más.  

No sabemos cómo están los niños, no los hemos visto, no sabemos si les entregan la comida que uno les deja. Yo le he llevado a mi hijo su conflé, latas de atún, pan, chucherías, galletas. Uno llega a la puerta, entrega las cosas, y se va. No se puede ver ni siquiera de lejos. 

Un primo tiene a la esposa y tres niños ahí. Habló con ellos hace como tres o cuatro días. La esposa dijo que a veces les dan comida picante. Lo hacen adrede. No les importa que sean niños. 

Cuando preguntamos por qué teníamos que esperar una semana más, nos dijeron que una niña tiene orden de deportación porque su mamá no tiene registro. La mamá de Fabián y yo sí tenemos papeles en Trinidad. Ella entró legalmente con su pasaporte y yo tengo mi registro del Acnur y estoy en el registro del gobierno, con mi permiso de trabajo. 

Lo que pido es que no tengan a mi hijo encerrado más tiempo como un delincuente. Al menos que nos dejen verlo a distancia o por un vidrio, que nos permitan hablar por teléfono. Quiero decirle: “¿Qué necesitas, hijo? Yo te lo llevo”. 

Jesús Uricare, 38 años

Papá de Fabián Uricare, uno de los 16 niños deportados por el gobierno de Trinidad y Tobago.

Tomado de Prodavinci – diciembre 11 – 2020.

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