Capítulo XI
Una Lluvia Galáctica.
Llegó su día de cumpleaños, ese fabuloso día de antes cuando estaba en casa, era ese día un día que quería brincar ese día de fecha.
“Ese día voy a dormirlo completo”, se dijo Doguix el fin de semana anterior como preparándose para lo peor. Y así resultó, complicado como siempre, cuando planificaba fríamente algo.
Se despertó a las doce de la madrugada y no volvió a cerrar los ojos hasta la siguiente medianoche en punto.
Empezó a dudar de que el cerebro estuviese concentrado en un solo sitio, ese día creó una hipótesis al escribirle a su Mamá, de que el cerebro estaba distribuido en el cuerpo y en todo el sistema que nos rodea. Viéndose feliz por la prueba que vivía de su hipótesis, ese mismo día de su cumpleaños la elevó a teoría, por la ayuda del Sol, una verdad que no llegaba a tocar como quería pero que vivía la verdad en la sangre.
Era la primera vez que pasaba su cumpleaños fuera de casa, le cantaron por teléfono todos reunidos desde casa. Las lágrimas eran de teléfono a teléfono, igual que las risas por la realidad que vivían. Se preguntó por qué gastaban tanto dinero en conocer la conducta humana en el espacio arriesgando vidas al enviar astronautas en verdaderas máquinas que iban y venían, si aquí dentro del planeta había tantos terrenautas como él, que se encontraban fuera del espacio familiar con las realidades de un nuevo espacio en una continua confrontación de adaptación. Y era aún mucho más complejo ya que el terrenauta repite a diario la experiencia de los nativos de América cuando los europeos volvieron a equivocarse, esta vez en la ruta a seguir. La química que reaccionó internamente en los Nativos americanos, Colon y su banda la podía descifrar en ecuaciones que serían muy sencillas de expresar para Doguix. Los terrenautas conocen a la perfección las estrategias y caminos a reproducir con el objetivo de mantener la danza espiritual-física-humana en línea con la felicidad de la gente que los quiere.
Durante esos días, Doguix necesitaba otra prueba más para sus teorías humanas y pensando en la próxima prueba, rezó, pidió la bendición y se durmió. Al abrir los ojos oyó que era Navidad. En el nanosegundo que hizo click de ésta noticia en su sangre, lo primero que hizo fue:
“Glug!”.
Tragó largo, dio uno, dos, tres pasos y se apoyó en el primer mueble que se le acercó y lo apretó con menos cariño pero con más seguridad que cuando apretó la primera vez la mano de Kati. En ese momento sintió que estaba pasando por una lluvia de meteoritos donde sabía lo que venía y que era otra vez “una primera vez”. Tuvo que adherirse a los controles y concentrarse para atravesar entre las veloces rocas evitando un golpe de frente. Era lo único que sabía, evitar cualquier choque de frente. Cuando entró en razón y antes de soltar el mueble, extendiendo su mano como cualquier buen humano, se dijo:
“Pendejo, ¿Querías otra prueba?”.
“Toma tu tomate!”,
Se respondió el mismo.
Operación de Reimplante de Células.
En el instituto de idioma para los extraterrestres venidos del espacio se les informó que había una lista con el propósito de ser invitado por una familia de la ciudad durante los días de Navidad. Doguix fue el primero en la lista. Nunca había hecho algo con tanta claridad antes, ni cuando besó a su primera amiga en el colegio. Cada día pasaba viendo la lista y veía que eran más de uno los que estaban en la misma lluvia de meteoritos. Se veían entre ellos en la cara y sin decir una palabra se comunicaban el mismo mensaje: ”uf!, roger!”.
Cuando el último día de clases se asomó, al siguiente no había un alma en los edificios universitarios. Se dijo:
“Coño, igualito que en los stadiums cuando termina el partido, en dos minutos las gradas están vacías”.
Ahí fue que también entendió que estudiar era como un partido de fútbol. Los que se quedaron atrás en las gradas, esperando por el día de ir con las familias que les extendieron la invitación de hospedarlos durante las fechas Navideñas, se buscaban con la misma inocencia de los niños en una sala médica de espera. Y además se decían silenciosamente:
“Ojalá, sea yo el primero en salir de aquí!, pobrecito el último”.
Doguix fue el último. Esos minutos entre el penúltimo y él fueron diez años de espera, llegó hasta reclamarle al muchacho que vino a buscarlo, en un español claro y continuo. Deseó por segunda vez que la persona que lo oía comprendiese hasta el más mínimo detalle, andaba molesto.
Al llegar a su casa el muchacho le dijo en un excelente español que todos en su casa le daban la bienvenida. Doguix les agradeció mucho el gesto, especialmente luego de ser el último en salir de la residencia. Cuándo pensó lo que debía sentir el muchacho por todo lo que le había recitado en la residencia, se dijo:
“Mañana hago tres goles!”.
Nunca se sintió mal de sus palabras y mucho menos luego de lo que vivió en esa extraña familia. Doguix escribió en una hoja:
“Esta experiencia es lo que vivirán los astronautas al encontrar otros seres vivientes con quienes podremos interactuar. Unos serán amables, otros serán tímidos, otros inocentes, otros naturales, otros mal educados, otros serán molestados”.
A pesar que el inglés de Doguix seguía en zona roja, sintió que esta vez se había colocado un casco espacial para poder respirar oxígeno, oxígeno humano. En esa casa no había aire que le permitiese a Doguix sobrevivir. Se sentaban alrededor de la mesa de comer y era como, “yo como aquí y tú como yo, comes allá”. Nadie le dirigía la palabra. Doguix envió algunas señales informando a los de la mesa redonda que tenía cierto nivel de caracteres de comunicación:
“please, water pass, thanks”.
Así fueron esos días, El papá de la casa no se alejaba del periódico, la hermana mayor no se veía y cuando se veía no lo veía. El muchacho le hablaba en las noches en español explicándole su fe religiosa, La mamá trataba de ser amistosa pero eran ráfagas como un cometa. Veía el reloj y contaba cinco, cuatro, tres, dos, uno, cero, ahora! Y ahí se aparecía a decirle algo. Con la señora de la casa se sintió como sir Harley. La única persona con quién se sentía invitado era la hermanita de tres añitos. Ella reía con sus gestos, le entendía sus muecas. Pero no duraba mucho el show. Siempre alguien le bajaba el talón, se acercaba y se la llevaba. En esos momentos entraba a su cuarto y buscaba otro tanque de oxígeno ya que se lo vaciaban rápidamente esas conductas. O tal vez, porque a veces pellizcaba a la niña para comprobar las dudas que le entraban durante esas largas noches tratando de hacer sentido a la jornada.
“¿Serán robots finalmente esta “gente”? O ¿se transformaran varias veces al día?”.
Pero el gemido de la niña le indicaba que la composición era muy parecida a la de él.
Samantha era otro tanque de oxígeno que lo liberaba de esa casa seca donde tenía que mantenerse para evitar el castigo mayor de pasar la Navidad en la abandonada Residencia. Ella tocaba a la puerta de la casa con la misma sonoridad. Doguix reconocía estos golpes a la puerta como cualquier perro casero, al primer paso audible de sus pies, hasta una vez que andaba en su tercer sueño y las notas sonoras compuesta por Samantha entraron en la historia que lo entretenía en su descanso y desde el punto más profundo del sueño despertó.
Samantha y Doguix siempre regresaban a la casa en una hora apropiada como cualquier pareja de muchachos de los años cincuenta en su primera salida. Se despidieron antes de Noche Buena, Samantha salía con su familia hacia la capital para pasar el mes decembrino.
A Doguix, desde pequeño, su Madre le enseñó a rezar, ahora era él quién tenía que enseñarse y cada vez que quería hacerlo, la gente que lo hospedaba le tiraba una red como a un pez en cultivo artificial. Doguix sentía el peso de la red pero sus Padres y hermanos habían logrado construir individuos libres y conscientes basados en los conceptos puros de familia, de libertad individual y de libertad entre humanos; esto le agilizaba el escape entre los hilos metálicos.
Doguix se mantuvo asistiendo a su Iglesia, lo necesitaba. El propio 24 de Diciembre amaneció, se levantó, se bañó, lo llamaron a desayunar.
“ Ahí voy de nuevo!”, se decía. Comió y al finalizar cuando estaba ya en el cuarto vino el muchacho a decirle en su perfecto español que su Padre se sentía enfermo del corazón y que tenía que abandonar la nave inmediatamente. Doguix le agarró una pierna fuertemente y le dijo,
“Verga, si pueden solamente sacarme de aquí”.
Pero a pesar de usar la estrategia de gato para convencerlos que retrasasen 24 horas más ésa idea, se encontró de nuevo en la residencia pero peor que como “último”, ahora era como “botado”. Al salir arrastrado de la casa había visto al papá leyendo como todos los días.
“¿Qué pasó?, ¿Qué hice?”
Se preguntó y les preguntó mentalmente ahora en su cuarto perdido.
Esa fue su segunda guerra religiosa, la primera fue para hacerse de una amistad, esta era para hacerse de la compañía de una familia para la Noche de Navidad. Cuando iba en la recitación dos mil cuatro del mantra de ese día que rezaba:
“Qué bolas!…Qué bolas!…”,
Oyó un ruido rotativo. Era la manilla de la puerta, se levantó de la cama a medias y se volteó hacia la puerta esperando el propio milagro de ver a su ángel entrando para ayudarlo en ese día catastrófico y sobretodo porque aún lo peor no había sucedido. Doguix al ver la silueta se dijo:
“Este ángel no se me escapa! Lo que tengo que hacer es agarrarlo desprevenido para que no se me vaya con alguna excusa como “Perdón, cuarto equivocado”.
Se le fue encima, hizo alguna pelea ese ángel, pero tuvo que rendirse ante la fuerza de Doguix. Él estaba seguro que no existía ese día un ángel con la fuerza como para sobreponerse a la que sentía la situación que se le presentaba, la condición de “botado”.
Minutos antes había salido a pasearse por la residencia a ver si podía encontrar otro “botado” sufriendo una guerra religiosa para hacerse compañía. Lo único que le acompañaba era el viento que le hablaba para hacerlo sentir mejor pero en verdad le partía en pedazos cada vez que lo oía silbar ya que golpeaba la memoria de pueblos abandonados en su cultura de vaqueras. Menos de diez años después, su cultura de luces le hizo recordar ese momento de abandono en un pueblo misterioso leyendo una soledad que revivió durante un siglo. Decidió acelerar el paso e irse directo a su cuarto. Mientras corría en su marcha se dijo:
“No se te olvide hablar con el director de la película”.
Al voltear al ángel para ver su cara de ángel primero y luego para explicarle su motivo de lucha, vio que era otro ángel, uno de carne y hueso. Era Max su compañero de cuarto. No sufrió ninguna decepción ya que para él Max era un ángel ese día y así se lo hizo saber a él y a todo el mundo después de tantos días que habían transcurrido. Lo único que le preocupó fue ver a Max mirándose al espejo y dar unos brincos en el aire como queriendo tomar vuelo. Doguix le dijo:
“Pendejo ¿vos creéis solamente en los ángeles con alas?. Qué vaina!”.
Max le explicó a Doguix que la razón de venir al cuarto fue buscar una corbata para la Noche de Navidad. Doguix le replicó:
“Mi razón fue por el corazón del señor donde me habían invitado, no compaginaba con mi fe religiosa”.
Contaminación.
Ese día fue la segunda pierna a la que se aferró. Con esta última tuvo éxito, fue hacia donde Max caminaba, hasta llegar a la casa donde el propio Max había sido invitado a pasar el veinticuatrodediciembre. Era una familia venezolana con un par de chicas bien lindas. Doguix se sintió feliz, pero era una capa de felicidad sobre la profunda tristeza de estar tan lejos de su familia para Navidad. En esa casa todos estaban sintonizando la misma frecuencia de felicidad esos días, todos eran terrenautas. Pero hubo algo que le llamó fuertemente la atención, pero fuertemente lo guardó como secreto. Lo que Doguix notó fue que sus compañeros de viaje empezaban a dar reflejos de metamorfosis. La música de Navidad que ponían sus amigos terrenautas tendía a ser la música de la gente del pueblo raro. Doguix insistió en vestir la Navidad fuera de sus casas con gaitas y villancicos, la música de su tierra pero parte de sus compañeros silenciosamente lograban des-sintonizar la noche. Él fue a un rincón de la casa y escribió en un pedazo de papel:
“Se nos viene la noche!. Pensar en buscar un antídoto”.
Pasó la lluvia de meteoritos y su nave había sido golpeada fuertemente pero seguía manteniendo sus comandos. Lo interesante era que sintió que había cambiado de piel. Era una piel que contenía algunos tejidos de conciencia sensible a todo lo que vivía. Llegó una nueva lluvia de meteoritos tan fuerte como la anterior pero ahora volvió a cambiar de piel, ésta última tenía un porcentaje más importante del mismo tejido de conciencia gracias al 31 de Diciembre. Llegaron las clases, llegaron los reyes magos, y llegaron todos los pobladores de la residencia.