Suele atribuirse a Bernard Shaw una cita que dice: “La vida no consiste en encontrarse a uno mismo, sino en crearse a uno mismo”. La idea encaja con lo que Shaw catalogaba como “el impulso vital”. Desde su perspectiva, la vida se orienta hacia el crecimiento, la superación y la creatividad, y no hacia la mera aceptación de todo.
Así pues, desde su perspectiva, la identidad no era algo inherente. Es decir, no nacemos siendo de determinada manera; nuestra personalidad no es una cualidad fija, sino mutable. Y como tal, tenemos la obligación no de descubrirla, sino de crearla.
La idea coincide con lo que sabemos gracias a la psicología. Hay una serie de rasgos que sí parecen ser de nacimiento, lo que llamamos “temperamento”. Podemos ser más o menos sociables, más o menos sensibles. Pero lo que conocemos como identidad es algo que se construye por medio de nuestras experiencias vitales. Y es ahí donde tenemos el mayor porcentaje de control sobre quiénes somos.