Bajo este manto de agua
ya no hay piel,
solo sal que arde.
Mis manos,
vacías.
Mis ojos,
sellados por la niebla.
No recuerdo el principio,
ni encuentro el final,
se han fundido en lo mismo.
Mi nombre se ha perdido
entre las raíces
que me atan
a este suelo húmedo.
El bosque respira
y yo despacio,
sin fuerzas,
respiro con él,
pero su aliento es oscuro,
me cubre como un río sin cauce.
No quiero pensar.
No quiero soñar.
Solo arrastrar este
cuerpo cansado
hasta que el día
se digne a pronunciarme.
¿Fue mi vida un espejismo?
¿Una música lejana
que dejó de sonar
y ahora el silencio
me golpea los huesos?
Camino sin pasos,
porque el camino no existe.
Camino sin rumbo,
porque el rumbo no me recuerda.
Y sin embargo,
allá, muy hondo,
algo titila…
como si la luz
también tuviera miedo
de llegar hasta mí.
La busco,
aunque mis pies sangren,
aunque mi voz se quiebre,
aunque mi corazón
sea apenas un tambor roto
que insiste en latir.
Porque si esa luz existe,
la arrancaré de la sombra,
la apretaré contra mi pecho
hasta que queme,
hasta que todo este bosque
se derrumbe en un grito,
y yo,
Al fin,
Pueda pronunciar tu nombre.