La transición política venezolana actual…
La transición política venezolana actual: una perspectiva desde el pensamiento occidental.
Abril 7, 2026
En el Pensamiento Occidental, tradición, cultura y civilización se entienden como conceptos distintos pero encadenados. La tradición representa transmitir contenidos formados a lo largo del tiempo, la cultura es el conjunto de significados y de prácticas sociales, mientras que la civilización es la forma histórica como todo se institucionaliza y se despliega. Surgió de la confluencia greco-romana, de la tradición judeo-cristiana y finalmente de las tradiciones de la ilustración moderna. El concepto de Civilización occidental incluye instituciones como el Estado de Derecho, la democracia liberal, el capitalismo y un conjunto de valores caracterizados por el individualismo, los derechos humanos, el racionalismo crítico, etc.
En los sistemas políticos occidentales, tradición, cultura y civilización se entrelaza así: la tradición suministra el legado de las ideas (por ejemplo, los derechos, el parlamentarismo, la cultura política define como viven y como se reinterpretan y la civilización occidental es el maro histórico-institucional que lo organiza todo (Estado de derecho, democracia, mercados, ciencia, etc.) Un ejemplo clásico del “imaginario político occidental” corresponde a un Estado constitucional donde el gobierno se elige por sufragio electoral, existen partidos políticos que compiten entre sí y ciudadanos que pueden criticar abiertamente el poder sin ser perseguidos, porque la ley protege sus derechos.
Existen tensiones y críticas internas. La confrontación Libertad vs Igualdad produce tensiones entre la libertad individual y la propiedad y las corrientes socialistas que subrayan la justicia social y la igualdad. También ocurre tensión entre Individualismo y Comunidad. El énfasis en autonomía genera aislamiento, debilitamiento de lazos comunitarios lo que conduce a debates sobre el “bien común” y la responsabilidad social. Finalmente, se proclaman principios universales, y se critica que surgieron de historias de colonialismo, racismo y exclusión. Esta discusión admite la formación de otro tipo de pensamiento denominado como oriental – pero mejor calificado – como pensamiento no-occidental. Políticamente, el pensamiento occidental tiende a centrarse en el individuo, en los derechos y la limitación del poder, mientras que muchas tradiciones orientales enfatizan más la armonía, los deberes y un orden jerárquico.[1]
Vista desde esta perspectiva la transición política venezolana actual, constituye uno de los casos más complejos de la política contemporánea en América Latina. Su dificultad no se limita a la disputa por el poder entre actores internos, sino que expresa una crisis más profunda de legitimidad, representación y soberanía. Desde la perspectiva del pensamiento occidental, este proceso puede interpretarse como una tensión entre el agotamiento de un orden político, la búsqueda de una nueva legitimidad y la posibilidad todavía incierta de una reconstrucción democrática. En ese sentido, Venezuela no representa únicamente un cambio de gobierno en disputa, sino una prueba sobre la capacidad de una sociedad para salir de una forma prolongada de dominación y la posibilidad de reconstruir las bases de la vida política común.
En la tradición clásica, Aristóteles concibe la política como una actividad orientada al bien común y al equilibrio entre los distintos intereses de la ciudad. Para el filósofo griego, los regímenes se corrompen cuando el poder deja de servir al interés colectivo y se transforma en un instrumento de facción.[2] Esta noción resulta útil para analizar el caso venezolano, porque la concentración prolongada del poder en la facción “chavista” ha debilitado la separación de poderes, reducido la pluralidad política y erosionado los mecanismos institucionales de control. Desde esta perspectiva, la crisis puede ser entendida como una degradación de la forma republicana, en la cual el Estado deja de operar como espacio de integración y pasa a funcionar como aparato de dominación.
Por su parte, John Locke ofrece una clave distinta. Para él, la legitimidad del poder depende del consentimiento de los gobernados y de la protección efectiva de sus derechos naturales.[3] Cuando un gobierno incumple ese pacto, pierde su legitimidad y los ciudadanos quedan moralmente autorizados a resistirlo. Aplicado a Venezuela, este enfoque permite interpretar la crisis como una ruptura prolongada entre el poder político y la sociedad. La pérdida de confianza en las instituciones, la restricción de libertades públicas y el deterioro del Estado de derecho han vaciado de contenido el principio lockeano de gobierno legítimo. Por ello, cualquier transición real no puede reducirse a una rotación de élites; debe implicar la restitución del consentimiento político y de las garantías civiles.
En la reflexión de Hannah Arendt se añade una dimensión decisiva para comprender los límites de la transición. Arendt distingue entre liberación y libertad: una sociedad puede liberarse de una forma de opresión sin haber construido todavía un espacio de acción política auténticamente libre.[4] Esto significa que la caída o el debilitamiento de un régimen no garantiza por sí misma una democracia estable. En el caso venezolano, el desafío consiste precisamente en transformar una posible liberación del autoritarismo en una institucionalidad capaz de sostener el pluralismo, la deliberación y la participación ciudadana. Si la transición se reduce a un simple relevo de élites, sin nuevos consensos ni instituciones sólidas, el resultado puede ser la continuidad del autoritarismo bajo otras formas.
Además, la transición venezolana plantea el problema de la soberanía. El Estado moderno, tal como lo entendieron autores como Hobbes, Locke y posteriormente Weber, requiere monopolio legítimo de la coerción, reglas previsibles y autoridad reconocida[5]. Cuando estas condiciones se erosionan, el poder se fragmenta y la política se convierte en un campo de disputa entre actores internos y externos. En Venezuela, la crisis ha adquirido una dimensión internacional, debido al involucramiento de gobiernos, organismos y actores geopolíticos que intentan influir en el desenlace del conflicto. Esto complica todavía más la transición, porque la soberanía nacional queda subordinada a lógicas de presión externa y negociación internacional.
Desde una perspectiva liberal y republicana, una transición democrática auténtica exige ciertos mínimos institucionales: elecciones competitivas, independencia judicial, respeto a los derechos humanos, oposición legítima y rendición de cuentas. Sin estos elementos, no puede hablarse de una democratización real, sino apenas de una reconfiguración del autoritarismo. La experiencia venezolana muestra que la salida de una crisis política no depende solo del debilitamiento del régimen, sino de la capacidad de las fuerzas sociales y políticas para construir instituciones duraderas. En ese sentido, el problema central no es únicamente quién controla el Estado, sino bajo qué reglas se reconstruye la autoridad política.
En conclusión, la transición política venezolana actual puede entenderse, desde el pensamiento occidental, como una disputa entre legitimidad y dominación, entre soberanía y tutela externa, y entre liberación e institucionalización de la libertad. Esta es la idea de constitucionalizar la política de Kant.[6] Los Estados al organizarse como republicas deben basarse en una constitución civil que garantice la separación de poderes, la libertad de los ciudadanos y la sujeción a leyes jurídicas. Para Kant este modelo de Republica Constitucional hace posible la paz, al exigir el consentimiento ciudadano para declarar la guerra. Aristóteles permite observar la corrupción del orden político; Locke, la pérdida del consentimiento; y Arendt, el desafío de convertir la ruptura en fundación. La cuestión decisiva no es solo si habrá un cambio de poder, sino qué tipo de orden político podrá surgir después de la crisis. La verdadera transición no será aquella que simplemente sustituya dirigentes, sino la que logre reconstruir un espacio público legítimo, plural, democrático y constitucional.
[2] Aristóteles. Política (M. García Valdés, Trad.). Gredos. 2008
[3] Locke, John. Two treatises of government. (P. Laslett, Ed.). Cambridge University Press. 1988
[4] Arendt, Hannah. Sobre la revolución. (R. Sala Carballo, Trad.). Alianza Editorial. 2006.
[5] Weber, Max. Economy and society: An outline of interpretive sociology. (G. Roth & C. Wittich, Eds.). University of California Press. 1978.
[6] Kant, Immanuel. “Hacia la paz perpetua”. Alianza Editorial, 2005]
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