Banksy, el desconocido más famoso del mundo, decidió que la pared del edificio donde vivo era el escenario perfecto para su mural más reciente, una obra que puede valer millones de dólares.
Desde que la pintura apareció el domingo, la gente se amontona en mi ventana, me sonríen y me miran con cara de «¿puedo entrar al jardín y tomarme una foto?».
Entonces yo asumo que el Banksy es mío, así que les digo que sí, que se tomen todas las fotos que quieran.
Tampoco había visto a tantos londinenses tan conversadores.
Acostumbrado a verlos muy serios en el metro, evitando el contacto visual en un ascensor o con la cabeza escondida bajo la lluvia, de repente tengo a un montón de desconocidos bombardeándome con preguntas.
«¿Viste a Banksy?, ¿qué se siente tener tu propio Banksy?, ¿qué significa la obra?, ¿te molesta que estemos aquí?, ¿te van a subir la renta?».
Algunos son más audaces y van directo al grano: «¿tú eres Banksy?».
Yo no les digo que sí, pero tampoco les digo que no.