2022 el año de metamorfosis

2022, el año de la metamorfosis

En lo que llevamos de pandemia hemos aprendido a manejar incertidumbres y revisar prioridades. Tras la reflexión, toca ahora poner en práctica lo analizado. Y seguir siendo flexibles
Ilustración.

Por: PATRICIA FERNÁNDEZ

Tras cualquier evento traumático se produce un replanteamiento de objetivos. El año 2020 fue el de la resistencia; 2021 ha sido el de la reflexión y la aceptación, donde nos ha tocado mirarnos al espejo; 2022 no sabemos qué nos deparará, pero se vislumbra como el año para seguir reconstruyéndonos. Quizá las calles abarrotadas nos invitan a pensar en una salida de la pandemia. Pero en la intimidad de la consulta el ritmo es otro. Los psicólogos observamos cómo muchas personas, tras un trabajo intenso en autoconocimiento, han podido cuantificar los aspectos más positivos y negativos de su vida y han revisado sus prioridades. Lo califican como un proceso de metamorfosis. El psiquiatra Boris Cyrulnik dice que cuando comprendemos, el sufrimiento se transforma en placer de aprender.

No todos han podido llegar a este proceso de autoconocimiento porque su seguridad y equilibrio se han visto especialmente resquebrajados. Nos referimos a los más afectados de manera directa por las consecuencias de la pandemia, los más desfavorecidos a nivel social o las personas con un mayor riesgo para desarrollar un trastorno mental. Para estos colectivos más vulnerables se necesita más ayuda y recursos públicos para digerir y afrontar lo sucedido.

Las reflexiones en la consulta indican que se ha aprendido a abandonar las certezas y a manejar mejor la incertidumbre. Se puede vivir sin organizar tantos planes, con la atención centrada más en el corto plazo que en el futuro, más en apreciar y cuidar lo que tenemos que en frustrarse por lo que carecemos. Compensa tener unas expectativas más ajustadas. También que se valora la lentitud que ofrece una vida más sosegada. Que ha sido una bendición volver a la desprestigiada rutina. Que se puede teletrabajar. Y que se puede prescindir de un consumo compulsivo. Del mismo modo, se aprecia una dedicación mayor al autocuidado personal y el mantenimiento de los buenos hábitos como pasear, leer, ir al cine, hacer pasatiempos… Y esto está directamente relacionado no solo con la salud física, sino también con la salud mental y emocional. No podemos conformarnos con estar siempre mal, del mismo modo que se puede reconocer la vulnerabilidad individual.

Pero, además de la aceptación, ha habido una reflexión estimulante sobre cómo queremos vivir, qué tipo de trabajo queremos desempeñar, qué tipo de persona queremos ser y cuál es el sentido o el propósito de nuestra vida. Decía Sócrates: “Una vida sin examen no merece la pena ser vivida”. Muchos han pensado en qué cuestiones anteriores a la pandemia resultaban nocivas (problemas laborales, inadecuado manejo del estrés, relaciones tóxicas…) y se han planteado acelerar decisiones que ya estaban meditadas y de las que ahora han sido más conscientes.

Pero, además de la introspección individual, también ha sido el año de las reflexiones colectivas. Para una buena convivencia ha sido necesario imponerse obligaciones. Se ha apreciado una mayor generosidad no solo hacia familiares (especialmente los mayores) y amigos, sino también hacia desconocidos. La tolerancia y el respeto por el otro se han reconocido como imprescindibles porque no nos queda más remedio que convivir con personas con ideologías y creencias diferentes.

Para 2022 toca poner en marcha lo reflexionado, en la medida de las posibilidades. No se puede actuar sin una deliberación previa. Nunca hemos tenido tanto tiempo para pensar en qué era lo que queríamos. Para ello, sería aconsejable dividir las áreas de mejora por ámbitos (profesional, pareja, salud, académico, social, espiritual…) y ordenar las prioridades. Hay que saber diferenciar entre lo que es urgente, lo que es importante y lo que puede esperar.

Es mejor que estos propósitos provengan de una motivación interna y no externa; es decir, que no haya que llevarlos a cabo porque toca o porque debería. Cada persona está en un determinado momento vital con necesidades distintas. Tenemos un compromiso con nuestras propias metas sabiendo que son propias, que no son impuestas y que las reivindicamos como un ejercicio de libertad.

Hay a quien le ayuda plantearse nuevas actividades (apuntarse a clases de inglés, a un curso de cerámica, a un curso de escritura o al gimnasio), pero lo importante no es qué o cuánto hagamos, sino que conecte con nuestros valores o proyectos personales. Si decidimos dar un paso adelante, hay que poner en marcha los medios oportunos. Debemos valorar los recursos internos a la vez que analizar los externos que nos puedan servir de ayuda. Hay que liberarse de conceptos vacíos o fórmulas mágicas como la valentía. Y valorar más el esfuerzo que los resultados, porque en el esfuerzo también se encuentra la satisfacción.

Es cierto que el final de 2021 no nos lo esperábamos tal y como finalmente ha sido. Pero, como dice Boris Cyrulnik, “en el corazón del peligro encontramos los recursos para la esperanza”. Confiemos en la capacidad de adaptación del ser humano. Recibamos el año nuevo con un brindis felicitándonos por nuestras reflexiones, compartiendo nuestros aprendizajes e ilusionándonos por los proyectos que pretendemos conseguir en este 2022. Aunque habrá que estar preparados y estar abiertos a la experiencia que nos obligue a cambiar de planes.

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