El armiño se parece a la comadreja y, por ello, a un vaso de leche caliente o, para los británicos, a los tobillos de una muchacha trigueña. Odia las zonas agrícolas, pasa los días en el agujero de un muro, mirando el paisaje inmóvil de los ríos que fluyen. Junto a las paredes, arquea el lomo mucho más que los gatos. Un campesino, al encontrarse con dos ejemplares, hirió a uno a pedradas para después ser atacado en la nuca por el otro. A su grito, surgieron muchos más de los arbustos y, por poco, el tipo no se quedó seco. Su número varía de año en año y los caracoles son responsables de este fenómeno: durante los años lluviosos, los armiños se alimentan de estos, aunque a veces albergan un parásito letal, la analogía.