Habitualmente nos falta tiempo para pensar.

Habitualmente nos falta tiempo para pensar.

Habitualmente nos falta tiempo para pensar El confinamiento debido a la Covid-19 ha hecho que el tiempo sobre; una buena ocasión para pararse a pensar acerca de asuntos existenciales, éticos y estéticos.

Reflexiones de confinamiento
Unas anotaciones dispersas tomadas durante este mes y medio de encierro

© 2020 D. D. Puche  

Twitter Academia.edu

1

Llevar mes y medio confinado, a causa de una pandemia global, da para pensar mucho. La mente, a falta de estímulos externos, se consume a sí misma; desempolva viejos recuerdos intentando entretenerse. Y en ocasiones así el pasado, que solemos mantener a raya, se manifiesta con todo su abrumador peso.

Se cobra plena consciencia del paso del tiempo, de hasta qué punto terrible es escurridizo.

Menos mal que olvidamos casi todos los detalles de nuestras vivencias y sólo perduran los trazos principales, unas imágenes simplificadas, porque si la memoria fuera más fiel nos volveríamos locos recreando esos detalles; en vez de vivir, seguramente, estaríamos rebobinando la grabación a cada momento, volviendo a los greatest hits del pasado sin querer salir de ellos.

Como decía una persona a la que conocí bien, cada década de vida la dedicamos a reprocharnos lo que hemos hecho mal en la última y a intentar inútilmente repetir la penúltima.

Sin embargo, la forma en que evocamos el pasado ya de por sí es una falsificación. Más que revisitarlo, lo vamos reconstruyendo en función del presente.

Eso no impide que, inexorablemente, cada vez nos vayamos volviendo más nostálgicos.

A veces creo que estamos tan ávidos de distracciones no tanto para llenar el presente como para no tener que recordar el pasado y la manera en que lo hemos derrochado.

Aunque siempre tendremos esa sensación, supongo; es inevitable pensar en los otros usos que podríamos haberle dado al tiempo, en las posibilidades que hubieran podido realizarse, y en quiénes seríamos ahora en consecuencia.

Las cosas no tienen por qué habernos ido mal: el tener que elegir, ya de por sí, es la tragedia.

Existimos a costa de haber sacrificado muchos otros yoes.

Somos la versión de nosotros mismos que mató a las demás alternativas. Y quien quiera que seamos en el futuro, habrá hecho eso mismo con todos nuestros yoes posibles actuales.

2

Si el confinamiento fuera un relato de Kafka, nos hablaría de doce jurados encerrados en una sala de deliberación de la que no pueden salir hasta haber consensuado un veredicto; pero no saben a quién se juzga, ni cuáles son los cargos, ni siquiera si hay un juicio o quién es el juez. Y cada día, un alguacil pasa por allí y les pregunta si han resuelto ya; cuando intentan explicarle que no saben de qué va el asunto, que los han llevado allí una noche, sin explicaciones, y que están esperando a que se les informe, el alguacil les responde que si no tienen el veredicto seguirán allí recluidos el tiempo que sea necesario… pero que procuren no tardar demasiado, puesto que están comiéndose el erario público.

Esto, naturalmente, si fuera un relato de Kafka, que tenía este tipo de obsesiones burocrático-metafísicas.

Quizá sea mejor la comparación de nuestra situación con la de Hans Castorp.

Estamos atrapados en la montaña mágica de Thomas Mann, en el apacible sanatorio de los Alpes al que vinimos por un breve período y del que parece que nunca saldremos… salvo para enfrentarnos, finalmente, con una guerra, con el final de un mundo, porque mientras estamos aquí arriba confinados, el mundo al que pertenecíamos se ha terminado. No es el que encontraremos al salir. No hay una “normalidad” a la que volver.

3

Me gustan el campo, las excursiones, el senderismo y todo eso ‒ahora mismo me encantaría un largo paseo fuera de este piso en que estoy confinado‒.

Disfruto caminando, siguiendo rutas, perdiéndome.

En cuanto al tópico dilema “¿mar o montaña?”, yo me quedo con la montaña; aunque cuando digo “montaña” me refiero a cualquier cosa no demasiado escarpada, que tampoco estoy ya para demasiados trotes.

Pero, en realidad, para mí el viaje perfecto y memorable tampoco es el viaje al paraje natural en el que uno encuentra la paz y la armonía y que te reconcilia con tu parte más sencilla y primitiva; siempre preferiré conocer una nueva ciudad, o regresar a alguna de las que ya me han enamorado.

En esto me sale la vena urbanita; supongo que es cuestión de crianza, de referencias de la infancia y todo eso.

Pero prefiero el paisaje artificial, las calles y plazas a modo de cañones y valles encajonados entre los edificios que recortan el espacio según un plan, con premeditada geometría; prefiero la intención tras esa geografía, el urbanismo y la arquitectura (las dos artes totales) que elevan al ser humano a creador de su propio hábitat.

Amo el bullicio, el comercio, las propuestas culturales, los bares y cafés, los lugares pintorescos y los monumentos inmortales…

Hay algo que la ciudad significa, por encima de todo (y que, lo siento, nunca lo significará el mundo rural, con su belleza y su perenne recordatorio de las raíces que no debemos olvidar), y es que la ciudad ofrece posibilidades. Todas las posibilidades. La ciudad es el lugar donde el ser humano puede llegar disfrutar del catálogo completo de las promesas de la civilización.

4

Todos “concienciados” que, a causa de la Covid-19, repiten esas monsergas del “es que los seres humanos merecemos extinguirnos”, dicen eso desde un presupuesto implícito: que ellos no van a estar muertos dentro de quince días. Otros sí; pero no ellos.

Esa expectativa ‒verdadera o falsa‒ da mucha libertad a la hora de hablar.

Igualmente ocurre con los que, incapaces de asumir este duelo colectivo, todavía no han pasado las fases de la negación ni de la ira, y andan empeñados en que esto “realmente no está pasando” o “es un gran engaño”.

Quizá sí es real, pero, añaden, “es la excusa perfecta de los gobernantes para aplicar deseadas medidas antidemocráticas”. Naturalmente, quienes no lo ven así y soportan como mejor pueden el confinamiento, son “borregos”, el “rebaño manso” que acepta que “se le roben sus libertades”.

A estos lúcidos lobos solitarios les propondría yo esta fórmula racional (y por ello, moral, en el sentido kantiano) a aplicar en las presentes circunstancias: con independencia de tu edad y buena salud, asume que eres tú el que va a morir de aquí a dos o tres semanas; ¿qué crees que deberían estar haciendo los demás para contribuir a evitarlo? Una versión pandémico-existencialista del imperativo categórico.

Porque, en general, y es lo que les pasa a semejantes librepensadores en este caso, en nuestro día a día no solemos confrontarnos mucho con la nunca desdeñable posibilidad de morir prematuramente. 

Vivir suele consistir en evitar pensar, por todos los medios, que dejaremos de vivir.

5

He leído un relato de Ted Chiang, titulado ¿Te gusta lo que ves?, que plantea un escenario muy interesante.

En un futuro próximo se ha desarrollado una tecnología que permite inhibir áreas cerebrales concretas, sin que ello afecte al funcionamiento de ninguna otra. Y de una de esas áreas dependen nuestras respuestas emocionales a la belleza humana ‒y sólo a la humana‒, esto es, la forma en que ésta nos estimula o inhibe.

La atracción, vaya. “Apagando” esa área cerebral, podríamos seguir percibiendo que una persona es atractiva, porque es algo más o menos objetivo, cumple una serie de condiciones formales perfectamente reconocibles; pero no sentiríamos nada al contemplarla, no causaría ninguna respuesta de aprobación o rechazo en nosotros.

De hecho, en ese futuro próximo está más o menos extendido un “control parental” sobre los hijos en la pubertad y la adolescencia: los padres les ponen un “candado cerebral” para que no se distraigan con los chicos de su edad y se centren en los estudios y sean más disciplinados.

Pero el meollo del relato está en la oleada social y mediática que en esa época se ha despertado contra la discriminación por la belleza: el llamado “aspectismo”, o sea, la reacción contra el hecho de que hay individuos con mayor éxito sexual (y, por tanto, social y laboral), lo cual, se entiende, es discriminatorio hacia el resto.

Y en EE. UU. se forma una tremenda polémica, que se convierte en cuestión nacional (justo ahí empieza el relato), cuando una universidad privada decide someter a votación la obligatoriedad de que todo su alumnado lleve esos “candados”.

El relato está planteado como un “documental” en el que se alternan las intervenciones de estudiantes, profesores, científicos, miembros de lobbies, representantes de diversas industrias afectadas, etc. Y es instructivo ver las argumentaciones que se dan en favor y en contra de la aplicación de esa tecnología; es una idea interesante, ciertamente.

Porque, ya que actualmente andamos enredados en polémicas semejantes ‒la buena ciencia ficción siempre es una metáfora del presente, y este relato lo es‒: ¿cuáles son los límites de lo que podemos llegar a considerar “discriminatorio”? Si se trata de reducir las diferencias de partida entre individuos, para así garantizarles igualdad de oportunidades, no cabe duda de que la belleza es un factor clave.

Pero, como contrapartida a su anulación, ¿a qué facetas de nuestra vida estaríamos dispuestos a renunciar? Y, sobre todo, ¿quiénes estarían dispuestos a hacerlo?, pues si esa tecnología existiera hoy, parece bastante claro quién preferiría que se implantara y quién no.

Pero de todo esto, en cualquier caso, se extrae otra reflexión, más importante: cualquier cosa que hoy no sea entendida como discriminatoria, mañana puede llegar a serlo; y por hacer lo que hoy está bien visto, mañana podrás ser acusado de algo.

Ejemplos recientes tenemos de sobra.

6

Escucho decir en una tertulia radiofónica, a propósito de la Covid-19, que “no se puede hacer arte cuando la realidad se ha roto”.

Esto, dicho por un escritor, a propósito de la creatividad artística en las condiciones actuales.

Me quedo estupefacto.

¿Qué concepción es ésta del arte, como cosa propia del Bienestar, como ejercicio ocioso de gente acomodada que se desahoga así porque todo le va bien?

A lo largo de toda la historia, pero basta con echar un vistazo a la más reciente (siglos XIX y XX, por no ir más lejos), el artista ha conocido todas las privaciones y penalidades, ha vivido guerras, hambre y hasta el Holocausto, y de ahí han salido algunas de las más elevadas expresiones de eso que llamamos el “espíritu” humano (cuya materialización es, precisamente, el arte).

Esas penosas condiciones han sido, precisamente, las que impulsaron al artista a crear algo que se sobreponía a todo ese dolor y miedo, algo que lo vencía, incluso al ser su más aterradora y literal descripción.

Pero hoy, los acomodaticios “productores de contenido cultural”, que es como se entienden la mayoría a sí mismos, están “bloqueados” por lo que está ocurriendo.

Muy sintomático de la situación en la que estamos, del impasse de Occidente, que ciertamente, como civilización, ya no parece que vaya a dar mucho más de sí.

Entiendo que en estos momentos haya grandes impedimentos materiales para la práctica artística, pero incluso un pintor separado de su estudio puede dibujar, llenar hojas y cuadernos de esbozos, de ideas; dejar manifiesto, de hecho, de lo que ocurre, ahora mismo, mientras está ocurriendo, lo cual es su cometido. No digamos ya un escritor ‒era el caso del que hablaba‒, que siempre podrá hacer su trabajo esté donde esté.

Es increíble hasta qué punto se ha consolidado esa visión del arte como una actividad que, básicamente, nos saca del aburrimiento producido por el exceso de comodidades de nuestro mundo.

Una parte más de la industria del entretenimiento, que eso es a lo que hoy se llama pomposamente “la cultura”. No. El arte sólo se puede hacer cuando la realidad se ha roto.

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Publicado en CAMINOS DEL LÓGOS, página web de filosofía y crítica cultural. También es el nombre de la revista digital semestral (ISSN 2659-7489).

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