El fetichismo aritmético

El fetichismo aritmético

“La liberación y ostracismo del exministro Miguel Rodríguez Torres, brindaron una nueva oportunidad para que el fetichismo aritmético se haga sentir. Irónicamente, el hombre responsable de reprimir con puño de hierro las protestas de 2014 comparte ahora el asilo de dos de sus convocantes. Pudiera coincidir con Leopoldo López en un café de Alcobendas. O con Antonio Ledezma en un restaurante de Chamberí”.

ALEJANDRO ARMAS | 20 FEBRERO 2023

Estudiar los fenómenos sociales y tratar de llevar las conclusiones ante la opinión pública con miras a persuadir a la gente sobre lo que se debería hacer ante una situación dada supone el desafío de traducir un lenguaje técnico y a menudo acerbo en otro, más ameno para una audiencia que no tiene por qué estar familiarizada con la disciplina en profundidad. Para ello, es conveniente recurrir a metáforas y demás tropos que incorporen vocablos propios de los asuntos cotidianos o de interés colectivo. La sexualidad es quizá el tema de interés masivo por antonomasia y, por lo tanto, una potencial mina verbal de aquellos recursos literarios. Claro, por razones de pudor y decoro se la debe explotar con cuidado, sutileza y sofisticación. En fin, de esa mina pude extraer la expresión “fetichismo electoral” para aludir a la noción de que en Venezuela siempre se debe votar, sin importar las condiciones del sistema autoritario y la posibilidad de desconocimiento de un resultado desfavorable por la elite gobernante.

Hoy quiero hablar de otro fetiche político. Pudiera decirse que va de la mano con el fetichismo electoral, que es parte de su sustrato y que cumple el mismo propósito de evasión de la realidad política venezolana. Lo llamo “fetichismo aritmético”. Consiste en la creencia de que es indispensable agregar la mayor cantidad posible de personas a la comunidad opositora si se quiere derrotar a Nicolás Maduro y compañía, y alcanzar el tan ansiado cambio político. No importa de ninguna manera la identidad de los individuos en cuestión. El manido mantra es “Suma. No restes, ni dividas”. ¿Que son personas eyectadas de la cúpula chavista y que antes de eso participaron en la demolición de la democracia y el Estado de Derecho en Venezuela? Irrelevante. ¿Que son sujetos sobre quienes pesan denuncias graves de corrupción o de violaciones de los Derechos Humanos? ¡Fuera esos escrúpulos!

“Siete, ocho o nueve de cada diez venezolanos pueden votar por un orden político distinto y aun así ser ignorados. Se vistan de azul o de rojo”

Aunque la acepción de “fetiche” más conocida y la que, como dije, tiene apelación popular mayor es la sexual, el término es realmente de origen antropológico. Remite a la creencia en poderes sobrenaturales poseídos por un objeto de culto, que puede ser material o etéreo. Al humanizar a ese objeto y hacerlo consciente, se le eleva a una posición de liderazgo metafísico por el cual todos los devotos deben obedecer sus “órdenes”. Al no poder justificar esos mandatos, o al no estar el intérprete del fetiche interesado en justificarlos para así asegurarse una obediencia más confiable, esta ética fetichista es deontológica. Lo que el fetiche mande es el bien en sí mismo. Se debe acatar y punto.

En aras de simplificar el mensaje, el fetichismo aritmético (y también el electoral) se presenta asimismo deontológicamente. Aumentar el volumen de la oposición se vuelve así un deber incuestionable, barnizado por virtudes como la unidad nacional, el entendimiento y la reconciliación. Ahora bien, uno pudiera argumentar que en la política no cabe la deontología. Que los imperativos categóricos de Kant son inviables en colectivos complejos de millones de personas y que, por consiguiente, no justifican el afán de sumar para quien se detenga a pensarlo. De manera que se necesita una justificación más razonada, interesada y purgada de moralina. Después de todo, el fetiche puede cumplir una función utilitaria. Ser lo que Maimónides llamaba “verdad necesaria”. Por ejemplo, el tótem que, Freud dixit, aglomera en torno a una tribu o clan y prohíbe a sus integrantes el incesto.

Volviendo a nuestro fetiche particular, es en este momento cuando entra en acción el maquiavelismo acartonado. Su argumento es que hay que omitir completamente el pasado oscuro de ex cabecillas oficialistas, y añadirlos sin miramientos al concierto opositor, porque estos supuestamente tienen algo que los dirigentes opositores tradicionales, de nuevo supuestamente, jamás tendrán. A saber, al repudiar al Gobierno sin dejar por ello de ser chavistas, pueden atraerse para sí el apoyo de los no pocos ciudadanos que simpatizan ideológicamente con el chavismo pero están descontentos con Nicolás Maduro. Así se puede crear una coalición amplia que fácilmente derrote al oficialismo en elecciones (acá la conexión con el fetichismo electoral).

Solo hay un problema con toda esta hipótesis: ya la realidad la desechó. Es una necedad a estas alturas seguir creyendo que el problema de la oposición es que no ha sumado a suficiente gente a sus filas para ganar elecciones. Los comicios parlamentarios de 2015 y sus desafortunadas secuelas dieron al traste con semejante razonamiento. La élite chavista dejó muy claro a partir de entonces que no le importa desconocer la voluntad ciudadana, aunque sea abrumadoramente mayoritaria, si es contraria a sus intereses. Siete, ocho o nueve de cada diez venezolanos pueden votar por un orden político distinto y aun así ser ignorados. Se vistan de azul o de rojo.

La decisión de tomarse de manos, o no, con chavistas no debería estar orientada entonces por criterios cuantitativos, sino cualitativos. Tiene sentido estratégico si los “sumados” son individuos con poder, capaces de precipitar una transición negociada. No porque tengan muchos simpatizantes chavistas de base que lo único que pueden hacer es quejarse en Twitter porque el salario no les alcanza para nada. Eso ya lo hay, con todos los colores políticos, y lamentablemente no se traduce en acciones que inquieten a Miraflores.

Pero, un momento. ¿Eso no reivindica acaso el fetichismo aritmético, pensando solo en chavistas que ocuparon posiciones de poder? El tiempo pretérito en este punto es clave. Ocuparon. Ya no ocupan. La historia ha demostrado que esos señores, después de haber sido eyectados del Gobierno, no logran que este se mueva en una dirección más democrática, aunque peguen gritos. Verbigracia, los exministros Jorge Giordani, Héctor Navarro y Ana Elisa Osorio. Un caso particularmente notable es el de Luisa Ortega Díaz, quien le dio la espalda al Gobierno cuando todavía ocupaba un cargo de peso en el Estado. Debo confesar que yo mismo, en aquel entonces, pensé que la fiscal general solo tendría semejante osadía porque contaba con el apoyo de otros factores de poder, que en cualquier momento se expondrían. Al final, el único que le siguió los pasos fue… Su esposo, el entonces diputado Germán Ferrer. De resto, la élite gobernante se mantuvo cohesionada y más bien procedió a despojar rápidamente a Ortega Díaz de sus posiciones de poder, deparándole a ella y a su cónyuge un exilio en el que hoy siguen, seis años más tarde.

Así que los beneficios de una integración con jerarcas oficialistas en todo caso se podrían ver si hablamos de una ruptura considerable en la élite gobernante, con varios de sus miembros manifestando voluntad de cambiar las cosas. Todo esto hay que tenerlo en cuenta luego de la liberación y ostracismo del exministro Miguel Rodríguez Torres. Estos hechos brindaron una nueva oportunidad para que el fetichismo aritmético se haga sentir. Irónicamente, el hombre responsable de reprimir con puño de hierro las protestas de 2014 comparte ahora el asilo de dos de sus convocantes. Pudiera coincidir con Leopoldo López en un café de Alcobendas. O con Antonio Ledezma en un restaurante de Chamberí o del no menos elegante barrio de Salamanca. Y probablemente los cultores del fetichismo aritmético lo celebren como una nueva adición. Pero en el mejor de los casos, será inútil.

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