Cultivar la paciencia. Una medida obvia, pero sin duda eficaz. Tanto de niños como en la edad adulta, la frustración aflora por el hecho de no obtener ahora aquello que deseamos. Si no conseguías en el momento el juguete detrás del escaparate, saber que aquello podía ser tuyo en tu cumpleaños no aliviaba el dolor. En tiempos de crisis, si no sabemos ya cuándo terminará la situación que nos hace sufrir, nos desesperamos. Contra esa inmediatez, solo una mirada larga nos permitirá relajarnos. Aunque no sepamos cuándo tendremos las circunstancias deseadas, entender que hay luz al final del túnel facilitará la travesía.
Examinar las ganancias. Así como la energía no se crea ni se destruye, sino que solo se transforma, lo mismo sucede con las pérdidas, que suelen llevar ganancias aparejadas. El viajero empedernido que no ha podido ir a los destinos soñados cuenta ahora con un ahorro que de otro modo no tendría y que puede invertir en otras cosas, incluso en un gran viaje futuro. El empleado fiel que ve desaparecer su lugar de trabajo se ve obligado a contemplar posibilidades —una de ellas el autoempleo— que nunca antes ha valorado, y quizás en una de ellas encuentre su verdadero sino. Para vencer la frustración, por lo tanto, hay que darle la vuelta a la cuestión y preguntarse: ¿qué gano con esta pérdida.
Asumir la impermanencia de todo. Nada de lo que consigamos es para siempre. Aunque pudiéramos cumplir todos los deseos, la satisfacción sería temporal. El coche nuevo y reluciente acaba rayado y finalmente se estropea. Si nada permanece y todo cambia, entonces la frustración pierde su sentido.