El piloto automático …

Nazareth Castellanos, psicóloga: «Pasamos un 70 u 80 por ciento del tiempo en piloto automático, imaginando y referenciando»

Esta actividad mental constante ayuda a entender por qué muchas personas sienten cansancio, estrés o insatisfacción

La mente humana rara vez descansa. Así lo explica la psicóloga e investigadora Nazareth Castellanos, especializada en la relación entre el cerebro y el resto del cuerpo, al analizar por qué gran parte de nuestro malestar cotidiano tiene que ver con la forma en la que pensamos. Según la neurociencia, la mayoría del tiempo no estamos plenamente presentes, sino atrapados en pensamientos que saltan del pasado al futuro sin pausa.

Castellanos se apoya en uno de los estudios más influyentes publicados en la revista Science, cuyo mensaje era tan claro como contundente: una mente que divaga es una mente más infeliz. La llamada divagación mental —ese “darle vueltas a todo” tan común— se asocia a mayores niveles de insatisfacción, ansiedad y estrés. “Es un estado de ajetreo mental constante, con mucho diálogo interior y poca paz”, explica la experta.

Desde el punto de vista del cerebro, este fenómeno tiene nombre propio: la red por defecto. Es el sistema que se activa cuando aparentemente no hacemos nada, pero la actividad cerebral sigue a pleno rendimiento. “Nuestro cerebro empieza a generar pensamientos y emociones de forma espontánea, casi siempre autorreferenciadas”, señala Castellanos. De hecho, alrededor del 70% de esos pensamientos giran en torno a uno mismo, algo clave para construir la identidad, pero problemático cuando se convierte en un estado permanente.

Los estudios en neuroimagen muestran que pasamos entre el 75 y el 80% del tiempo en este ‘piloto automático’, imaginando escenarios, recordando situaciones pasadas o anticipando lo que está por venir. Ese exceso de actividad está relacionado con la rumiación mental y con una peor percepción de la calidad de vida. Cuanto más activa está la red por defecto, mayor es la sensación subjetiva de infelicidad.

La gran pregunta es cómo frenar ese ruido interno. Para Castellanos, la neurociencia ofrece una respuesta cada vez más clara: el silencio cerebral se puede entrenar. La meditación, incluso con prácticas breves, ayuda a reducir la actividad de esta red automática. “Regular la atención fortalece el córtex prefrontal y mejora la regulación emocional”, explica, lo que se traduce en una menor activación de la amígdala, una región clave en la respuesta al estrés.

Pero la calma no llega solo desde la mente. La investigadora defiende el papel del cuerpo como vía directa para aquietar el cerebro. Ejercicios que aumentan la conciencia corporal, lo que algunos científicos llaman bodyfulness, potencian los efectos de la meditación. Técnicas como el chi kung, reconocidas incluso por la Organización Mundial de la Salud, refuerzan la conexión entre cuerpo y cerebro y favorecen una mayor sensación de bienestar.

La idea central es sencilla, aunque profunda: vivir menos en la cabeza y un poco más en el presente. Reducir el piloto automático no significa dejar de pensar, sino aprender a relacionarnos de otra manera con nuestros pensamientos.

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