El doble terremoto en Venezuela dejó profundas heridas físicas, pero la devastación psicológica genera alarmas silenciosas en la población. Miles de ciudadanos enfrentan pánico, estrés agudo y una constante angustia ante la posibilidad de nuevas réplicas destructivas.
Rosmery Mujica, una joven madre caraqueña, describe la situación actual como la gota que derramó el vaso tras años de tensiones acumuladas. Aunque su vivienda en un sexto piso no sufrió daños graves, los nervios le impiden dormir y afectan a su pequeña hija.